Mientras ellos morían, la madre no podía estar cerca de ellos».
Lucia Pisapia Apicella
«Oh viento del mar Tirreno, tú que conoces mi nombre,
besa a mi madre, que está lejos, en mi lugar».
Esta es la historia de Lucia Pisapia Apicella, del pueblo de Cava de' Tirreni, no lejos de Nápoles, en Italia. La llamaban la «madre de los muertos» de los soldados, cuyos cuerpos buscaba, identificaba y sepultaba con dignidad, o hacía que fueran devueltos a sus familias. Aunque ella misma era madre, encontró el tiempo y el modo de llevar a cabo esta extraordinaria obra de misericordia. Encontró y sepultó dignamente a más de 700 cuerpos de soldados muertos, todos con sus propias manos desnudas. Manos de una madre que amaba a hijos desconocidos, en su mayoría del ejército enemigo, como si fueran suyos. Por eso la apodaron «Die Mutter der Toten - Madre de los muertos».
«¡Gracias, mujeres que también sois madres! Habéis dado cobijo dentro de vosotras a seres humanos en una experiencia única de alegría y de sufrimiento.»
Con este mensaje, que dirigió a las mujeres de todo el mundo en señal de su gratitud y solidaridad, san Juan Pablo II expresó tres verdades fundamentales sobre la maternidad: Toda mujer está llamada a ser madre, la madre es quien cobija a los seres humanos, la maternidad es alegría y sufrimiento.
El Día de la Madre está dedicado, en un sentido más amplio, a todas las mujeres, porque cada mujer lleva en sí la capacidad única del amor materno y de la entrega total de sí misma, que está llamada a realizar en sus relaciones con los demás.
¡Escribir algo nuevo sobre la Madre Teresa es sencillamente imposible!
La grandeza y la santidad de su vida han impulsado a muchos a investigar y a ocuparse de su vida. Permítanme, pues, escribir sobre algo poco conocido y una experiencia algo personal relacionada con la devoción a la santa Madre Teresa.
Aunque yo misma soy madre de numerosos hijos, quiero reflexionar sobre el tema de la maternidad, a partir de su ejemplo y de mi propia experiencia.