Reconozco a quien amo
«Pero sus ojos eran incapaces de reconocerlo» (Lc 24,16)
Hace poco, en una residencia de ancianos de Inglaterra, las cuidadoras le llevaron a un viudo de 94 años un regalo poco común por su cumpleaños. Una almohada pequeña. La almohada que le regalaron las cuidadoras llevaba estampada una foto de su difunta esposa. Él la reconoció.
Nada extraordinario, incluso un poco falto de imaginación. Este suceso, aparentemente cotidiano, revela un trasfondo algo más profundo. A este hombre se le había muerto la esposa nueve meses antes de este episodio, y cada noche se iba a dormir con una foto de su difunta esposa en la mano. Es comprensible. Habían estado casados 71 años. Él solía llamarla «la mejor chica del mundo» La almohada que le regalaron las cuidadoras llevaba estampada una foto de su difunta esposa. Él la reconoció. Podemos imaginar su reacción ante ese regalo. Imaginemos la alegría cuando, en una almohada corriente, vio impreso el rostro de «su mejor chica».
Desde hace un tiempo estamos «caminando» por el tiempo litúrgico pascual, en el que la Iglesia se alegra por el acontecimiento fundamental no solo del cristianismo, sino de todo el universo: la victoria de Cristo sobre la muerte, el comienzo de una nueva forma de vida, una vida en plenitud, inmortal, vida eterna: «Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia» (cf. Jn 10,10).
Resulta interesante que el comienzo de este tiempo pascual, es decir, el mismo día de Pascua, empiece con la falta de reconocimiento de Cristo resucitado. María Magdalena pensó que era el hortelano al verlo junto al sepulcro vacío. Los discípulos de camino a Emaús lo llamaron «forastero». La existencia resucitada de Jesucristo es completamente distinta de nuestra manera de concebir la realidad celestial. Nuestros pensamientos son sencillamente distintos de los suyos. Cristo nos es un extraño. A estos discípulos que iban tristes hacia Emaús «les fue negado» reconocerlo. La traducción original vendría a decir como si estuvieran «poseídos» por una niebla que les impedía ver con claridad la Vida Nueva. Ver la nueva Realidad en la Persona de Jesucristo. Dios es distinto. Nosotros somos sencillamente «terrenos»; «lo nacido de la carne es carne, y lo nacido del Espíritu es espíritu» (cf. Jn 3,6).
Si no reconocemos a Dios por nuestra condición terrena, por nuestra tierra llena de mirarnos a nosotros mismos, también nos cuesta reconocer al otro. Esta falta de reconocimiento pascual se aplica también a nuestras relaciones. Sobre todo a las familiares. Cuántas veces oímos: «Tú no eres el marido que yo conocí. ¡No te reconozco! ¡Tú no eres mi madre! Yo no me casé con esta mujer, ahora eres otra persona». Divorcios. Divisiones. Falta de reconocimiento. Al principio todo iba bien, y después todo se torció. El jefe en el trabajo era una persona encantadora, pero ahora, después de diez años, te parece un monstruo. Ya no lo reconoces. Tu yerno, al principio, era el hombre perfecto para tu hija, pero ahora es para ti un «extraño».
Interesante. La lógica del cielo es distinta de la lógica de la carne, de la tierra. Mientras los evangelios nos muestran cómo, la mañana del domingo, «les fue negado» a los discípulos reconocer a Cristo, también nos muestran la táctica de Cristo, con la que logró que lo reconocieran y lo conocieran. En la tierra es distinto. Primero lo sabemos todo, lo conocemos todo, todo está claro, y después llega la oscuridad. Las tinieblas. «No te conozco, no sé quién eres. Antes tú no eras así».
¿Hay solución? ¿Cómo unir la tierra y el cielo? Sencillo. Con la lógica de Cristo. Él mostró a los discípulos sus llagas y comió con ellos. «Entonces se les abrieron los ojos». Ahí está la clave de la relación. Vivir la realidad de Cristo. El Cristo resucitado muestra sus llagas y dice: no tengáis miedo de mostrar vuestras llagas, yo estoy en ellas. Ablandemos nuestros corazones. Comamos después juntos y comamos a Cristo. Aquí tenéis mi cuerpo y mi sangre. «Lo reconocieron en la fracción del pan». Solo cuando «abrimos los ojos» y reconocemos a Jesucristo, el testigo fiel, el buen pastor, y experimentamos que nos ama, podemos abrir los ojos. Desaparece la posesión. Reconocemos en esa persona a nuestro lado a la esposa, al marido, al hijo… San Gregorio Magno escribe: «Al que amo, a ese reconozco». Solo el que es amado contempla, y al contemplar reconoce. Solo el amor de la nueva Vida hace posible que, incluso después de treinta, setenta años de matrimonio, se pueda decir: ese es mi marido, esa es mi esposa. Vivir con la lógica del cielo.
- Mladen Klanac
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