ni la epidemia que devasta a mediodía (el azote del mediodía).
Sal 91, 5-6
Sépase que el pecado puede ser no actuar, no saber, no ver lo que hay que hacer; en definitiva, no ocuparse de nada. Este es, literalmente, el sentido de la palabra acedia, un problema reconocido desde hace siglos y que todavía hoy nos aflige.
Karl Menninger
Una generación incapaz de soportar el aburrimiento, será una generación de hombres pequeños, indebidamente apartados de los lentos procesos de la naturaleza, hombres en quienes todo impulso vital se marchita poco a poco, como flores marchitas puestas en un jarrón.
Bertrand Russell
Existe un estado espiritual que es reacción a nuestros traumas, causa y consecuencia de nuestros pecados y debilidades. Lo llamamos acedia. Puede colarse en nuestros hogares y relaciones familiares, en nuestras iglesias y sacristías, como un gusano espiritual. Hay tres tipos de acedia.
Huxley tomó la expresión un mundo feliz, de la obra de Shakespeare La tempestad, para titular su novela futurista, en la que retrata una humanidad «perfecta» que ya no necesita la misericordia ni el amor. Basta con una técnica perfecta y una genética exitosa.
Todo es estéril, utilitario y ajetreado, la vida es placentera, no hay enfermedad, emociones, dolor, sufrimiento ni coacción. La diversión y la mentalidad consumista florecen, todas las actividades son colectivas y la promiscuidad sexual es deseable. La sexualidad está separada de las emociones y de la intimidad, conforme al lema todos pertenecen a todos. Todos están siempre juntos, pero los individuos son insensibles y atomizados, por lo que la verdadera comunión no existe.
El miedo al dolor pesa más que el dolor mismo. Sabemos, sin embargo, que el miedo también elimina el dolor. De un dolor nos libramos con otro dolor mayor. Epicuro eliminaba el miedo, sobre todo el miedo fundamental, el mayor de los miedos, el miedo de todos los miedos, el miedo a la muerte, mediante una operación del pensamiento según la cual nosotros y nuestra muerte nunca nos encontramos. Mientras existimos, decía Epicuro, no existe la muerte, y cuando ella llega, ya no existimos nosotros.
Nada nos roba la atención hacia sí mismo con tanta fuerza como el dolor. El dolor profundiza, agudiza, cambia nuestra relación con el mundo. Cuando enfermamos, nuestro mundo ya no es el mismo. El espacio en el que vivimos se estrecha y cambia de significado. El dolor nos quita el espacio del movimiento vital. Las personas con quienes compartíamos el trabajo y la vida ya no están ahí. Desaparece el ritmo acompasado del trabajo, el descanso, la convivencia, el deporte, el sueño. La experiencia del dolor es una experiencia del mundo completamente nueva, una mirada distinta sobre el mundo. Con la aparición del dolor, el mundo aparece de un modo distinto. El dolor cambia e intensifica la vivencia del mundo y de la realidad. El rasgo fundamental común a experiencias de sufrimiento muy diversas es la obligación de asumir algo desagradable, doloroso, destructivo.
Presentamos un artículo de fray Ante Vučković publicado en la revista teológica Crkva u svijetu y fragmentos de una entrevista en Glas koncila sobre el dolor, su significado y su sentido para nuestra vida.
¡Pero a cuantos le recibieron, les dio poder de hacerse hijos de Dios!
La Navidad es dulce y maravillosa, pero también nos llama con fuerza a la conversión. Al cambio de mentalidad. Al examen de conciencia. A la toma de postura. Hoy se habla a menudo de la Navidad robada. ¿Quién ha robado la Navidad? Y el robo de la Navidad siempre ocurre de verdad. Sin embargo, no la roban la pompa y los gerentes vacíos, sino el cerrar los ojos y los oídos ante el drama de la Navidad. La dramaticidad de la Navidad alcanza su punto culminante en la frase de Juan (la leemos el mismo día de Navidad): Vino a su casa, y los suyos no le recibieron. Pero a cuantos le recibieron, les dio poder de hacerse hijos de Dios!
Oh, mansedumbre del Padre, derrámate en el alma del hijo…
Siempre se esconde un gran significado en las pequeñas diferencias. A veces esa pequeña diferencia es tan imperceptible que solo el Espíritu Santo puede revelarnos su significado. Detengámonos en la diferencia entre la mansedumbre y la permisividad. Ser permisivo consigo mismo conduce, poco a poco, a la catástrofe. Por otro lado, ser misericordioso y manso consigo mismo conduce a la madurez espiritual. Quien es cruel consigo mismo es, inevitablemente, todavía más cruel con los demás. Curiosamente, quien es permisivo consigo mismo también es severo con los demás. Con la mansedumbre y la misericordia sucede exactamente lo contrario. Quien es manso consigo mismo, es todavía más manso con los demás.
«En mi juventud conocí al “Dios de la esperanza”. Ahora, en la vejez, conozco al “Dios de la paciencia”. La esperanza nos trae entusiasmo, mientras que la paciencia es fatigosa. Pero si en la esperanza accedemos a algo nuevo, solo en la paciencia lo conservamos. En la paciencia perseverante, la esperanza se vuelve duradera». Jürgen Moltmann
Los griegos utilizan los términos hypomoné (espera) y paschein (paciencia), que se refieren a la posibilidad de que el hombre se detenga porque algo importante está ocurriendo, y mientras tanto reflexione y observe cómo va a suceder antes de que realmente ocurra. Esto significa una detención vital, porque algo está sucediendo y es importante esperar a que ocurra antes de actuar. Por último, he aquí otra expresión rica en significado: makrothymía (largura de espíritu), que nos permite mirar hacia el futuro. Es paciente aquel cuya mirada está orientada hacia delante, que mira hacia el futuro. Cicerónescribió en la obraPartitionesoratoriaea su hijo: «Lo que se adapta a las adversidades venideras se llama fortaleza; lo que perdura y ve todo hasta el final, eso se llama paciencia».
«Las antífonas O» o Grandes Antífonas es el nombre que reciben las siete antífonas que se cantan o recitan junto al cántico evangélico del Magníficat, en la oración de Vísperas, durante el Adviento, concretamente en la octava previa a la Navidad, del 17 al 23 de diciembre, en el tiempo de preparación inmediata para la Navidad. Expresan la dinámica de admiración ante el misterio de la encarnación de quien las canta.
La antífona del 20 de diciembre, «Oh, admirable llave de David», presenta las obras de Cristo, el poder de abrir y cerrar, de liberar a los cautivos de las tinieblas. La antífona invoca la venida del Mesías como la llave que abre, como el siervo del Señor en su poder absoluto —abrir o cerrar— y en su papel de Libertador de los prisioneros de las tinieblas.
¿Cuánto dura el silencio en una conversación antes de que empiece a incomodarnos?
La psicóloga neerlandesa Namkje Koudenburg dice que bastan cuatro segundos para que ya aparezca la incomodidad. Ha llegado el tiempo del silencio, o al menos un tiempo en el que tenemos más ocasiones de estar en silencio, de estar a solas con nosotros mismos. Esto nos lo ha impuesto en parte el coronavirus, al reducir nuestros contactos sociales y obligarnos a permanecer largo tiempo en casa. Todavía el mes pasado algo que parecía del todo imposible y por eso chocante – «la perspectiva de un silencio irreal», como dice Giuseppe Marino.