No sabíamos lo ricos que éramos
El cardenal Farrell: una propuesta concreta de cómo ser «Iglesia doméstica»
Ayer me llamó mi amigo Géza, de Budapest. Hablamos sobre todo de cómo estamos viviendo este tiempo en casa con los nuestros. En un momento dado, Géza me dijo que se sienten afortunados porque, en el aislamiento en el que nos hemos visto de pronto, tienen su propia casa, pueden salir al jardín, dar un paseo, etc.
Luego añadió: «No sabíamos lo ricos que éramos hasta ahora. Somos cinco en casa. Hemos convertido la casa en hogar, iglesia, oficina, taller, patio de juegos… La casa ha adquirido de golpe unas dimensiones que hasta ahora no conocíamos. Nos sentimos verdaderamente enriquecidos, sobre todo en lo que se refiere a las relaciones entre nosotros.»
Géza expresó lo mismo que había escrito, en la carta publicada hace tres días en el Osservatore Romano, el cardenal Farrell, prefecto del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida Consagrada. El cardenal subraya qué tesoro escondido tenemos y qué tesoro escondido somos nosotros como familia. Reproducimos fragmentos de la carta.
«En la Iglesia tenemos un tesoro escondido: la familia. El Señor siempre ha acompañado cada crisis de su pueblo con mensajes extraordinarios, y parece que hace lo mismo ante esta pandemia que nos obliga a todos a retirarnos por la fuerza a nuestros hogares. Las celebraciones se han detenido, muchas iglesias están cerradas y es arriesgado acudir a ellas. Nos sentimos solos, aislados, y precisamente en ese aislamiento el Espíritu nos sugiere redescubrir el sacramento del matrimonio, gracias al cual nuestros hogares, por la presencia constante de Cristo en la relación consagrada de los esposos, son una pequeña Iglesia doméstica.
De hecho, los esposos en el hogar garantizan la presencia de Jesús las veinticuatro horas del día. Verdad que el papa Francisco subraya en Amoris Laetitia n.º 67: «Cristo Señor sale al encuentro de los esposos cristianos en el sacramento del matrimonio y permanece con ellos». Jesús no se va, sino que permanece con los esposos y está presente en su hogar no solo cuando se reúnen y oran, sino en todo momento. Con la fuerza de esta realidad, podemos hacer fecundo este tiempo especial como un tiempo en el que cada familia cristiana puede redescubrir lo que es: una auténtica manifestación del misterio, que es la Iglesia como cuerpo de Cristo.
Es tiempo de ejercicio. Tiempo en el que estamos llamados, viviendo apretados en nuestros hogares, a realizar constantemente obras de amor. Cuántas veces al día el Señor nos da la ocasión de mirar con ternura a nuestros hijos, con amor paciente a nuestro cónyuge…, educarlos para que aprovechen bien este tiempo prolongado en casa que, según parece, no va a terminar nunca; educarlos para el diálogo, la escucha del otro, el respeto.
Es tiempo de crecimiento para cada uno de nosotros, en el que debemos aprender a marcar el ritmo del día, a dar espacio al otro dentro de las estrechas paredes de nuestros hogares, para que el marido y la mujer sepan mirarse a los ojos y conversar entre sí, planificar juntos el día, conscientes de que dentro de las paredes de la casa existe una presencia maravillosa que brota de su relación: Jesús. Porque este no es solo un tiempo de ejercicio humano, sino también espiritual.
Es tiempo de evangelización, en los hogares y a través de los hogares, como en el tiempo de las primeras comunidades cristianas, durante el cual el Señor nos llama a reunirnos como familias, a orar juntos alrededor de una vela encendida, para recordarnos que hay Alguien que nos mantiene unidos y que nos ama en esta confusión. Tiempo que nos permitirá después volver a celebrar en las Iglesias, más conscientes y más fuertes en cuanto a la presencia de Jesús en nuestra vida cotidiana. Reunámonos con más solemnidad los domingos en familia, celebrando con mayor solemnidad la Liturgia doméstica, para que la propia vida conyugal y familiar se convierta en cierto sentido en liturgia (Amoris Laetitia, 215).
Cada familia puede hacerlo, y de diferentes maneras: rezando los salmos, pidiendo perdón, leyendo la Sagrada Escritura y expresando lo que la Palabra les inspira, orando por las necesidades de la familia y de todos los que amamos, por los que sufren, poniéndose bajo la protección de María…
¡Cada familia puede hacerlo!
Usemos también los medios modernos de comunicación para conectarnos con otras familias.
Los esposos son profetas, un anuncio encarnado en la vida cotidiana concreta.
Aprovechemos este tiempo extraño, acogiendo al Espíritu en nuestras casas, descubriendo la riqueza y el don de nuestras Iglesias domésticas junto a Jesús, que habita en nosotros.»
Es tiempo de volver a pensar en lo esencial: el matrimonio, la familia, los hijos, el hogar, la amistad, la vida...
- Mladen Klanac
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