Solo con paciencia encontramos lo que verdaderamente buscamos
«En mi juventud conocí al “Dios de la esperanza”. Ahora, en la vejez, conozco al “Dios de la paciencia”. La esperanza nos trae entusiasmo, mientras que la paciencia es fatigosa. Pero si en la esperanza accedemos a algo nuevo, solo en la paciencia lo conservamos. En la paciencia perseverante, la esperanza se vuelve duradera». Jürgen Moltmann
Los griegos utilizan los términos hypomoné (espera) y paschein (paciencia), que se refieren a la posibilidad de que el hombre se detenga porque algo importante está ocurriendo, y mientras tanto reflexione y observe cómo va a suceder antes de que realmente ocurra. Esto significa una detención vital, porque algo está sucediendo y es importante esperar a que ocurra antes de actuar. Por último, he aquí otra expresión rica en significado: makrothymía (largura de espíritu), que nos permite mirar hacia el futuro. Es paciente aquel cuya mirada está orientada hacia delante, que mira hacia el futuro. Cicerón escribió en la obra Partitiones oratoriae a su hijo: «Lo que se adapta a las adversidades venideras se llama fortaleza; lo que perdura y ve todo hasta el final, eso se llama paciencia».
No es fácil comprender, dice el papa Francisco, qué es la paciencia. Podemos decir que la paciencia no es una actitud de vencidos. La paciencia cristiana no significa estar vencido, no significa caer en la desesperación. La paciencia es la virtud de las personas que están en camino, no de las que están cerradas y quietas en un mismo lugar. Cuando se está en camino, os suceden muchas cosas, que no siempre son buenas para vosotros.
Bertolt Brecht recurre al viejo motivo del viaje a través de la vida, en el que se ha producido una parada. Pero, aunque algo se haya atascado, el viajero debe seguir perseverando en el camino, aunque ya no tenga garantizado un destino. Ha salido de su seguridad garantizada y no sabe qué le espera. Ya nadie le garantiza que podrá continuar el viaje. El neumático pinchado representa el «agujero existencial». Lo invade un sentimiento de vacío y desorientación. Es como si a su encuentro vinieran la inseguridad, la inquietud y la angustia. Y, sin embargo, existe esa extraña inquietud, como si en este camino todavía quedara un horizonte de esperanza. Sobre el pasado se cierne la duda, y el futuro es incierto: así lo expresa Brecht en su breve poema «El cambio de rueda», donde el poeta, sentado al borde del camino mientras el conductor cambia la rueda pinchada, confiesa que no le gusta ni el lugar de donde viene ni aquel adónde va, y se pregunta por qué mira entonces con tanta impaciencia el cambio de la rueda.
El hombre impaciente pasa la vida huyendo de una ciudad a otra, de un proyecto a otro, de una situación a otra, de un malentendido a otro. Lo importante es no detenerse. El hombre impaciente ha inventado el movimiento continuo, la inquietud permanente y la movilidad acelerada. Porque lo único que anhelamos es el movimiento como tal, el desplazamiento en sí mismo, la huida de un lugar que no nos gusta hacia otro que, precisamente porque tampoco nos gustará, nos empujará de inmediato a seguir moviéndonos. Por eso nos resistimos tanto a tener que detenernos, aunque solo sea el tiempo necesario para cambiar una rueda, tiempo durante el cual no tenemos otro remedio que plantearnos inevitablemente a nosotros mismos la pregunta más evidente y más terrible: «¿Por qué tanta impaciencia?». Muévete, no te quedes callado, no dejes que esa calma y ese silencio se prolonguen hasta el punto de que comprendamos que nuestra huida no tiene sentido, como correr por la cubierta en dirección contraria a la que sigue el barco.
Blaise Pascal dice: «Al hombre no le interesa la presa, sino la caza; no busca las cosas, sino la búsqueda de las cosas». Lo más importante es no detenerse. Y cuanto más rápido vayamos, mejor. ¿Por qué? Somos como un patinador que se desliza a gran velocidad, sabiendo de manera más o menos confusa que la capa helada es demasiado débil para soportar su peso. Si nos pusiéramos a pensar en ello, el hielo se rompería y caeríamos dentro, en el agua helada, en nosotros mismos, en nuestro propio vacío, en la muerte.
¿Y qué ganamos huyendo? Recordemos el conocido pasaje de Sartre: «Huyo para ignorar, pero no puedo ignorar que huyo; y la huida de la angustia no es otra cosa que un modo de tomar conciencia de la angustia». La desesperación sería una solución inspirada en aquella ley paradójica del vértigo, según la cual hay quienes se arrojan desde una torre por miedo a caer de ella. Es el supuesto inverso, otra forma de impaciencia: en lugar de correr hacia la meta, en lugar de considerarla ya alcanzada, el impaciente detiene de inmediato su carrera, negando que exista para él meta alguna, alegando que todos los números posibles están a la misma distancia, de lo infinito, de lo inalcanzable.
Sobre la paciencia como virtud me dice mucho la actitud de los padres, continúa el papa, cuando les nace un hijo enfermo o con discapacidad, y entonces dicen: «¡Gracias a Dios que el niño está vivo!». Esos son pacientes. Y a lo largo de toda la vida aman por completo a ese hijo, hasta el final. No es fácil, durante largos años, cuidar de un hijo que tiene una discapacidad o está enfermo. Pero la alegría de tener a ese hijo os da la fuerza para seguir adelante. Y eso es paciencia, no desesperación. Es la virtud que nace cuando estamos en camino, en movimiento. La palabra paciencia significa «sostener en alto, llevar sobre los propios hombros». Es una actitud que exige esfuerzo, porque quien es paciente tiene que cargar, no aparta los problemas a un lado, no se rinde fácilmente, no evita el sufrimiento sino que lo soporta, y lo hace «con alegría», «lleno de gozo», como dice el apóstol. Y no lleva solo lo suyo, sino también los problemas y las dificultades del otro. Ese es el verdadero camino que conduce a una comunión real y profunda.
Existe una prueba psicológica, conocida como el «test del malvavisco» (Marshmallow-Test), cuando hablamos del tema de la paciencia. El psicólogo del desarrollo Walter Mischel realizó un experimento sobre cómo posponer una recompensa. Sentaba a los niños a una mesa en una habitación vacía. Delante del niño había un plato con el dulce indicado. Luego le explicaba al niño que podía comerse el malvavisco de inmediato o podía esperar. A continuación, salía de la habitación y regresaba al cabo de un tiempo. Si para entonces el niño no se había comido su malvavisco, recibía un segundo. La espera exitosa debía recompensarse duplicando el dulce. Algunos niños, sin dudarlo, se metían el dulce en la boca. Otros se levantaban y paseaban por la habitación o hablaban solos. Otros intentaban dormir. Hubo niños que mordisqueaban el dulce por abajo, lo probaban y luego lo devolvían al plato de modo que no se notara el mordisco. Algunos lograron esperar un tiempo, pero no lo suficiente para que el psicólogo regresara. Y algunos niños superaron el período de tentación, esperaron el regreso del psicólogo y recibieron su segundo dulce. Algunos entonces se metían ambos en la boca a la vez. Cuando Walter Mischel, trece años después, preguntó qué había sido de esos niños cuya capacidad de espera había medido, llegó a un descubrimiento sorprendente. Quienes habían podido esperar más tiempo y posponer el consumo del dulce eran ahora personas con mayor éxito, más seguras de sí mismas y más competentes socialmente. Investigaciones posteriores, años después, mostraron que el autocontrol temprano resultaba ser un indicador importante del progreso profesional. Quienes de niños, en el jardín de infancia, pudieron soportar el aplazamiento de la recompensa, alcanzaron después mejores resultados en diversos ámbitos de la vida. Estas personas lograron un mejor autocontrol en situaciones de estrés, mayor tolerancia a la frustración y perseverancia en los momentos difíciles y exigentes. Matthias Sutter llama a esto disciplina emocional.
El libro que monseñor Felice Accrocca escribió durante la cuarentena de la primera fase de la pandemia lleva por título «Elogio de la paciencia». Y se pregunta: «¿Qué es la paciencia?» Es la capacidad de vivir bien y en paz aquellas situaciones que Dios nos pide vivir. Eso no significa simplemente aguantar, lo cual, a diferencia de la paciencia, es una actitud más pasiva. Evidentemente, nada de esto es fácil. Y, sin embargo, la paciencia se puede aprender: hace falta un ejercicio constante con uno mismo. «Ante todo, explica monseñor Accrocca, hace falta escuchar: en realidad, muchas veces no sabemos ponernos en la perspectiva del otro, sino que lo leemos y lo filtramos según nuestro propio deseo». El problema surge cuando la respuesta esperada no llega rápido, lo que provoca tensiones y conflictos en la dinámica de las relaciones. Como si a la palabra tuviera que seguirle necesariamente una satisfacción inmediata. «La impaciencia, continúa él, se debe a menudo precisamente a que nadie es capaz de esperar y todos quieren tenerlo todo siempre bajo control. La paciencia, en cambio, exige aceptar las cosas cuando no están bajo nuestro control, y aceptar el tiempo de los demás».
La paciencia significa, por tanto, aceptación, y no dejar que sea la otra persona quien afronte la resolución del problema, cargar uno mismo con el peso del problema: «Yo lo asumo, esta es mi dificultad, este es mi problema. ¿Voy a sufrir por ello? ¡Sin duda! Pero lo voy a asumir. La paciencia significa, por tanto, “asumir”. En la vida tenemos que enfrentarnos a un gran número de límites, de restricciones. La persona impaciente no los quiere, los ignora, porque no comprende que a través de los límites puede entrar en diálogo con los demás. Quien es paciente sabe que los límites le permiten entrar en diálogo con los demás. Por eso es importante saber que tenemos un Padre que es paciente con nosotros, que nos perdona, que tiene tiempo para nosotros, para nuestra conversión. Dios Padre espera con paciencia a que llegue nuestro momento, cuando podamos cargar con el peso de los demás, perdonar, amar».
San Cipriano dice: «Hablaré de la paciencia y daré a conocer sus ventajas y beneficios. Sin paciencia no podéis practicar lo que oís y aprendéis. No encuentro nada más provechoso para la vida ni más grande para la gloria que cultivar la paciencia por encima de toda otra observancia. También los filósofos se declaran guiados por la paciencia. Pero, así como en ellos la sabiduría es falsa, también lo es su paciencia. ¿Cómo podría ser sabio o paciente quien no conoce la sabiduría ni la paciencia de Dios, cuando el mismo Dios amonesta a los que en el mundo se presentan como sabios, diciendo: Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé el entendimiento de los entendidos (1 Cor 1, 19)? Así, el bienaventurado apóstol Pablo, enviado para la conversión e instrucción de los paganos, conjura y enseña diciendo: Mirad que nadie os arrastre con la filosofía y con vanos engaños que se apoyan en la tradición humana, en los »elementos del mundo«, y no en Cristo. Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad. (Col 2, 8). Y en otro lugar: Que nadie se engañe. Si alguno de vosotros se cree sabio según este mundo, hágase necio para llegar a ser sabio. Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios. Pues escrito está: Él atrapa a los sabios en su propia astucia. Y también: El Señor conoce los pensamientos de los sabios; son vanos. (1 Cor 3, 18–20). Por tanto, si allí la sabiduría no es auténtica, tampoco puede serlo la paciencia. Si es sabio quien es humilde y manso, vemos que los filósofos no son ni humildes ni mansos, sino muy pagados de sí mismos. Y, por lo tanto, los que se complacen en sí mismos no son gratos a Dios. Está claro que no hay verdadera paciencia allí donde reina la soberbia pretensión de una libertad ambicionada y la jactancia desvergonzada de un corazón desnudo y a medio desnudar.
Nosotros, en cambio, queridísimos hermanos, que somos sabios no de palabra sino de obra, no exponemos la sabiduría con apariencias, sino con la verdad. Nosotros, que conocemos la esencia interior de la virtud y no la jactancia, que no hablamos de muchos prodigios sino que los vivimos. Mostremos, como siervos y adoradores de Dios, la paciencia que aprendemos por las enseñanzas celestiales, con obediencia espiritual. Esta virtud nos es común por medio de Dios. Allí comienza la paciencia, allí la gloria y la dignidad tienen su origen. El origen y la grandeza proceden de Dios Padre. El hombre debe honrar lo que es grato a Dios; la santidad divina confía el bien que ama. Si nuestro Cristo es también Dios Padre, sigamos igualmente la paciencia de Cristo y del Padre, porque los siervos deben ser quienes obedecen, y los hijos, quienes son dignos.
Pero ¡cuál y cuán grande es la paciencia de Dios, que soporta con la mayor paciencia, como afrenta a su bondad y a su honor, los ritos sacrílegos, las imágenes terrenas y los templos paganos erigidos por los hombres! Sobre buenos y malos, Dios hace por igual que nazca el día, que la luz del sol resplandezca y que la lluvia riegue los campos. Igualmente sobre justos e injustos. ¡Nadie está excluido de los beneficios de Dios; la misma lluvia se concede por igual a justos e injustos!»
La paciencia significa aceptar la ley de la gradualidad. En la naturaleza existe la ley de los grados y del crecimiento. William Shakespeare escribió: «¡Qué pobres son los que no tienen paciencia! ¿Qué herida ha sanado jamás sino poco a poco?». Durante otro paseo, Kafka vuelve sobre el tema y le dice a su joven amigo Gustav Janouch: «La paciencia es la clave de toda situación. Hay que tener simpatía por todo, renunciar a todo, pero al mismo tiempo permanecer paciente y tolerante ... No existe el doblarse o el quebrarse. Se trata solo de superación, que comienza por la superación de uno mismo. Eso no se puede evitar. Abandonar ese camino es siempre lo mismo que desmoronarse. Hay que aceptar cada cosa con paciencia y dejar que crezca dentro de uno mismo.» O, como dice tan bellamente Rainer Maria Rilke en Cartas a un joven poeta: « ten paciencia con todo lo no resuelto en tu corazón …no busques ahora las respuestas que no pueden dártelas».
En su obra «El combate espiritual», Scupoli nos habla de cómo llegar a la virtud de la paciencia y cómo crecer en ella. El primer paso es el Recuerdo: «Recuerda lo que te pasa por la cabeza, lo que te hace impaciente». Algunos sentimientos e impulsos prevalecen sobre la voluntad y la razón, por ejemplo la tristeza o la vergüenza. Una vez que hemos determinado qué es lo que en nosotros nos hace impacientes, lo detenemos tomando la decisión de detenerlo. Es muy importante repetir todo el proceso varias veces –el recuerdo y la toma de la decisión– hasta que sintamos el progreso. La repetición reiterada del comportamiento deseado es un proceso necesario para crear el hábito y adquirir la virtud deseada. Hay que hacerlo en las situaciones cotidianas que se repiten –por ejemplo en el tráfico, en el estudio, en las tareas del hogar, etc. – Él considera que, en cierto modo, debemos «buscar y desear» ese tipo de situaciones en las que podamos ejercitarnos en la paciencia. Solo entonces podemos sentir un progreso real.
En sus cartas desde la prisión a su prometida, Dietrich Bonhöffer habla de las dificultades de la espera y de la necesidad de la paciencia, y de cómo hay que contemplar su relación mutua desde la perspectiva de la confianza en la guía de Dios:« Este tiempo de espera, desde el punto de vista de Dios, es un tiempo increíblemente precioso./ La idea de que tú y yo esperamos con paciencia en el amor, es mi consuelo de cada día”. La espera verdadera dura toda la vida. Es la victoria sobre la enemistad del espacio, que significa separación, y sobre la enemistad del tiempo, que significa mortalidad. La espera es un arte que en nuestra época impaciente está casi olvidado. Debemos esperar para llegar a las cosas más grandes, más profundas y más queridas del mundo, donde nada ocurre deprisa, sino que todo tiene su tiempo de gestación, de crecimiento y de realización.
La paciencia no es una virtud pasiva que se concreta en la espera pasiva, sino la capacidad de hacer con calma muchas cosas sin frustración ni enojo; un trabajo tranquilo, pero arduo, con la convicción de que los esfuerzos tarde o temprano darán fruto. No es esperar en la pasividad, pero tampoco es una actividad que se apoya solo en sí misma. La paciencia es una actitud sabia y constructiva que se muestra vencedora en muchas situaciones de la vida. Precisamente por eso, el sufriente Job quiere que la vida siga adelante. Se le toma como ejemplo de perseverancia paciente, aunque al mismo tiempo se interroga a sí mismo: «¿Tengo yo fuerzas para poder esperar?» (Job 6, 11) ante la pérdida, la angustia y la muerte. Y muestra impaciencia hasta el momento en que Dios comienza a hablar. Entonces la espera se convierte en expectación, porque a través del sufrimiento se encontró con Dios, a través del sufrimiento buscó razones para la fe, porque el padecimiento cobró sentido. Dragan Nimac dice que la paciencia es tiempo de reflexión, tiempo de planificación, de elaboración de estrategias, e implica la capacidad de serenidad frente a situaciones desesperadas, porque solo con una larga paciencia encontramos a menudo lo que durante mucho tiempo buscamos. Es la capacidad de hacer con calma muchas cosas sin frustración ni enojo, con la convicción de que al final llegará un desenlace favorable, de que los esfuerzos darán fruto. En cierto modo exige cambios; no es una espera pasiva, sino el enlace entre lo que ya no es y lo que todavía no es. Y precisamente esa novedad es el resultado de la paciencia.
Jesús encarna la paciencia divina, reprende a sus impacientes amigos y muestra un ejemplo de paciencia y de amor hacia los pecadores que también sus discípulos deben imitar. El modelo de toda paciencia es la pasión de Cristo, y el soportar el sufrimiento ilumina todo padecimiento y le da sentido.
- Mladen Klanac
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