Siento cuán profundamente pertenecemos el uno al otro, cómo todo mi ser se ha arraigado en ti
«La amistad entre marido y mujer parece darse por naturaleza; pues el hombre es por naturaleza más proclive a vivir en pareja que en la vida política, tal como la propia casa es anterior al Estado».
«Y quien no puede asociarse, o no necesita nada por su propia autosuficiencia, no es parte alguna de la ciudad, sino que es una bestia o un dios.»
Aristóteles
Martin Buber afirma: «En el principio está la relación.» La relación (Beziehnung) nos conduce al encuentro (Begegnung).
El hombre, por naturaleza, tiende a la vida en comunidad; por naturaleza es un ser familiar que solo puede alcanzar la vida buena a través de la sociabilidad, y no mediante la autosuficiencia solitaria. La vida prenatal del hombre es pura vinculación natural». Parece importante subrayar que, para Buber, la vinculación natural o relación natural entre la madre y el hijo está en la base de cualquier otra relación espiritual. Gracias precisamente a esta relación se nos abre por completo el mundo de la relación y de la existencia. El niño vive de sueño en sueño, en el resplandor y el reflejo del encuentro. Como todo ser en formación, vive en el premundo. «Al niño se le concede un tiempo (un plazo) para sustituir la vinculación natural que va perdiendo por una vinculación espiritual con el mundo, con la relación.
El encuentro no es, a diferencia de la relación, una expresión mental, una actitud psicológica, sino un acontecimiento, en una palabra, algo que sucede. El encuentro representa la cumbre de la vida de relación, implica un reflejo que ilumina inesperadamente la vida del hombre, «es algo actual». La relación es un reconocimiento unilateral del «tú» por parte de un «yo», mientras que el encuentro sucede cuando dos «yo» entran simultáneamente en relación. El encuentro es un privilegio que recibo. Entro espontáneamente en relación con el Tú, realizando así el «propio ser», consciente de que el encuentro no es obra mía. El encuentro es la unión en una comunión existencial de dos yoes y dos túes. No es resultado de mi búsqueda, sino que sucede por gracia.
La relación «yo-tú», la relación entre los hombres, tiene una forma propia caracterizada por determinantes fundamentales entre las cuales destaca sobre todo la inmediatez. En general, para Buber la inmediatez significa disponibilidad, accesibilidad y apertura hacia los demás. Al subrayar la inmediatez, percibimos el deseo de Buber de liberar la relación de toda mediación, lo cual solo puede realizarse y suceder en una relación de reciprocidad que incluye autonomía, independencia en el diálogo y unidad en la relación, la cual adquiere su significado sustancial en el acontecimiento de la presencia. Este fenómeno dialógico significa comprender a la persona, acoger al otro como compañero y como persona íntegra, una apertura total y sin límites hacia el otro ser, permitiéndole convertirse en parte de mi ser, pero también la libertad para que el otro realice plenamente sus posibilidades, y se realice como persona. La categoría originaria de la realidad humana, la esfera de la «interrelación» (das Zwischen), da sentido a todo esto.
Un encuentro auténtico solo puede suceder en una viva participación (Patnerschaft), en una situación común (gemeinsame Situation). El diálogo crea, desarrolla y sostiene al hombre. Nos ayuda a comprender al otro, sus necesidades y sus expectativas, sirve para reconocer los valores ajenos, pero también para crear cercanía. Reduce las distancias mediante el acercamiento y la aceptación mutuos. La familia es el ejemplo por excelencia de «comunidad de entrega mutua, de amor y de diálogo».
Buber describió su labor como un proceso emprendido junto a su esposa Paula: «El matrimonio es un ejemplo de vinculación. Nos conduce a una gran vinculación como ninguna otra cosa. Y solo en la vinculación podemos entrar en la libertad de los hijos de Dios:
¿Recuerdas cómo, en la juventud, zarpamos
juntos por el océano de estas historias?
¡Cómo una imagen encaja con otra en nuestros corazones!
Estas nuevas descripciones, esta nueva entidad nacida entre tú y yo».
Platón dice que los hombres, en el amor, buscan la inmortalidad, que se realiza mediante la unión del hombre y la mujer: «Pues la unión del hombre y la mujer es generación. Y esto es cosa divina, y es, en un ser que es mortal, la parte inmortal, a saber, la gestación y la generación». Según él, el amor es el encuentro con la parte del alma que nos falta y que hallamos en alguna persona, pero en aquella persona que para nosotros representa todo lo que es bueno, bello, verdadero y justo.
Agustín dice que el papel del amor es liberar al hombre de su propia presunción, de sí mismo, del egoísmo y de la atención puesta en sí mismo, para que alcance su fin y se encamine hacia la casa del Padre. Puesto que el amor, junto con la reciprocidad, es el fundamento de toda comunión, este sucede en el encuentro, cuando un tú distinto se sitúa frente a un yo. Entonces sucede el amor que está en medio, que ve al ser en su totalidad y solo así puede ayudarlo, instruirlo, elevarlo, sanarlo. «El amor es una acción cósmica». Para quien está en él, para quien observa desde él, los hombres quedan liberados de todo aquello que los envuelve en un ovillo confuso; buenos y malos, listos y necios, hermosos y feos, uno por uno se vuelven reales para él, se vuelven tú, un individuo libre y distinto que está frente a mí. De manera admirable, cada vez brota la exclusividad, y así el hombre puede actuar, ayudar, sanar, educar, elevar, liberar. En una palabra, el amor es la responsabilidad de un yo por un tú».
La primera experiencia de la persona es la experiencia de la otra persona. El Tú, por tanto, viene antes que el yo, y lo precede. Según Buber, el amor es sinónimo de «relación» y de «palabra». Parafraseando: «Quien dice una palabra fundamental, entra en ella y en ella habita», «Quien dice tú (...), se encuentra en relación». Buber precisa: «Los sentimientos se tienen, el amor sucede. Los sentimientos habitan en el hombre, pero el hombre habita en su amor. Esto no es una metáfora, sino una realidad. El amor no está ligado al yo de tal modo que tenga al tú como contenido, como objeto; está entre el yo y el tú». El principio dialógico alcanza su plena realización en la relación entre el hombre y la mujer. Es una relación en la que sale a la luz la estructura de la alteridad, la importancia de la diferencia, que incluye la responsabilidad recíproca: «Este ser humano es distinto, se diferencia esencialmente de mí, y yo capto (comprendo) esta diferencia, lo confirmo, porque lo comprendo, quiero su diferencia, lo quiero tal como es; este es el principio fundamental del matrimonio, y partiendo de este principio fundamental, nos conduce, cuando el matrimonio es verdadero, a aceptar el derecho y la legitimidad de ser diferente, y con este reconocimiento vital de la múltiple alteridad – incluso en la medida en que estoy en contraste y en lucha con ella».
El hombre y la mujer se encuentran en una relación que nos llama a la responsabilidad recíproca. Él me llama partiendo de su confianza, y yo respondo con mi fidelidad, o bien con mi propia infidelidad niego la respuesta, o, tras haber caído en la infidelidad, me libero mediante la fidelidad de la respuesta. Esta es la realidad de la responsabilidad: rendir cuentas de aquello que se nos ha confiado en un ser que confía en nosotros, de tal manera que fidelidad e infidelidad salgan a la luz, pero no con los mismos derechos, pues la fidelidad renacida puede vencer a la infidelidad. Allí donde ningún llamado primario puede alcanzarme, puesto que considero todo «de mi propiedad», la responsabilidad se ha convertido en sombra. Al mismo tiempo se disipa el carácter recíproco de la vida. Quien no responde, ya no percibe la palabra.
El matrimonio no se renueva a partir de nada distinto de aquello sobre lo cual también nace, y esto es que dos seres humanos se descubren mutuamente como Tú. El diálogo de los enamorados es «amor sin diálogo, sin un camino real hacia el otro, sin llegar al otro, sin permanecer junto al otro; es un amor cerrado que permanece en sí mismo y por eso lleva el nombre de Lucifer. Solo cuando alguien ama a una mujer sintiendo su vida constantemente presente en la propia, el tú que ve en sus ojos le permite vislumbrar un destello del Tú eterno». Entre el diálogo y el amor no hay verdadera diferencia, porque todo diálogo sincero está inspirado y animado por el amor.
En casi 60 años de matrimonio, hasta la muerte de Paula Buber, el amor demostrará que las circunstancias externas no tienen por qué ser la guía. En 1902, Martin Buber formula un deseo en una carta a Paula Winkler: «¡Sé para mí todo: esposa, amante, amiga y compañera!».
Martin Buber confirma que no siente ningún sentido del deber hacia ella, sino que solo el amor lo une a ella: «Todas las palabras son demasiado pobres para expresarlo, pero creo que debes sentir cuán puro y sincero soy contigo. En mí no hay ni rastro de deber hacia ti, nada de eso, nada salvo amor y la voluntad de hacerte la vida luminosa, ligera y hermosa».
Su esposa Paula, como símbolo del vínculo, habla de las «cadenas de oro que me unen a ti. Puedo vivir la paz y la alegría desde mí misma, solo en la seguridad de nuestro amor, esperándote […], para que vivamos plenamente el uno para el otro. Todo lo bueno viene solo de nosotros, de nuestro amor; nuestra vida en común no necesita nada de fuera […]. Sobre todo, Martin, ¡cuida tu libertad!
Ahora siento a menudo cuán profundamente pertenecemos el uno al otro, cómo todo mi ser se ha arraigado en ti, cómo toda salvación viene de ti. Lo siento de un modo inefable. Es lo más profundo, lo mejor, lo más firme que tengo en la vida.
El hombre debe vivir su vida como se crea una obra de arte, a partir de un gran impulso de necesidad interior. Todo debe estar subordinado a esto. Solo deseo el trabajo y a ti. Y que a los hijos se les permita crecer en paz, nada más que eso. Quiero ser tu amada, mientras tú y yo nos amemos como hoy, y ser siempre una madre fiel de nuestro hijo. En esto reside un profundo sentimiento de amistad hacia ti y una –querría decir– ternura emocional que nunca desaparecerá. Naturalmente, también hoy mi amor por ti me parece sin fin, en la medida y en el tiempo.
La vida demuestra que el deseo de encuentro está profundamente arraigado en todo hombre, pero también lo está el egoísmo, que se oculta en el corazón de cada persona, con el deseo manifiesto de convertir al otro en un objeto que satisfaga sus necesidades, capaz de transformar todo encuentro y relación en una relación superficial y fallida. Por eso no sorprende el hecho de que los principios del diálogo y de la comunicación difícilmente encuentren espacio dentro de la comunidad familiar.
Buber relata un episodio interesante de su infancia que influyó en él y en su formación como persona. Pasó su infancia y juventud con sus abuelos a causa de la separación de sus padres. Un día su madre abandonó la casa y los dejó a él y a su padre. La espera de la madre, el dolor por su ausencia, dejaron una huella profunda en su educación. A los cuatro años, un día jugaba en el balcón con la hija de sus vecinos, a quien su abuela había encomendado que lo cuidara, y ella, en el juego, lo golpeó de pronto con estas palabras: «No, ella nunca más volverá». Sabía que esas palabras se referían a su madre. El dolor que vivió en aquel momento acompañó a Martin durante toda su infancia. Cuando, veinte años después, vio a su madre, que había venido a visitarlo a él y a su familia, no pudo mirarla a los ojos sin oír, desde lo hondo, la palabra Vergegnung. Como él mismo atestigua: «Todo lo que he aprendido a lo largo de mi vida sobre el encuentro auténtico tiene sus raíces en aquella hora en el balcón». Buber acuñó el término Vergegnung (separación, ruptura), lo opuesto a Begegnung, con el cual describe el «encuentro fallido» (disincontro, mismeeting), la derrota del encuentro auténtico. Vergegnung designa el fracaso de una verdadera reciprocidad interactiva entre las personas. La filosofía dialógica de Buber es una respuesta ética al vacío, a la carencia que vivió en su infancia. En efecto, su madre, tras la separación, le resultó inaccesible, de modo que el resto de su vida se convirtió en un buscador a través de la relación (Beziehnung) y el encuentro (Begegnung).
Cuando Buber habla del mundo de la experiencia, utiliza el verbo gehören, pertenecer: lo que significaría ser propiedad de alguien o bien estar en posesión de alguien o de algo, mientras que la palabra fundamental «yo-tú» stiftet, produce, engendra, da fruto, causa un determinado fenómeno; en este caso la relación (Beziehung), lo cual nos muestra la gran diferencia entre las dos palabras fundamentales. El mundo como experiencia pertenece a la palabra fundamental «yo-ello», mientras que la palabra fundamental «yo-tú» funda el mundo de la relación: «El hombre debe vivir, cada persona debe entrar en este mundo y probarse en él. El hombre se halla en este mundo como objeto de mi atención (de mi atracción), objeto de mi ofensa, como aquel al que puedo aprovechar y que no debería estorbar mi camino trazado; en una palabra, no existe ningún tipo de amor entre nosotros. Este es el mundo de las cosas, de la posesión, de la utilidad, el reino del arbitrio. El hombre vive con las cosas, las cambia, las usa, las administra, las posee, pero incluso en tal caso tanto «él» como «ella» son también solo una cosa, una «persona-cosa» que está a mi disposición. La persona así ya no es persona, sino cosa, objeto de mi interés».
Describe la forma ideal del matrimonio como relación dialógica: «Quien ha entrado en el matrimonio, quienquiera que se haya casado, lo ha entendido en serio como un sacramento, que aquel Otro es: que no puedo tener parte en el Ser que es sin participar en la Esencia del Otro."
La explotación del otro es, para Buber, la relación más superficial. En vez de considerar la integridad del hombre, considero su composición, el color de su cabello, el tono de su voz, la escala de su bondad: «Mientras haga esto, él no es mi tú, no es mi prójimo, sino un hombre que está frente a mí, porque yo no experimento con el hombre al que digo tú».
La relación auténtica sucede siempre en el instante, no conoce continuidad: «Este es un mundo que no conoce la participación, sino la experimentación; no conoce el encuentro, sino la utilidad; no conoce el amor, sino el cuidado o la atención hacia algo; no conoce el destino personal, sino un acto casual e insignificante; no conoce el verdadero sentido de la libertad, sino la discreción, la desfachatez y la arbitrariedad; no le interesa el ser, sino el poseer. Es un mundo en el que no se comprende directamente la esencia del sujeto, sino solo su representación, sus datos, evidentes y pasajeros. ¡Cuán poderoso es, sin embargo, el continuum del mundo del ello, y cuán frágiles son las apariciones del tú!... Cuando una cosa se eleva por encima de las cosas, una cosa viva, se convierte en un ser para mí y se me aproxima por medio del lenguaje, cuán inevitablemente breve es el instante en que esta cosa no es para mí otra cosa que un tú!»
Para toda comprensión es necesaria la experiencia del «otro», para comprenderse a sí mismo, el hombre debe comprender y apreciar a los demás, porque en «cada uno hay algo precioso, que no se encuentra en ningún otro. El otro, así, no es quien nos limita, sino quien nos permite ser y desarrollarnos. El hombre, por naturaleza, está orientado y referido al otro, lo que nos conduce también a fundar una comunidad de amor y de vida, que es el lugar de nuestro crecimiento integral, físico, psíquico, emocional y espiritual. De cada encuentro verdadero extraemos la riqueza del amor, que es una fuerza cósmica universal y mística que mueve al hombre.
Buber recibió esto de su padre, de quien da testimonio: «Pero noté lo que de verdad le preocupaba, cuando estaba con él en medio de una espléndida manada de caballos y lo observaba mientras saludaba a un animal tras otro, no solo de manera amistosa sino a cada uno individualmente; o cuando viajaba con él por los campos que maduraban y lo veía detener el carro, bajarse, una y otra vez, para al final sacar con cuidado un grano de la espiga y probar si estaba maduro. Este hombre completamente nada sentimental y nada romántico se preocupaba por un contacto humano auténtico con la naturaleza, un contacto activo y responsable».
Siguiéndolo así de vez en cuando en su camino, el muchacho que crecía aprendió algo que no había aprendido de ningún otro, de ninguno de los muchos autores que había leído y conocido: «De un modo particular, la relación de mi padre con la naturaleza estaba ligada a su relación con la sociedad y los contactos sociales. Cómo participaba en la vida de todas las personas que, de un modo u otro, dependían de él: los trabajadores vinculados a la finca en sus casitas que rodeaban los edificios de la hacienda, casas construidas según su propio proyecto; los campesinos que realizaban trabajos para él en condiciones exactamente establecidas con marcada justicia; cómo se ocupaba de las relaciones familiares, de la crianza de los hijos y de su instrucción, de la enfermedad y la vejez de todas las personas. No era una preocupación genérica, sino personal, en el sentido de un contacto activo y responsable que aquí podía así llegar a una plena reciprocidad. Al ayudar a los demás, lo entendía de manera directa, solo como persona ante persona, cosa que también practicaba. Incluso en su vejez vagaba incansablemente de casa en casa para descubrir los deseos y las necesidades reales de las personas; ¡de qué otro modo habría podido suceder esto sino a través de un contacto verdadero!
Debo, sin embargo, mencionar una cosa particular. Mi padre era, en el fondo, un narrador. Mientras conversaba, tal como lo llevara la charla, hablaba de las personas que conocía. Ni más ni menos que de su vida y de lo que sucedía entre ellas».
- Mladen Klanac
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