No hay día en que no piense en ella y ruegue a Dios por la eternidad de su alma
«En mis años juveniles deseé ardientemente impregnar con mi propio corazón el corazón de los demás, brillar ante los pueblos, ascender, yo mismo no sabía hacia dónde….» Byron, Manfredo
«A ella (a Greta) no la olvido; siempre me viene a la memoria el verso de Schiller: "Oh, dass sie ewig grünen bliebe, die schöne Zeit der ersten Liebe." (Oh, que quede siempre verde el hermoso tiempo del primer amor). El primer amor es el más profundo, y por eso su recuerdo es sagrado para mí. Todo esto es pasajero. Difícilmente he amado a alguien tan profundamente como a Greta; y aun así, pasó; lo recuerdo, me hizo mejor persona, pero también se puede vivir sin eso.» Ivan Mertz
Ivan Merz nació en 1896 en Banja Luka, como hijo único de sus padres, educado en un espíritu burgués liberal. También creció en Banja Luka, en un ambiente familiar y social en el que se prestaba más atención a los valores cívicos y mundanos, mientras que los valores cristianos eran más bien una formalidad y una tradición. Fue soldado en la Primera Guerra Mundial. Estudió en Viena, París y Zagreb. Se doctoró. Fue profesor de lengua y literatura francesas. Tenía una amplia cultura. Fue uno de los principales impulsores del movimiento católico, trabajó mucho con los jóvenes y escribió numerosos textos de valor. Murió en 1928, a los 32 años, con fama de santidad. Su tumba se encuentra en Zagreb, en la Basílica del Corazón de Jesús, en la calle Palmotićeva. El papa Juan Pablo II lo proclamó beato.
A los dieciséis años se enamoró de su compañera de la misma edad, Greta Teschner. Vivió esa experiencia de enamoramiento con mucha intensidad. Pero pronto Greta, durante una breve estancia con sus padres en Travnik, inició una relación con un joven musulmán que la utilizó y la abandonó. Ella lo vivió de forma muy traumática y trágica, y en esa desilusión se quitó la vida: «Cuando supe de su muerte, se produjo una fractura en mi alma, no de golpe sino con el tiempo... Mi juventud, según me parece, se acostó con ella en la tumba; todos pueden reír desde el fondo del corazón, yo no puedo. Miro a las chicas, me gustan, pero si pienso en ella, todo lo demás desaparece. Solo encuentro consuelo en el arte, que amo enormemente, y en la naturaleza. Su alma se sacudió lo pasajero y se fue. ¿Adónde? A la eternidad. Pero, Dios mío, me invade el horror cuando pienso que ella misma se quitó la vida.»
Sus padres no eran especialmente devotos. Por eso consideraba su deber como hijo, y su misión, introducirlos más profundamente en la fe: «El día más feliz para mí sería aquel en que mi padre y mi madre se hicieran buenos cristianos, en que nuestra familia se convirtiera en una familia católica; porque la familia es lo más sagrado que hay en la tierra. Con la oración se podrá conseguir mucho. En mi padre funcionan bien los argumentos lógicos… y en mi madre podrá actuar el amor que me tiene.» Esto realmente dio fruto, y el padre, después de veinticinco años, comulgó: «Espero que ese amor que nos une se haga ahora aún más profundo y grande, y que, tras la lucha que llevamos, estemos unidos en Dios en esta vida».
A su madre le escribe sobre la importancia de que la familia realice su vocación espiritual, pues la madre quería y se preocupaba, sobre todo, de que a su único hijo le fuera bien y le resultara agradable la vida aquí en la tierra: «Me obligas a reconocer lo sagrado que es para mí el amor a papá y a ti. Sin embargo, quisiera que nuestro esfuerzo mutuo no se dirigiera solo a nuestro bienestar, a nuestra salud, sino que consideráramos la vida familiar como un medio para un fin: es decir, actuar en nuestro círculo para honra de Dios y felicidad de nuestro prójimo… además de los vínculos del amor natural, que la naturaleza y la gratitud afianzan, debe establecerse también una afinidad espiritual.» Y la madre, igual que el padre, se convirtió al final de su vida y experimentó una especie de transformación después de la muerte de Ivan.
Recibió su primera instrucción sobre la fe en el jardín de infancia, con las hermanas religiosas. En la escuela primaria y secundaria se dedicó a numerosas actividades: aprendió inglés y francés, tocaba el violín y el piano, practicaba gimnasia y patinaje, y jugaba al tenis y al ajedrez. Todo esto le ayudó a organizar su tiempo, a la disciplina y a la dedicación. Cuando maduró, comprendió que eso no era suficiente y que, para construirse a sí mismo como persona, todavía le faltaba algo: la dimensión espiritual y moral. En este sentido, así como en el amor a la patria, la mayor influencia sobre él la tuvo su profesor de arte y literatura, Ljubomir Maraković, de quien dijo que lo había «salvado para la eternidad». De aquella época surgió un lema: «vivir para la verdad, la bondad y la belleza», conforme al cual procuraría vivir.
Poco después Greta se quitó la vida, y esto determinó el curso de la vida de Ivan y sus reflexiones sobre las cosas esenciales de la existencia: «Se apodera de mí la oscuridad cuando pienso que ha perdido la Eternidad. Dios, Dios buenísimo, escucha la oración de este pobre gusanillo que teme mirarte, a quien el diablo le envenena el corazón; dale, Dios Eterno, dale a Greta la Eternidad. Perdóname también a mí todo el mal y muéstrame el camino de la justicia. Deseo desde el fondo del alma verla allí, en el otro mundo. Sí, Dios mío, te comprendo: la vida —dices— es una prueba breve y dura, y quien la supera entra enseguida en una vida llena de esplendor y de color…Si ella viviera ahora, quizás todo sería distinto, o quizás no. Quizás yo también seguiría siendo un hijo del siglo veinte. ¿Quién sabe? El Altísimo dispone siempre lo mejor.
Pienso en el primer amor. Qué gran caída de la Eternidad a lo pasajero. Pero lo que en ello había de malo y de pasajero, desapareció, y lo elevado y noble sigue viviendo en mi corazón, lo eleva y lo alimenta, tal vez siembra también buena semilla. ¡Altísimo, te ruego que sea así! Quizás ella exhaló su último aliento en aquel momento. No lo supe entonces. Recé fervientemente a Dios para que la mantuviera con vida, y estaba convencido del éxito de mi oración, pero ya era demasiado tarde. Ella ya había dejado de existir. Su alma se sacudió lo pasajero y se fue. ¿Adónde? A la Eternidad. La vida es una lucha por la Verdad, y ella, cobardemente, abandona esa lucha. Es hija del siglo veinte, de ideas ligeras. Si ella viviera ahora, quizás todo sería diferente, o quizás no. Quizás yo también seguiría siendo un hijo del siglo veinte. ¿Quién sabe? El Altísimo dispone siempre lo mejor.
El primer amor es el más profundo, y por eso su recuerdo es sagrado para mí. No llevé flores al cementerio, porque los sentimientos se embotarían si se expusieran ante el mundo. Su padre y su madre quizás lloran, y a mí me resulta duro cuando traigo esas imágenes a la memoria. Era más inteligente que sus demás compañeras, siempre leía libros y entusiasmaba a los demás. Pero nadie le dio profundidad. Su vida transcurría de manera monótona; pensaba que llegaba el día, se iba el día, esperando que también pasara. Quizás se habría casado, habría tenido hijos, y habría muerto. Así es la vida. No sabía para qué vivía. Quizás ni siquiera sabía que existe la Eternidad, y que todas las maravillas del mundo, toda la naturaleza, llevan al conocimiento de que todo esto procede del Espíritu inmenso, del Ideal de la humanidad, de la Verdad, la Bondad y la Belleza. Ha pasado, y también yo pasaré, como todo esto, pero nosotros seguiremos existiendo. ¡Quizás ella también! Volvamos a los hombres. La vida es una lucha por la Verdad, y contemplémosla.»
Aproximadamente medio año después de la muerte de Greta, comienza a escribir un diario, que le dedica a ella, y en el que describe lo que vive en su día a día, especialmente sobre el amor que sentía por Greta: «Esta es mi corona, que deposito sobre su tumba, al recuerdo santo y venerable del primer amor, que me hizo renacer.»
«Anoche soñé con Travnik… Buscaba el piso de Greta. Cuando desperté, flotaba ante mis ojos su imagen, cómo iba alegremente conmigo, en mangas cortas y con ropa de casa, desde la casa en Travnik hasta la tienda. Estaba alegre. Ella ya no está, su cuerpo ya no existe, pero el recuerdo permanece. Dios, perdona su alma. Mi intuición sobre por qué se quitó la vida tiene una explicación psicológica. El mundo la veía solo como una chica que atraía eróticamente, y ella misma se comportaba con desenvoltura, alimentando así ese juicio sobre sí misma. Pero el mundo necio no conocía de verdad a esa muchacha de buen corazón, sincera, dotada por naturaleza, muy leída y mucho más inteligente que sus compañeras. En Travnik no encontró a nadie que la comprendiera, y estaba insatisfecha sin saberlo ella misma. Mientras estuvo aquí, me quería, porque sabía que en ella yo no veía solo a una mujer, sino también a una persona. Me llamaba amigo. Nuestro vínculo espiritual se apoyaba —debo reconocerlo ahora, mirándolo desde la distancia— en una base, hasta cierto punto (no del todo), erótica. Solo Dios sabe si habría existido en mí tanto amor hacia ella si no se hubiera formado de ese modo erótico. La Sagrada Escritura lo dice bien: el amor platónico no existe, va unido al amor por el cuerpo y por el alma singular de la muchacha. Este amor puede llamarse ideal. Viví mis años jóvenes solo con ella, como ya no los hay en el mundo, y recuerdo con tristeza su figura. Me pesa el corazón cuando me represento su rostro y su carácter únicos, y pienso: fue polvo y se fue. Cuánto consuelo me da la fe de que la volveré a ver, en cuerpo y alma. No hay ninguna mujer que se le parezca, y por eso, todo sentimiento más profundo que surja en mi alma hacia alguna otra, lo destruyo en su germen.»
«Busqué entre las fotografías su retrato, para verla, pero no estaba; seguramente mamá lo había guardado. Estaba triste. Hoy es un día sombrío, y me acordé de cómo, en un día así, en primavera si no me equivoco, ella vino a vernos con sus padres y con el capitán W. a la vieja estación. También estaba König (un compañero) y jugamos a las prendas. Fue alegre, y me llegó el turno de contar las estrellas, y entonces la besé a ella, y en general a una mujer, por primera vez. Me hice de rogar, pero aun así me alegró. No me comporté con ella de la manera más galante, aunque siempre la quise. Paseé mucho con ella en coche de caballos, la esperaba todos los días cuando salía de la escuela, la acompañaba a casa y recibía un beso en la puerta, etc. Toda mi relación con ella está entretejida solo de besos. Pero cuando volví de Travnik, ya me daba cuenta de que el hombre no es solo cuerpo. Me pregunté si había obrado bien, y cuando supe de su muerte, se produjo una fractura en mi alma, no de golpe sino con el tiempo. Pero de nuevo me pregunto: si no hubiera existido aquello material entre nosotros, ¿habría existido ese vínculo espiritual? Con los besos nos unimos también espiritualmente. Ella está muerta, ya nunca más la veré, a ella que es mi consuelo en la vida; y deseo, desde el fondo del alma, verla Allí, en el otro mundo. Lo que siento por ella no puedo expresarlo, sino con las lágrimas que corren cuando me represento a esta noble y bondadosa muchacha alemana. Mi juventud, según me parece, se acostó con ella en la tumba; todos pueden reír desde el fondo del corazón, yo no puedo. Miro a las chicas, me gustan, pero si pienso en ella, todo lo demás desaparece. Solo encuentro consuelo en el arte, que amo enormemente, y en la naturaleza.»
Durante mucho tiempo buscó las causas por las que Greta se había quitado la vida. En parte las encontró en su educación liberal: «Cuando acompañaba bajo la lluvia a las señoras (a la señora Teschner y a la señora Supanek), pasó una mujer y se levantó la falda de modo que se veía bastante. Como yo me volví instintivamente, empezaron a hablar de cosas eróticas, de que yo iba a cambiar, etc. Me resultó duro oír precisamente eso de la madre de Greta, a quien quiero bastante, y veo que este elemento erótico en la educación mató también en la hija la vida religiosa innata, de modo que pudo decidirse a quitarse la vida. O, dicho con más precisión: si dejo correr los pensamientos eróticos, si vivo día a día sin oración ni pensamiento en la eternidad, la vida se vuelve sin propósito. En un momento de resignación y desánimo, uno se pregunta entonces por qué no habría de matarse, y podría hacerlo...Las tentaciones asaltan de manera terrible, pero la oración me levanta.»
Un año después de la muerte de Greta, Ivan hizo un voto de castidad hasta el matrimonio. Estaba convencido de que la muerte de Greta se había producido porque a ella le habían faltado ideales familiares y matrimoniales: « De nuevo vi en sueños la imagen de Greta —quizás la segunda vez después de su muerte—. Dios, Dios mío, qué terrible. Greta, querida, amada Greta. Cuando vi aquellos ojos, dulces y suaves, aquella cabeza inclinada, aquel cabello, ah, que tanto acaricié, recuerdo que debería serle siempre fiel; que ella debería ser, durante toda mi vida, el ídolo al que yo cantara. Y cada hombre necesita encontrar ese ídolo.. Me parece que esto es para mí una revelación: estoy tal vez reconciliado para siempre con la naturaleza; el elemento femenino ha desempeñado en mi vida el papel que debía desempeñar. No hay ninguna mujer que se le parezca, y por eso destruyo en su germen todo sentimiento más profundo que surja en mi alma hacia otra. El fin —el ideal— de mi vida sería dar con mi persona un buen ejemplo, y aportar también mi parte de idealismo en esta «era mecánica de la técnica». Que las demás mujeres desempeñen en mi vida el papel de un amigo varón, especialmente el de un fino amigo varón. Pero me resulta terrible pensar que siempre tendré que moverme en una sociedad llena de sensualidad. El otro día hice voto a la Santísima Virgen de guardar castidad hasta el matrimonio; quizás dure incluso hasta la muerte». La imagen de Greta se cristalizó de tal modo en su alma que se convirtió en el ideal hacia el que aspiró durante mucho tiempo todavía: «Pero lo que en ello había de malo y de pasajero desapareció; lo elevado y noble sigue viviendo en mi corazón, lo eleva y lo alimenta, tal vez siembra también buena semilla. ¡Altísimo, te ruego que sea así!»
Aunque después de la muerte de Greta se encontró con muchachas que lo atraían, no sintió por ninguna de las que conoció más tarde un amor como el que sentía por Greta: « Siempre me acuerdo de Greta. Cuando veo a alguna chica riendo con un muchacho, me resulta doloroso. Algo como Greta, no lo encontraré. Y aunque se encontrara, el recuerdo de Greta oscurecería de nuevo esa relación, y uno no podría ser tan sincero.»
Las mujeres y lo femenino - das Ewig Weibliche (lo eterno femenino) – lo ocupaban constantemente; sentía intensamente la atracción femenina y el instinto sexual, pero sabía dominarlo. Del mismo modo le ocupaba también la relación hombre-mujer, teórica y prácticamente, y sabía bien que, como él mismo dice, hacía falta mucha «lucha sangrienta para no hundirse en el mundo vulgar». Ya de joven se daba cuenta de cuánto estaba degradada y sometida la mujer al hombre y a sus pasiones, lo cual ponía en peligro su dignidad y conducía a la disolución de la familia: «Uno de los criterios más exactos para juzgar el nivel moral de una época es cómo se respeta a la mujer en el pueblo en cuestión. Sabemos que en siglos pasados se la valoraba, y los escritores soñaban con ideales y bellezas puras – la juventud fantaseaba con una belleza desconocida y hechicera – mientras que hoy el ideal de la sociedad y de la juventud es la mujer desnuda de la pantalla de cine, que no es ni hermana, ni madre, ni persona.»
Por su lucha en defensa de la dignidad femenina, las propias mujeres y muchachas lo llamaron «caballero del honor femenino», y Marica Stanković, en el décimo aniversario de su muerte, dice: «Para él, la mujer es algo grande y sublime. Ella es para él una copia de su amada madre; y más aún, es para él hermana de la Virgen de Lourdes, a quien amará toda su vida con el ardor de los místicos medievales. Precisamente por eso le ofende no solo cualquier alusión contra el honor y la dignidad femenina, sino que le ofende profundamente el comportamiento frívolo de aquel mundo femenino que olvida qué valor lleva en sí…Y esto solo porque veía con claridad lo que significa para la vida de la familia y del pueblo una mujer buena, y cómo la influencia de una mujer mala deja huellas malsanas y destruye familias y pueblos.» Esta importancia de la mujer para la configuración de toda la sociedad y para la estabilidad de la familia, la subraya también, muchas veces, el propio Merz: «La experiencia contemporánea ha demostrado que la mujer ha influido favorablemente en los países donde ha tenido influencia en la legislación, sobre todo en las leyes de sanidad, en las condiciones de trabajo, en la regulación de los salarios, en la protección de la infancia y en la lucha contra el alcoholismo. El joven noble comienza a sentir, en ciertos años de su vida, una cierta soledad. En él despierta el anhelo de una compañera que, con su ser dulce, bueno y alegre, embellezca su vida. Ella lo comprenderá, se interesará por todo aquello por lo que él se interesa, lo apoyará en el trabajo y lo consolará en los momentos difíciles de la vida. Ella se convertirá en la reina de su hogar, en el que él habitará con gusto. El trabajo le resultará más ligero porque sabrá que trabaja para la mujer amada, junto a la cual se recupera después del trabajo duro. Sin una verdadera piedad de la mujer, ni el marido ni sus hijos serán felices. A toda familia le sobrevienen preocupaciones, sufrimientos, desgracias. Solo el alma piadosa sabrá arreglárselas en todas las dificultades y no desfallecerá bajo el peso de la vida.»
Esta experiencia, a través del trágico final de su primer amor, ayudó a Ivan a poder luchar eficazmente por la pureza de su alma y a poder salir victorioso, como se verá más adelante. Por otra parte, se ve claramente en el diario cómo la experiencia del primer amor, con su trágico final, orientó sus pensamientos y su alma hacia Dios, contribuyendo así a su maduración en la fe, en la que ve con toda claridad que el amor entre el hombre y la mujer debe orientarse hacia el matrimonio y la familia, donde puede madurar plenamente.
- Mladen Klanac
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