No es bueno que el hombre esté solo
Y dijo Yahvé Dios: «No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada a él». (Gn 2,18)
Esta frase de Dios nos introduce en el mundo bíblico de las parejas. ¿Por qué dice Dios que la soledad no es buena? Porque en la soledad no podemos amar ni ser amados. Desde el principio mismo, desde la creación del mundo, contemplamos el maravilloso designio de Dios. Dios quiere que el hombre exista en este mundo como varón y mujer. Le es inmensamente querida esta diferencia misteriosa entre el hombre y la mujer.
Nuestro recorrido por la Sagrada Escritura nos muestra cómo Dios quiere actuar en la historia de la salvación a través de la comunión de hombres y mujeres, a través de parejas. En los textos siguientes intentaremos seguir a las parejas bíblicas en su historia concreta. Dice la tradición hebrea que el hombre y la mujer representan el cielo y la tierra. Están siempre orientados el uno hacia el otro, dependen el uno del otro, se contemplan mutuamente. Es la imagen de Dios y de su pueblo. En la Nueva Alianza, la unión del hombre y la mujer se convierte en sacramento e imagen del vínculo entre Cristo y la Iglesia.
Dios quiere al hombre y a la mujer desde el principio, desde la misma creación. Pero avanza lentamente… En su Teología del cuerpo, san Juan Pablo II dice que el hombre, creado «a imagen de Dios», es presentado también como compañero del Absoluto. El papa Wojtyła escribe que el hombre es compañero de Dios. Sin embargo, este compañero de Dios experimenta la soledad originaria; aunque se encuentra en el paraíso y goza de una dicha inimaginable, y Dios está «al alcance de su mano», el hombre está, sin embargo, «solo». Dice la Escritura que «no se encontró para él una ayuda adecuada» (Gn 2,20). El hombre quiere compartir el amor que ha recibido en el acto de la creación con alguien como él. Adán descubrió su soledad al poner nombre a los animales y darse cuenta de que era esencialmente distinto de ellos. (Cf. Gn 2, 20) Dios «comprende» a Adán. Adán querría compartir el amor con alguien semejante a él. Las palabras sobre la soledad al inicio de nuestro texto son la introducción a la creación de la mujer.
Dentro de la creación del hombre sucede algo maravilloso: una buena noticia para todas las generaciones humanas. A continuación leemos: «Entonces Yahvé Dios hizo caer sobre el hombre un sueño profundo, y este se durmió; le sacó una costilla y cerró la carne en su lugar. Y de la costilla que Yahvé Dios había tomado del hombre, formó una mujer» (Gn 2,21-22). Una interpretación del versículo 21 dice que Dios cubre el hueso con carne y de este modo «forma» a la mujer, cuyo origen es la «carne y los huesos» del primer hombre (varón). Ella le es cercana, dice el papa Juan Pablo, tiene la misma dignidad, se pertenecen mutuamente de un modo extraordinario.
En la antropología bíblica, los «huesos» expresan un componente muy importante del cuerpo; puesto que entre los hebreos no había una distinción precisa entre «cuerpo» y «alma» (el cuerpo se entendía como manifestación externa de la persona), los «huesos» designaban la «esencia» humana (cf. por ejemplo Sal 139,15: «no se te ocultaban mis huesos»). Así pues, «hueso de mis huesos» puede entenderse en sentido relacional, como «ser de ser»; «carne de mi carne» indica que, pese a los rasgos corporales distintos, la mujer representa la misma persona que el hombre. Eva, la mujer, está predestinada a convertirse en verdadera compañera del hombre; fue tomada del cuerpo de Adán, porque solo cuando alguien está unido a otro que le es próximo por naturaleza, la unión es indisoluble.
Los rabinos, maestros de la fe judía, se preguntan por qué Dios creó a Eva de una costilla y no de la cabeza? Para evitar que la mujer dominara sobre el hombre. ¿Por qué no fue creada de un pie? Para evitar que el hombre dominara sobre ella. Dios eligió la costilla, es decir, la esencia del hombre, para que tuvieran la misma dignidad. Mientras Dios, con sus ángeles, está por encima del hombre, y los animales son inferiores, es la mujer quien está junto al hombre, ambos están llamados a caminar juntos en el amor. En esta «historia de amor», la Sagrada Escritura muestra la inmensa dignidad de la existencia del hombre como varón y como mujer, llamados a amarse como ama Dios (cf. Jn 13,34)
Es interesante también el sueño, o como escribe el papa Juan Pablo II, el «letargo» que Dios hace caer sobre el primer hombre. Este sueño subraya la exclusividad de la acción de Dios en la obra de la creación de la mujer; el hombre no participó en absoluto de manera consciente en ella. El letargo es una especie de asombro, quedamos «pasmados», «paralizados» ante la presencia del otro, porque no lo hemos creado nosotros. El papa Francisco dice que el otro es «tierra sagrada» ante la cual debo «quitarme las sandalias», como Moisés cuando Yahvé se le manifestó en la zarza ardiente. (Cf. Gn 3,5) Con su «costilla», Dios solo pretende subrayar la naturaleza común del hombre y de la mujer. El papa Wojtyła escribe que la expresión «letargo» (hebreo tardemah) o «sueño» aparece en la Sagrada Escritura cuando durante el sueño o inmediatamente después de él deben suceder acontecimientos extraordinarios. Junto a la creación del hombre, el acontecimiento extraordinario es la creación de la mujer. Estos acontecimientos de la creación han moldeado la historia de la humanidad, tal como Dios la concibió desde el principio en su genialidad.
Amor y comunión
Cuando Adán despierta del sueño surge el primer canto de amor en la historia de la humanidad: «Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne». (Gn 2,23). Los rabinos judíos dicen que Eva era bellísima. Adán está maravillado por la belleza de Eva. Por fin puede amar. No hay rivalidad, competencia, exigencia, dominación. Adán y Eva están en Dios. La armonía de la comunión es perfecta, no en sentido moral, sino que la naturaleza humana está en ellos tan impregnada de espíritu que se ama al otro y en el otro se encuentra el propio «yo».
San Pedro Lombardo se pregunta en sus Sentencias por qué la mujer fue creada de la costilla de Adán, y no de su cabeza o de sus pies. Y explica: «Con ello no fue formada ni su señora ni su sierva, sino su compañera» (Sentencias 3, 18, 3). El misterio de la diferencia de existir como hombre y como mujer es muy profundo. Esencial. La supervivencia de nuestra civilización depende de la relación entre el hombre y la mujer. Solo de su unidad y armonía surge la vida nueva.
La caída
La vida es una aventura seria, y por eso esta hermosa armonía de Adán y Eva no dura mucho. Tuvieron poco tiempo de luna de miel, como muchas parejas casadas que, poco después de la boda, deben volver a la cotidianidad de la vida. La serpiente, el viejo y soberbio Enemigo, como la llama la liturgia de la Semana Santa, ataca esta comunión; ataca sobre todo a la mujer, porque en ella está «la fuente de la vida» (cf. Sal 36,9) ella es portadora de vida, madre e imagen de la ternura. El diablo, como opuesto a todo lo que es la mujer, se manifestó solo cuando reparó en Eva. La mujer es un peligro para el diablo.
Dicen los padres de la Iglesia que Eva pecó por el oído, porque escuchó las lisonjas del Maligno. Adán pecó por una falsa empatía. No dijo la verdad a su compañera. Amó ingenuamente y cayó. Entonces sobreviene el caos; en la relación entra la acusación, el miedo, y la naturaleza humana se vuelve vulnerable, mortal.
El conocido filósofo y escritor católico francés Fabrice Hadjadj, para mostrar la discordancia que reina en el hombre después de la caída, pone el ejemplo de cómo el hombre herido idolatra su coche último modelo con todo su equipamiento nuevo, y desprecia la maravilla de su propio cuerpo, que es una obra maestra prodigiosa. Sin embargo, con la caída en el pecado original no cesó la aventura del amor. Dios no se rinde. Nunca. Ni siquiera al precio de la muerte de su Hijo. Dios los llama a la fecundidad (cf. Gn 1,28), y más tarde Adán da a su compañera el nombre de Eva, que significa madre de todos los vivientes. (cf. Gn 3,20)
En el mundo del hombre y de la mujer entró la discordia, pero permaneció la atracción. A pesar de los desacuerdos y dificultades en muchos matrimonios, la historia de Adán y Eva muestra cómo Dios sigue siempre actuando y ayudando. Incluso cuando surgen acusaciones mutuas, cuando aparecen el ocultamiento, la huida, la frialdad en la relación, los sentimientos de inferioridad y las diversas palabras que se usan para humillar al otro o a la otra. Tened mucho cuidado si hacéis llorar a una mujer, dice la sabiduría judía, porque Dios cuenta sus lágrimas.
La mujer salió del costado del hombre; no fue formada de los pies para ser pisoteada, ni de la cabeza para ser superior, sino del costado para ser igual, un poco más abajo para ser protegida; fue formada cerca del corazón para ser Amada.
Dios sale en busca del marido y de la mujer. Está enamorado de la familia. Las primeras frases de la Biblia no hablan tanto del enamoramiento, que es pasajero. Hablan de la familia, de la fecundidad. Después de la fase del enamoramiento llega el amor que es fecundo, y luego llega también la misericordia después de años y años de vida matrimonial compartida.
Nueva creación
La familia es prueba de que, incluso después de la caída, Dios continúa su obra. En efecto, Dios envía a su Hijo Jesucristo precisamente a una familia: la de José y María, para continuar la aventura iniciada con Adán y Eva. Jesucristo murió y resucitó por cada familia, por cada Adán y cada Eva de nuestra generación. ¡Es más! Jesucristo es el nuevo Adán, que ha renovado al hombre de un modo aún más admirable respecto al estado anterior a la caída en el pecado original. Eva es la Iglesia.
Cada uno de nosotros pertenece al cuerpo que se llama Iglesia. Cuerpo místico. Cuerpo maravilloso. Esta es la verdadera teología del cuerpo. Imaginad, todo comenzó con esta primera pareja. Adán y Eva. Nuestras raíces son buenas y el futuro es aún más hermoso. En el nuevo Adán. En la belleza de Eva esposa, en quien los Padres de la Iglesia ven también a María, Madre de la Iglesia y Madre nuestra, se esconde la firmeza de nuestra esperanza. La mujer del tercer milenio, como la llamó san Juan Pablo II, muestra su amor por cada familia. Reina de la familia. ¡Ruega por nosotros!
- Mladen Klanac
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