Los niños imitan a sus padres
Claudia Messing, psicóloga, socióloga y presidenta de la Sociedad Argentina de Terapia Familiar, en su último libro «Cómo piensan y sienten hoy los niños», dice que en nuestro tiempo «se está produciendo un cambio estructural a nivel social en la relación padres/adultos-niño, llamado "simetría del niño con el adulto". Los niños imitan a tal punto a sus padres y a los adultos, que repiten sus frases, su forma de pensar, sus actitudes, sus conocimientos, sus angustias, sus miedos, y también imitan sus historias de vida no resueltas. Así se colocan en el mismo nivel, como si fueran ellos los adultos».
«Las exigencias de crecer son cada vez mayores. Los niños y los jóvenes quedan bloqueados, desmoralizados, y abandonan rápidamente sus intereses. Por eso la cuestión de la vocación y la profesión es hoy tan difícil: deben y quieren elegir una carrera que les garantice satisfacción y éxito, y no pueden equivocarse. Debemos enseñarles y mostrarles con el ejemplo cómo se descubren poco a poco los propios intereses y talentos. De lo contrario, esto es algo que puede paralizar, donde el placer del descubrimiento queda reprimido y la seguridad que buscan es muy difícil de encontrar».
Claudia Messing
¿Qué es la simetría del niño con el adulto?
«La simetría del niño con el adulto» es un cambio psíquico estructural de las nuevas generaciones de niños y jóvenes, que en menor medida afecta también a los adultos, y que a nivel social todavía es desconocido. Por eso, nuestros modelos tradicionales de autoridad se están derrumbando, ya que hoy nos encontramos con un niño y un joven que no conoce la autoridad, que desde que nace se siente «en igualdad con los adultos», lo cual cambia radicalmente e influye en el paradigma educativo en la escuela y en la familia.
Se trata de un cambio en las características de la identificación más temprana con los padres. Como ya no existe tanta influencia del miedo y del distanciamiento como en los modelos parentales anteriores, hoy el niño, desde que nace, gracias a sus neuronas espejo (Rissollatti, G., 1996) – imita en gran medida a sus propios padres como frente a un espejo. Así se sitúa en una posición de igualdad con el adulto, confiando más en sus propios criterios que en los de sus padres. Por eso la autoridad de los padres y de los maestros debe reafirmarse cada día.
Pero al mismo tiempo, el niño no completa del todo la separación o la individuación, sino que prefiere seguir siendo parte de un todo único con sus padres, disponiendo por un lado de su propio tiempo, energía y recursos como si todo fuera suyo, como si todo le perteneciera, mientras que por otro lado espera al mismo tiempo de los padres comprensión y satisfacción de sus necesidades. No conoce lo suficiente sus propios límites y restricciones, ni los de los demás, y por eso no los interioriza, razón por la cual la intolerancia a la frustración y las grandes exigencias son tan marcadas. Esta falta de separación dificulta mucho encontrar la propia vocación y la propia identidad profesional, y en general ralentiza los procesos de maduración y de autonomía, mientras se vuelven cada vez más marcadas las relaciones violentas en los vínculos íntimos.
Debido al marcado fenómeno de la imitación de los padres en casi todo, tenemos tantos niños que hablan, piensan y se sienten como adultos. Pueden ser muy independientes y disponer de muchísima información casi sin límites, porque es precisamente la falta de todo tipo de límite lo que les falta. Por eso hay tantos niños dotados y, al mismo tiempo, tantos niños con dificultades de adaptación y de comportamiento. Los factores externos empeoran la situación. Por ejemplo, el mercado de consumo aprovecha en su beneficio la simetría del niño con el adulto y lo considera un consumidor privilegiado, al que le impone modas, juguetes y otros productos.
La velocidad de las nuevas tecnologías aumenta su impaciencia, su necesidad de inmediatez, y confirma la fantasía de que todo se puede conseguir con un solo clic. Por último, las redes y las relaciones sociales refuerzan su dependencia de la mirada del otro, en detrimento de la interiorización de los padres como protectores que refuerzan la seguridad y la autoestima.
Por un lado, pueden tomar el control de situaciones y emociones que no les corresponden, mientras que por otro se sienten humillados y desvalorizados en su «posición de igualdad», cuando los padres u otros adultos les dicen qué hacer. Esto crea un cortocircuito constante en la comunicación cotidiana, pero también en la educación y la instrucción. Una de las grandes dificultades es la intolerancia a los errores. No admiten la derrota en el juego, en el deporte, un dibujo que salió mal, en general la derrota y el error. Por ejemplo, una mala nota puede convertirse en un drama insuperable. Cada error se vive como un fracaso, como un fracaso total, y esto se extiende a su personalidad más adelante, ya de adultos, cuando les cuesta muchísimo tomar decisiones importantes, especialmente las de naturaleza existencial.
La igualdad psíquica y psicológica del niño y del joven con el adulto modifica por completo el paradigma consolidado de la autoridad y dificulta enormemente las restricciones y el establecimiento de límites. Valoran mucho lo que hacen por sus propios padres, porque consideran que lo que corresponde a los padres no forma parte de sus propias obligaciones. Si aceptan hacer algo, muchas veces lo hacen a cambio de otra cosa. Por ejemplo: "Me lavo los dientes si me compráis esto y aquello. Hago los deberes si me dejas jugar a la Playstation". Si el padre acepta este modo de actuar, no hará más que reforzar la imaginaria igualdad con el niño, que los padres, por su papel, no son.
La tarea del adulto es promover la mejor relación, lo cual significa la capacidad de comprensión que existe en los niños y jóvenes cuando se capta su atención, se pide su colaboración, es decir, cuando el mensaje se formula con respeto, claridad y empatía. La tarea del adulto es enseñarles a asumir sus responsabilidades sin necesidad de órdenes ni castigos, ayudarles a recuperar su lugar como niños para liberarse de esa soledad interior, de la exigencia excesiva hacia sí mismos, de la intolerancia a las frustraciones y de la imaginaria autosuficiencia, así como de la excesiva imitación de los demás y de sus historias de vida en detrimento de la propia, lo cual provoca múltiples sufrimientos en las generaciones jóvenes.
La principal dificultad que trae consigo la simetría es que los niños imitan a sus padres, pero no los interiorizan como figuras protectoras. Por eso, en su interior, quedan abandonados a sí mismos, entregados a sus propios miedos e inseguridades, así como a su propia exigencia y voluntad, de modo que las palabras de los padres no pueden ser recibidas como provenientes de una autoridad y no tienen la fuerza de establecer límites.
Lo conflictivo y traumático que los padres no elaboran en su propia vida, y que está presente a través de mecanismos de desconexión emocional, reaparece en los niños sin inhibiciones ni censura, como una tragedia en dos actos, y genera sufrimiento y patología difíciles de superar porque no pertenecen a la propia experiencia sino a la ajena. Inconscientemente, a través de la compulsión a la repetición, produce sus efectos no solo en la vida de cada individuo, sino que también se transmite a través de las generaciones, de inconsciente a inconsciente.
DIMENSIONES Y EFECTOS DE LA SIMETRÍA
Primera dimensión: la imitación de los adultos
Es una imitación marcada del modo en que los adultos hablan, piensan y actúan, lo cual los lleva a fusionarse con ellos hasta el punto de asumir sus roles y funciones, sus emociones, sus rasgos, sus deseos insatisfechos como propios, así como las experiencias traumáticas no resueltas y las situaciones de sus propios padres y de las generaciones anteriores.
Una de las principales consecuencias de una imitación tan fuerte de los padres es que el niño cree ser como un adulto, con las mismas capacidades y posibilidades, sin percibir los límites y la falta de recursos que le imponen su grado de madurez y la fase de desarrollo por la que atraviesa. Los niños piensan que pueden hacer todo lo que hacen los adultos, que no les falta nada para usar ese poder, como la edad, la posición, la madurez o la experiencia. Desde su perspectiva, piensan que pueden hacer todo lo que hacen los padres.
La más importante de las consecuencias de esta confusión es que, sintiéndose adulto, el niño considera que ya no necesita los cuidados ni la protección de sus padres, lo cual lo lleva a una autosuficiencia imaginaria, a la soledad y a la falta de protección.
La segunda gran consecuencia es la tendencia a preocuparse, a inquietarse, a hacerse cargo y a cargar con numerosos problemas que no les pertenecen. Los niños piensan que pueden ocupar el lugar de sus propios padres, cuidar de ellos, controlarlos, aconsejarlos, educar a sus hermanos y a sus propios compañeros (amigos), e incluso ocupar el lugar de sus propios maestros.
Debido a la rigidez que a menudo caracteriza a los niños, el comportamiento y el lenguaje de los adultos son percibidos por ellos como exagerados y excesivos, por lo que a menudo se expresan a través de problemas y trastornos para los cuales los padres piden, no pocas veces, consejo y ayuda. Estos problemas coinciden a menudo con los rasgos problemáticos o conflictivos de los adultos con quienes conviven, y causan sufrimiento y pena, que no siempre son reconocidos ni tratados de manera adecuada. Imitan además la historia traumática no resuelta o las situaciones de los padres que se transmiten a ellos en cuanto niños, y esto en función de la simetría, es decir, de la asunción del papel de los adultos.
Segunda dimensión: la igualdad con los adultos
El niño no solo imita las frases y las actitudes del adulto, hasta identificarse completamente con él, sino que esa imitación exagerada crea además un efecto imaginario de igualdad entre el adulto y el niño. El niño no reconoce las diferencias, se siente igual, tiene la sensación de tener los mismos derechos y los mismos poderes que el adulto, uniformándose por completo con él.
Por eso, desde la posición de igualdad en que se encuentra, no percibe ni interioriza suficientemente la diferencia entre él y el adulto; al contrario, se fía de su propio saber (limitado). Esto complica profundamente el proceso educativo y formativo, porque los niños no reconocen la palabra del adulto como competente, sino como de igual valor que la palabra de cualquier otra persona. Esta convicción del niño en sus propios criterios de pensamiento y de juicio significa que el adulto debe reafirmar constantemente su propia autoridad, lo cual pone continuamente en crisis la posibilidad de la educación y la autoridad conocida hasta ahora.
No es lo mismo educar y poner límites a un niño que reconoce la diferencia entre él y el adulto, que ha interiorizado en su propia mente la relación adulto-niño, que hacerlo con un niño que solo cree en su propio juicio y se pone al mismo nivel que el adulto, fiándose solo de su propio juicio. Al reaccionar ante la propuesta del adulto, se siente humillado, desvalorizado, trastornado, y trata de imponer su propia opinión como la única correcta y válida.
La repetición de esta situación y la falta de conciencia de los adultos respecto a este cambio estructural podrían llevar al niño a desarrollar lo que llamamos «comportamiento negativista y no deseado». Comprender la simetría nos ofrece una perspectiva más para entender las dificultades del adulto a la hora de ejercer la autoridad. Como ya hemos dicho, se ha puesto mucho énfasis en el fracaso de los padres a la hora de cumplir su papel, y se subraya constantemente la necesidad de poner límites a los niños y a los jóvenes. Sin embargo, a los adultos no se les han proporcionado los instrumentos adecuados para hacerlo, porque todavía no se sabe en qué medida la psique infantil es diferente de la del adulto. Nos encontramos ante un niño que, en su interior, se identifica y se sitúa al mismo nivel que el adulto. Por eso es necesario modificar el modelo de autoridad y de establecimiento de límites, para que se adapte a esta realidad.
Tercera dimensión: fantasía de la plenitud, falta de separación y falta de inclusión de los padres como figuras protectoras
Como resultado de la imitación exagerada de los adultos, es difícil identificar e interiorizar a los padres como aquellos que cuidan y protegen. El niño reproduce de manera marcada al adulto, pero no lo interioriza, y sigue funcionando como si fuera parte de un todo único, lo cual le dificulta la separación, la autonomía y la plena individuación. Esta falta de separación lo lleva a creer en una plenitud imaginaria desde la cual sería posible obtener una seguridad total, perfecta y absoluta. Los límites y las restricciones, que toda persona tiene, no los tolera, y esto lo lleva a una gran intolerancia a la frustración. Otro rasgo de la simetría entre generaciones son las enormes exigencias hacia sí mismos y hacia los demás, lo cual los lleva a volverse muy rígidos y tensos, pero también a bloquearse y a abandonar sus propios objetivos.
Todos estos factores, y en particular la falta de aceptación de los padres como protectores, los llevan a un estado de tensión interior y de soledad, que, al interactuar con el entorno, favorece la aparición de nuevos problemas y trastornos que se manifiestan en los niños y en los jóvenes, y en gran medida también en los adultos, como el aumento de los trastornos de ansiedad, la impulsividad, la falta de concentración, la depresión, los problemas alimentarios, la violencia y diversos trastornos del desarrollo.
El nuevo modelo de autoridad
Debemos procurar que el niño se sienta valorado por su colaboración, que sienta la gratitud y la alegría de los padres, lo cual es distinto de darle algo material a cambio. En algún momento tampoco está mal recibir un premio, o que le digan que estamos muy orgullosos de su comportamiento.
Logramos una autoridad auténtica de tres maneras. La primera es la autenticidad y el reconocimiento de los propios límites. El niño colaborará con sus padres si percibe sinceramente que ellos también necesitan ayuda y la buscan. Para eso, el adulto debe renunciar a la omnipotencia y aprender a pedir la colaboración de sus hijos, reconociendo sus propios límites. Esto significa que no puede hacer todo lo que el niño le pide. De lo contrario, el niño empieza a ejercer presión sobre el padre.
La segunda condición es la coherencia y el respeto. Pedir ayuda no significa dejar de ser, como adultos, claros y firmes en nuestra petición. Debemos abandonar por completo la posición de víctima y saber gestionar la comunicación: habla cuando el otro te escucha e interrumpe la comunicación cuando empieza una lucha de poder. Esta actitud se puede aprender, y una de las formas es conectar con nuestros propios padres. El significado y el apoyo de nuestros padres nos hacen más fuertes y menos dependientes de las respuestas inmediatas, de las exigencias y del comportamiento de los hijos.
La última condición es la gratitud, el reconocimiento. Los niños se sienten verdaderamente parte de un todo único con sus padres si los padres hacen las cosas para ellos y no en su lugar. En este sentido, los padres pueden convertirse en figuras protectoras dotadas de autoridad, que generarán en los hijos gratitud y respeto mutuo a través de la comunicación.
- Mladen Klanac
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