La fuerza de la mansedumbre
Oh, mansedumbre del Padre, derrámate en el alma del hijo…
Siempre se esconde un gran significado en las pequeñas diferencias. A veces esa pequeña diferencia es tan imperceptible que solo el Espíritu Santo puede revelarnos su significado. Detengámonos en la diferencia entre la mansedumbre y la permisividad. Ser permisivo consigo mismo conduce, poco a poco, a la catástrofe. Por otro lado, ser misericordioso y manso consigo mismo conduce a la madurez espiritual. Quien es cruel consigo mismo es, inevitablemente, todavía más cruel con los demás. Curiosamente, quien es permisivo consigo mismo también es severo con los demás. Con la mansedumbre y la misericordia sucede exactamente lo contrario. Quien es manso consigo mismo, es todavía más manso con los demás.
La permisividad se parece mucho a la misericordia, pero su contenido es totalmente opuesto. Procede de la pereza espiritual. De la negligencia. De la torpeza. De la ceguera. La mansedumbre, en cambio, viene de la confianza en el amor de Dios, de la cooperación con el Espíritu Santo, de la perspicacia espiritual, de la sabiduría y de la serenidad.
Con la permisividad multiplicamos los defectos y creamos vicios, mientras que con la mansedumbre los anulamos. Quien es manso consigo mismo, cuando comete algún pecado, se arrepiente profundamente y desea convertirse, pero no se atormenta, no se martiriza ni se enloquece a sí mismo. Esto le permite salir rápidamente del pecado. Quien se atormenta se hace a sí mismo un daño mayor que el que le hizo el pecado mismo. El permisivo nunca se arrepiente. No tiene temor de Dios. Pasa con facilidad por encima de todos sus males como si no hubiera hecho nada, pero en cambio se enfurece mucho con las injusticias y maldades de su prójimo. Esto lo empuja constantemente hacia pecados cada vez mayores y lo lleva a un estado de endurecimiento.
El hombre manso tiene una gran comprensión para los pecados de su prójimo. Aunque es severo respecto al pecado en sí, es manso con el pecador mismo. Quien no juzga a su prójimo por sus pecados, se libera rápidamente de los propios. En cambio, quien juzga severamente a los demás, multiplica rápidamente sus propios pecados.
Una gran cantidad de permisividad anula por completo la mansedumbre. En el alma del hombre permisivo se instala un tirano. En el alma del hombre manso se instala el Espíritu Santo, el amor manso y misericordioso del Padre celestial, y la imagen del samaritano misericordioso, Jesucristo.
¿Quién conoce a alguien así de manso? A mí lo primero que se me viene a la mente es nuestro manso padre Antun Bogetić. Quien lo conoció de cerca sabe que no era un cobarde, no era alguien que cede porque no le importa o porque teme el conflicto. Cuando alguien conversaba con él, siempre se encontraba con una mansedumbre natural en la que podía relajarse y descansar. Al leer su autobiografía, donde de verdad abrió su alma, me sorprende su habilidad para decir la verdad sobre quienes lo hirieron, sin salir del amor, sin convertirse en juez. Esta mansedumbre es realmente algo fuerte. Penetrante. Impactante. Atrae de manera irresistible.
San Pablo incluyó la mansedumbre entre los frutos del Espíritu Santo. Y en la carta a los Filipenses decía: «Que vuestra mansedumbre sea conocida de todos los hombres.» La mansedumbre respeta profundamente la impotencia ajena. Siempre cuenta con que el otro es otro. Presupone la libertad. No reduce al otro a uno mismo. Valora la diversidad – y necesariamente somos diversos. Todo esto le permite penetrar más hondamente en el alma de aquel con quien se relaciona. En la naturaleza misma de la mansedumbre están inscritas la paciencia y la generosidad, el amor y la compasión. Cuando todo esto se une, la mansedumbre adquiere un poder sobrenatural. Se vuelve irresistible. En ella no hay: ¡debes!, ¡tienes que! Ella es: ¿Puedes? ¿Es posible?
Es conocida aquella frase de san Felipe Neri: «¡Sed buenos, si podéis! (State buoni se potete!)» Así se llama también la película sobre él. Ese «si podéis» afirma la libertad y respeta la impotencia. Y todos somos impotentes. La impotencia está en todas partes. Está enredada en cada uno de nuestros pensamientos y derramada por toda nuestra voluntad. ¡Veo lo que es bueno, pero hago el mal! Sé lo que debería hacer, pero hago lo que no debería. Y eso es una constante. No es un acto ocasional. Quien es manso comprende bien lo que hay en mí y no me quiebra. Pone bálsamo sobre mi herida, tan profunda. Y me espera. Le da tiempo al tiempo.
El padre del hijo pródigo rebosaba de mansedumbre. Lo esperaba. No envió emisarios a buscarlo. Sabía que el hijo tenía que pasar por lo que tenía que pasar. Le dio tiempo al tiempo. El propio hijo descendió a su interior y por sí mismo se puso en camino hacia el padre. El padre no tenía un látigo en la mano, sino que le dio un beso. Los mansos labios del padre besaron las duras mejillas del hijo.
¡Que vuestra mansedumbre sea conocida de todos los hombres! Que todos sientan, que experimenten vuestra mansedumbre. La mansedumbre no es debilidad, sino fuerza sobrenatural. Fuerza del Espíritu Santo. Fruto de la acción del Espíritu Santo en el alma. Fruto de su iluminación. ¿Cómo ser manso con uno mismo y con los demás, si no estamos profundamente iluminados sobre la debilidad de la naturaleza humana? ¿Cómo ser manso si tenemos algún objetivo o interés terrenal? ¿Si tenemos nuestras propias ideas sobre el otro y queremos encajar al otro en ellas?
Cada vez que me pongo a mí mismo como medida de las cosas, clavo la espada de mi voluntad en el otro. Y así lo quiebro. Lo obligo a cumplir mi voluntad. Me vuelvo cruel. Las ideas son crueles. Los ídolos son crueles. El Padre misericordioso es manso. Conoce a su hijo y lo ama. Su objetivo es el bien del hijo, y no otra cosa. Renuncio a todos mis planes, para poder obtener el fruto de la mansedumbre. Mis planes me arrebatan la fuerza de la mansedumbre. Los planes son una espada afilada en mi mano con la que corto a los demás a mi alrededor.
Oh, mansedumbre del Padre, derrámate en el alma del hijo…
- Mladen Klanac
- Visto: 46






