Reconozco que nosotros dos luchamos el uno con el otro.
Nosotros dos éramos tan diferentes, y en esa diferencia tan peligrosos el uno para el otro.
A mí me habría bastado un poco de ánimo, un poco de amabilidad, para abrirme camino, y tú, en cambio, me lo cerraste, con buena intención, por supuesto.
En la Carta al padre, Franz Kafka narra, en forma de carta, su vida marcada esencialmente por disputas e incomprensiones con su padre. La carta debía mostrar todo lo que había salido mal entre ellos, porque ya no podían hablar entre sí. Escribió esta carta en 1919, cuando tenía 36 años, pero nunca se la entregó a su padre. El motivo de la Carta es una pregunta del padre, sobre por qué Franz le tiene tanto miedo: «Hace poco me preguntaste por qué afirmo que siento miedo ante ti. Como de costumbre, no supe responderte a esa pregunta, en parte precisamente a causa de ese mismo miedo que siento ante ti». El miedo llegó a predominar hasta tal punto que se convirtió en un sentimiento de culpa: «Ante ti perdí la confianza en mí mismo y la sustituí por un sentimiento infinito de culpa». En esa situación, Franz se siente débil e impotente, desprotegido. Siempre se siente culpable porque nunca puede tener razón: «Nadie podía roer los huesos, tú sí. El vinagre no se podía sorber, tú sí». Se convirtió en un niño inseguro, y esa inseguridad abrió la puerta a temores posteriores.
Mi padre siempre trató a todos por igual; ya fuera una reina o un barrendero, él realmente pensaba que todos los seres humanos son iguales. Ese mismo valor lo aplico a todo lo que hago en la vida.
Mi padre fue un hombre de coraje y visión.
Él creía verdaderamente en la fuerza de la unidad, y en que, si las personas de todo el mundo se unían, asestarían un golpe duro a toda forma de injusticia.
Fue verdaderamente sincero en aquello en lo que creía, y existían valores centrales que dieron forma a su vida: la humildad, la perseverancia, la honestidad y el perdón.
Casi una década después de su muerte, el 5 de diciembre de 2013, Nelson Mandela sigue inspirando a millones de personas en todo el mundo en sus esfuerzos no violentos contra toda forma de racismo. El Premio Nobel de la Paz sigue siendo hoy un punto de referencia mucho más allá de las fronteras de Sudáfrica.
Por otra parte, a juzgar por el «regreso» de la xenofobia y el racismo en muchas partes del planeta, la lucha por la igualdad sigue siendo muy importante. Entre quienes siguen los pasos del líder sudafricano está también su hija Makaziwe Mandela, implicada en diversas organizaciones benéficas, fundadora y presidenta de «House of Mandela», una empresa que, a través de la ropa —especialmente para jóvenes—, transmite el mensaje antirracista de su padre. En esta entrevista con los medios vaticanos, Makaziwe se centra en la personalidad de Nelson Mandela, en la importancia de su compromiso social y en la importancia de la educación para superar los prejuicios que todavía envenenan las relaciones entre personas y pueblos.
En el monasterio de las carmelitas descalzas de Đakovačka Breznica dirigí una novena a san José, donde vi esta imagen de san José con Jesús dormido sobre su pecho. Nunca antes había visto una representación que irradiara tanto amor y ternura entre Jesús y José. Esta imagen me impresionó tanto que me puse a buscarla en internet y descubrí que el original de este icono se encuentra en la capilla de una comunidad religiosa en España. Quien desee más información puede visitar la página web: https://www.hogardelamadre.org/es/.
Cuando contemplamos una imagen sagrada, examinamos su contenido, entramos en las escenas que representa, en realidad estamos meditando, y la meditación es oración. Meditaremos sobre la vida de san José, cuya vida es inseparable de la vida de la Santísima Trinidad, y de la vida de Jesús y María. Es decir, estaremos con Dios y con la Sagrada Familia.
Por designio de Dios, a comienzos del siglo XX, en el año 1920, se fundó en Blato, en la isla de Korčula, la Congregación de las Hijas de la Misericordia, Terciarias Regulares de San Francisco. Para su fundación, el buen Dios se sirvió de la señorita Marija Petković-Kovač, hija del difunto Antun, de Blato, en la isla de Korčula, y del entonces obispo de Dubrovnik, monseñor Josip Marčelić. Así, Marija del Crucificado Petković —tanto en su patria como en el mundo, junto con su Congregación— se hizo todo para todos en el bien que da vida, dando testimonio de la presencia de Cristo en el mundo hasta que él venga. Fundó e impulsó su pequeña comunidad para hacer el bien entre los más vulnerables, y para que esa comunidad se convirtiera en sembradora y testigo del bien en este mundo poco alegre, verdadero valle de lágrimas.
Marija tuvo unos padres ejemplares, y amó de manera especial a su padre, a quien consideraba un «santo viviente». En su infancia, rodeada del amor de este y de la buena educación cristiana de su madre, en un ambiente familiar que unos sesenta años más tarde el Concilio Vaticano II llamaría «Iglesia doméstica», Marija mostraba una piedad poco común y una inclinación a la meditación, aunque también le gustaba relacionarse con las niñas más pobres del vecindario y ayudarlas a escondidas.