Te conviertes en lo que amas
La naturaleza humana, con sus necesidades y deseos, tiene tres puntos débiles, que corresponden a tres inclinaciones que podemos llamar grietas o heridas abiertas. Existen en el hombre desde el origen.
La primera grieta debilita el deseo sano y natural del hombre de vivir, de existir, de crear, de engendrar. Se llama codicia. Es la inclinación pervertida a acumular para sí, a poseer para sí, a engendrar para sí.
La segunda grieta se refiere a la necesidad sana y natural del hombre de ser reconocido y amado. La inclinación pervertida que vive en nosotros consiste en lo siguiente: en vez de superar la necesidad de reconocimiento y de amor, en vez de transformarla en una relación verdadera y personal con otra persona, la usamos solo para nuestro propio provecho.
La tercera grieta, por la que somos frágiles, vulnerables y sensibles a la tentación, se refiere a la necesidad humana sana de crear, de organizar, de dominar el tiempo y las cosas. La inclinación pervertida consiste en querer dominarlo todo en beneficio propio por medio del poder, la riqueza o el conocimiento.
El amor es el bien más deseable, el que mejor nos ayuda a florecer como personas. El motor natural de la vida humana es el amor del hombre por sí mismo, que va creciendo hasta convertirse en amor hacia los demás y hacia Dios. El amor a sí mismo puede pervertirse si se exagera, si se dirige exclusivamente a uno mismo, si se considera el único bien, si rechaza el amor a Dios y a los demás.
La lucha espiritual nos pedirá que renunciemos a nuestro «yo» idolatrado y busquemos al Dios verdadero. Todo el Evangelio nos llama, siguiendo a Jesús, a crucificar esa relación pervertida y exagerada con nosotros mismos, para encontrar la sabiduría del amor verdadero. El hombre debe perderse para encontrarse, debe superarse a sí mismo para poder amar, debe renunciar a sí mismo para ir hacia los demás.
La pascua del deseo cura de la codicia
La primera grieta debilita el deseo sano y natural del hombre de vivir, de existir, de crear, de engendrar. Se llama codicia. Es la inclinación pervertida a acumular para sí, a poseer para sí, a engendrar para sí. El deseo del Bien y de lo Bello se transforma en deseo de comodidad, de disfrutar de toda clase de bienestar posible. Se trata del materialismo práctico del hombre al que no le apetece orar. Su vientre está pegado a la tierra, dice el Salmo 44. Ese hombre evita todo esfuerzo, y no quiere salir de sí mismo ni ir hacia los demás. El símbolo de esa codicia es el cerdo, que hoza sin cesar en busca de comida. A esta inclinación se le injertan el miedo al error, el miedo a la pérdida y la tacañería. La búsqueda del propio placer alimenta los celos, la envidia, el rencor y todo un cortejo de mentiras y violencia. Los Padres de la Iglesia hablan de una triple codicia: de dinero, de sexo y de mundo. La inclinación pervertida empuja al hombre a reducirlo todo a sí mismo. La codicia es como una fiera que acecha a la puerta, dice el libro del Génesis 4. Por eso incluso nuestras realizaciones más generosas y desinteresadas están a menudo mezcladas con motivaciones ocultas que provienen de esa codicia. La lucha espiritual nos enseñará a vigilar esos primeros pensamientos que brotan de la codicia. No tenemos que negar las necesidades naturales, ni siquiera la necesidad de placer que nos motiva. A través de la lucha espiritual reorientaremos nuestros deseos, presentándolos a Dios. Esa es la pascua del deseo que describe san Agustín. Es el camino de la cupiditas a la caritas, de la codicia al amor. San Agustín no piensa que haya que menospreciar o condenar el placer, sino que hay que vincularlo a su origen, convertirlo, orientarlo. Además, la pascua del deseo no ocurre en un momento determinado, sino que es un movimiento constante que dinamiza toda la vida humana. De este modo pasamos de Babilonia a Jerusalén, del hombre viejo al hombre nuevo, de Adán a Cristo, de la no-existencia a la existencia verdadera, que es el deseo de Dios para nosotros.
Reorientar el deseo cura de la vanidad
La segunda grieta se refiere a la necesidad sana y natural del hombre de ser reconocido y amado. La naturaleza humana del hombre y de la mujer se construye gracias al reconocimiento y al amor de los demás. Necesitamos todo lo que nos une a nuestra familia, a nuestros padres, a nuestra cultura, a nuestra educación. De esa naturaleza humana, formada gracias a las influencias de un entorno determinado, extraemos la firmeza de nuestra personalidad, nuestro «yo» profundo, capaz de una relación personal con otro ser humano. Para poder descubrir y desarrollar ese «yo» personal, la Biblia nos da un mandato: dejar al padre y a la madre y unirse en una relación personal con el cónyuge. Dios le dijo a Abraham: Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre, hacia la tierra que yo te mostraré (Gn 12,1). Desde ese momento, Abrahán entra en una relación de obediencia a Dios, en una relación muy personal de confianza y de fe. La inclinación pervertida que vive en nosotros consiste en lo siguiente: en vez de superar la necesidad de reconocimiento y de amor, en vez de transformarla en una relación verdadera y personal con otra persona, la usamos solo para nuestro propio provecho. Queremos que el entorno nos admire, que nos honre, nos alabe y nos valore. Queremos ser conocidos y destacar solo por nuestro propio interés. Esa es la vanidad del hombre que busca siempre un nuevo pedestal, para que lo admire siempre un nuevo público. La imagen del cerdo aquí es sustituida por la del pavo real, que despliega sus plumas; el gran vientre aquí es sustituido por el torso hinchado. La vanidad se convierte así en un poderoso motor de todas nuestras iniciativas. Nuestras obras, incluso las más nobles y valientes, están más o menos manchadas de vanidad, que empuja al hombre a darse importancia, a atraer la atención y el amor. El Evangelio dice que muchos fariseos comenzaron a creer en Jesús, pero su fe estaba mezclada con el deseo de ser alabados por los hombres. Esa vanidad los paralizaba. La lucha espiritual consistirá en reorientar el deseo de reconocimiento. La actitud correcta la encontramos en Jesús, que pide al Padre que lo glorifique. Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique (Jn 17,1). Existe un amor, una gloria y una santidad a los que debemos aspirar, pero ese amor, esa gloria y esa santidad no nos las pueden dar los hombres. Solo Dios puede glorificarnos. Los santos supieron convertir su vanidad precisamente gracias al deseo de ser glorificados por la santidad de Dios.
Servir a Dios cura del orgullo
La tercera grieta, por la que somos frágiles, vulnerables y sensibles a la tentación, se refiere a la necesidad humana sana de crear, de organizar, de dominar el tiempo y las cosas. La inclinación pervertida consiste en querer dominarlo todo en beneficio propio por medio del poder, la riqueza o el conocimiento. Ese hombre quiere tener mucha influencia y un público numeroso. Quiere tener la iniciativa sobre los acontecimientos, sobre las cosas, sobre las personas, sobre sí mismo; quiere controlarlo todo en su propio beneficio. Ese hombre siempre tiene razón, siempre tiene la última palabra, nunca reconoce sus errores o equivocaciones, nunca pide disculpas. Su símbolo es el águila, que quiere dominar. El «yo» humano se convierte en ídolo. Ese hombre se imagina que es el mejor y cree que debe estar informado de todo. Esta última inclinación pervertida se llama orgullo. Los Padres de la Iglesia dicen que el orgullo es el origen de todas las demás perversiones. Se manifiesta en el deseo de que el hombre sea completamente independiente de toda autoridad, divina o humana. La lucha espiritual puede reorientar esta inclinación si, en lugar de ponerla al servicio del propio imperio, se pone al servicio del Reino de Dios. Muchos santos y fundadores lograron convertir su espíritu dominante poniéndolo al servicio de Dios.
Tres puertas entreabiertas
El deseo, que se apoya en necesidades naturales (seguridad, ser amado y reconocido, ocupar el lugar que nos corresponde), lamentablemente se corrompe y se orienta hacia la realización del propio «yo», y se pervierte: en lugar de buscar el Bien absoluto que se halla en Dios, se vuelve hacia sí mismo. El hombre se convierte entonces en un consumidor desmedido, ambicioso de honores y dominante. Esta desviación es original, como se ve en los primeros capítulos del libro del Génesis. Incluso Jesús fue tentado a realizarse independientemente de Dios, y precisamente en esos mismos puntos débiles comunes a todos los hombres: asegurarse contra la falta de alimento, hacer por vanidad un gran prodigio ante la multitud reunida en el Templo para ser reconocido, y, finalmente, dominar el mundo. Pero Jesús cerró la puerta a esas inclinaciones pervertidas porque estaba constantemente unido a su Padre, y porque era obediente a su palabra. En nosotros, esas puertas están siempre más o menos entreabiertas, de modo que, si no estamos siempre alerta, por ellas se cuela el Tentador con todas sus sugerencias. Si queremos ser realmente sinceros con nosotros mismos, tendremos que reconocer que en toda nuestra vida, incluso en nuestras obras más nobles y en nuestros deseos más profundos, se ha mezclado esa cizaña —esa inclinación a la autorrealización—, y ello de tres formas. Son la sed de placer y de dinero, el ansia de honores, la lucha por el poder. Según las palabras de san Agustín, la lucha espiritual no consiste en anular el deseo, que es el motor de la vida, sino en reorientarlo. La perversión del deseo se produce porque el hombre se aparta deliberadamente de Dios, porque no siente necesidad de Él, porque quiere bastarse a sí mismo, y lucha contra la finitud y la muerte tratando de poseer las cosas y el universo entero. Puesto que tanto el deseo como la capacidad de recibir a Dios son, en sentido positivo, inmensurables, no hay límites ni a la codicia ni a la búsqueda de placeres pasajeros y parciales, de riqueza, de honores, de poder, de placer corporal, que nunca son suficientes y que siempre son inseguros. La codicia insaciable se convierte en esclavitud, puesto que los objetos que creemos poseer en realidad nos poseen a nosotros. Según san Agustín, esa cadena de dependencias es, en realidad, la condición existencial de este mundo. Del orgullo y de la codicia surge la ignorancia, es decir, el no reconocerse a sí mismo ni al Creador, y por tanto la incapacidad de percibir la belleza y el orden que existen en todo lo creado. Por eso Agustín clama en sus Confesiones: «¿Dónde estaba yo cuando te buscaba? Tú estabas delante de mí, pero yo me había alejado de mí mismo, y no me encontraba ni siquiera a mí, mucho menos a ti».
Te conviertes en lo que amas
Mediante la lucha espiritual, asumiendo el riesgo de perderse a sí mismo, el hombre se abre a Dios y se hace dócil a él, y así recupera la libertad perdida. Reconociendo a Dios como su Creador, el hombre vuelve a encontrar el sentido de su existencia. Puede amarse verdaderamente a sí mismo con ese mismo amor con el que ama a Dios. Dicho de manera aún más radical, el hombre alcanza la plenitud de su humanidad cuando permite que Dios lo divinice. Esto es lo que nos dice san Agustín: «Te conviertes en lo que amas. ¿Amas la tierra? Te convertirás en tierra. ¿Amas a Dios? ¿Qué voy a decir? ¿Te convertirás en Dios? No me atrevo a decirlo yo, pero escuchemos lo que nos dice la Escritura: ¡Vosotros sois dioses, y todos sois hijos del Altísimo! (Sal 82,6; Jn 10,34)». Esto es la pascua. El hombre debe morir a los deseos soberbios, codiciosos y vanidosos para abrirse a la dinámica vivificante del amor, al deseo humilde y desinteresado que es don del Espíritu Santo. Ese morir y volver a nacer es obra del amor, porque san Agustín dice: «Los que tienen amor han nacido de Dios». Esta victoria se la debemos a Cristo. Él, que es nuestra vida, descendió entre nosotros. Tomó sobre sí nuestra muerte, destruyó la muerte con la sobreabundancia de su vida. Y así, participando en la muerte y resurrección de Cristo, el hombre puede morir a los deseos de la carne y abrirse al deseo del Espíritu. Esta pascua es el paso del amor a sí mismo y a las cosas, que llega hasta el desprecio de Dios, al amor a Dios, que llega hasta el desprecio de sí mismo. Es el paso de la ilusión a la vida verdadera, del intento de poseer a Dios a la posibilidad de que Él nos posea a nosotros.
Tomado y adaptado de Glasnik Mira - Međugorje
Tradujo Lidija Paris
- Mladen Klanac
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