Toma a este niño y críamelo
Un padre insta a su hijo a seguir solo el camino, a repetir, ya sin él, todo lo que habían hecho juntos.
El hijo querría quedarse a su lado.
Pero el padre insiste: debe seguir llevando dentro de sí esa llama, la vida.
Estos días somos testigos de imágenes de madres y padres de Afganistán que entregan a sus hijos a los soldados y los «pasan» por encima del muro, abandonándolos y, al hacerlo, con un dolor insoportable, los salvan. En la fotografía vemos a un padre que levanta la mano, en la que sostiene a su hijo, entregándolo como una cesta de alimento, como un regalo, como un testigo, a un extraño por completo desconocido – un soldado con el equipo de guerra completo, con un arma amenazante y mortal.
Algo parecido hizo Jocabed, la madre de Moisés, que empujó a su hijo hacia las aguas del Nilo desesperada, intentando así salvarlo. Lo abandona para que sea salvado.
¿Qué puede llevar a unos padres a hacer algo tan dramático, tan doloroso?
También se difundió otra noticia, aparentemente del todo opuesta a esta: a una afgana que había logrado subir a uno de los aviones de evacuación le sobrevinieron, durante el vuelo, los dolores del parto. Sin embargo, la altitud del avión, que volaba hacia Berlín a la altura normal para ese vuelo, creó problemas adicionales a una situación de parto ya de por sí muy complicada. El piloto del avión, advertido de la situación, arriesgándose, descendió a una altitud menor, y esa decisión permitió un final feliz de la historia. El niño nació finalmente. Lamentablemente, el estado de la madre sigue siendo muy complicado y existen temores por su vida.
Dos historias que aparentemente van en direcciones opuestas, pero que en realidad conducen al mismo fin: la salvación de los propios hijos. En la primera tenemos un gesto ascendente: el progenitor levanta al niño para confiarlo al soldado y así entregarlo a la vida, al futuro, a aquello que desde este lado del muro se le niega. En la segunda, el protagonista es el soldado, y su gesto es descendente: en este caso, al oír el clamor de dolor y de necesidad, se puso a descender, con todos los riesgos que ese descenso conlleva, y permitió que la vida venciera.
Jocabed abandona a Moisés para salvarlo. Creo que solo un padre o una madre puede comprender del todo el dolor de un momento así. Y, sin embargo, en la tragedia de esa separación hay una declaración de amor: «estoy dispuesta a dejarte para que puedas sobrevivir y vivir». Seguramente la madre se quedó mirando fijamente las aguas del Nilo que llevaban la cesta con su hijo dentro. Al mismo tiempo, temerosa por su vida y llena de esperanza de que sería salvado por alguien, en ese momento, desconocido para ella. Jocabed, יוֹכֶבֶד (Yokheved), significa «gloria de Dios». La «gloria de Dios» es el momento del paso de Dios, el acto mismo de la salvación en el que participa la madre.
El niño es arrojado al agua, símbolo de muerte y de vida. Pero el niño que podría morir en las aguas del Nilo, en cambio, es salvado de las aguas. En las aguas encuentra la vida. Moisés entra en el agua dentro de una cesta, que en hebreo se designa con la misma palabra, tebah, que en el relato del diluvio traducimos como «arca». El autor hebreo utilizó deliberadamente el término técnico del arca de Noé. Por eso se habla del arca de Moisés. Es el templo, la Iglesia, el pueblo, la comunidad, la familia, la persona, como lugar de salvación. Aquello que podía llevar a la muerte, por intervención de Dios da vida, salva.
La cestilla, recubierta de betún y de brea como el arca de Noé, se coloca entre los juncos, que en hebreo se llaman suf. En el texto hebreo el mar Rojo se llama Yam suf, es decir, «mar de juncos», mar de muerte. Los hebreos atravesarán el mar de los juncos, a través del mar de la muerte, hasta las orillas de la vida. Moisés es arrojado en medio de los juncos, en medio de la muerte. Arrojado a la muerte, sacado a la vida. Incluso el nombre de Moisés lleva la marca de un nacimiento singular. Moisés, del verbo hebreo MSH, significaría «sacar». Aquel que fue sacado de las aguas de la muerte, saca a su pueblo hacia la libertad. Pero, antes de poder sacar y liberar, él mismo tiene que haber sido sacado y liberado. El salvado salva. La hija del faraón se lleva al niño consigo, pero la madre lo amamanta. Esta doble relación continúa. Él es hebreo, pero crece como egipcio. Tiene dos madres, ya que tuvo dos nacimientos. Está marcado radicalmente por esta duplicidad (Doglio). Por esa misma duplicidad está marcado todo aquel que tiene que dejar su propia familia, su casa, su patria.
Tarde o temprano en la vida, en toda buena relación, es necesario alcanzar la madurez de tal separación – dejar que la vida sea posible sin nosotros. Pero, en lo que se refiere a Moisés y en lo que se refiere a los niños afganos, este gesto no es la celebración de una separación fruto de una maduración gradual, sino una separación traumática, consecuencia de la violencia y del maltrato.
Moisés ve en un momento dado al pueblo oprimido del que proviene. El verbo oprimir (en hebreo: 'anah) habría que traducirlo literalmente como «humillado». Es una expresión que los teólogos bíblicos consideran muy significativa y noble: 'anaw, en plural 'anawim. Los anawim, en efecto, se consideran una categoría auténtica dentro del pueblo: son los pobres de Dios y representan a los verdaderos creyentes en la historia bíblica. Estos pobres (oprimidos) aparecen a menudo representados como aquellos de quienes Dios se cuida de manera especial.
Aunque las familias están oprimidas y apenas pueden sobrevivir, la vida vence de todos modos. Basta con que un niño sobreviva para que la fuerza de la vida que nace a pesar de las condiciones desfavorables lo haga todo posible. Parece que el destino se ha invertido. La vida se abre paso en las condiciones más desfavorables. El niño es salvado porque la hija del faraón ve que el niño es hermoso. La belleza de Moisés es señal de que el propio Dios inicia el proceso de una nueva obra creadora. En la oscuridad extendida por la tierra por la opresión abrumadora del faraón se abre un espacio de luz. En el niño que ha nacido se destaca todo el poder del creador, que hasta entonces había ido formando su criatura nueva y única: el pueblo de Israel. Por eso el recién nacido Moisés es «hermoso». Qué hermosas son todas aquellas criaturas en las que los hombres son capaces de vislumbrar el resplandor luminoso de la obra divina.
Algo parecido dice Cormac McCarthy en la novela La carretera. En una atmósfera apocalíptica, un padre y un hijo intentan salvar sus vidas emprendiendo un camino del que apenas saben nada. Pero, al final, el padre ya no puede más; sintiendo cercano su fin, insta a su hijo a no rendirse, a continuar, a seguir incluso sin él: le dice que debe proseguir solo hacia el sur, repetir todo lo que hacían juntos y, sobre todo, no dejar nunca de llevar dentro de sí esa llama interior que, según le dice el padre, es la vida misma.
Una vez más la historia nos pone ante los ojos una tragedia enorme. La tragedia de un pueblo, de numerosas familias, de padres y madres obligados a «entregar» a sus propios hijos para salvarlos. Nuestra responsabilidad es no apagar la esperanza, proteger la vida. Ayudar, en la medida de lo posible, a que vuelvan a estar juntos – padres e hijos, hermanos y hermanas. Y no olvidar que precisamente uno de ellos puede ser el libertador, el salvador que él mismo ha sido salvado.
- Mladen Klanac
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