Oh, admirable llave de David
«Las antífonas O» o Grandes Antífonas es el nombre que reciben las siete antífonas que se cantan o recitan junto al cántico evangélico del Magníficat, en la oración de Vísperas, durante el Adviento, concretamente en la octava previa a la Navidad, del 17 al 23 de diciembre, en el tiempo de preparación inmediata para la Navidad. Expresan la dinámica de admiración ante el misterio de la encarnación de quien las canta.
La antífona del 20 de diciembre, «Oh, admirable llave de David», presenta las obras de Cristo, el poder de abrir y cerrar, de liberar a los cautivos de las tinieblas. La antífona invoca la venida del Mesías como la llave que abre, como el siervo del Señor en su poder absoluto —abrir o cerrar— y en su papel de Libertador de los prisioneros de las tinieblas.
No se conoce con exactitud el origen de las «antífonas O». Boecio (480-524) las menciona, lo que sugiere que ya existían en su época. En el siglo VIII se usaban litúrgicamente en Roma. Es evidente, por tanto, que las «antífonas O» forman parte de la tradición litúrgica desde tiempos remotos. En época del papa san Gregorio Magno, a finales del siglo VI, se mencionan en el Liber responsalis sive antiphonarius, como antífonas para el cántico evangélico del Magníficat de los siete últimos días de Adviento inmediatamente antes de la Navidad.
El significado de las «antífonas O» es doble: cada una de ellas resalta un título mesiánico: O Sapientia (Oh Sabiduría), O Adonai (Oh Adonai), O Radix Jesse (Oh Raíz de Jesé), O Clavis David (Oh Llave de David), O Oriens (Oh Oriente), O Rex gentium (Oh Rey de las naciones), O Emmanuel (Oh Emanuel — Dios con nosotros). Además, cada una de ellas remite a la profecía de Isaías sobre la venida del Mesías.
Forman, en orden inverso, dos palabras latinas: »ERO CRAS«: »Seré mañana«, o »Vendré mañana«. El Dios que viene al pesebre, que se encarna, es esa Sabiduría, el Señor, la raíz de Jesé, la llave de David, el Oriente, el Rey de las naciones, el Emanuel. A las súplicas y oraciones mesiánicas, Cristo casi responde: »Vendré mañana.« A medida que crece la oración de la Iglesia y se aguarda la venida de Cristo, crece también la certeza de su respuesta, la promesa del final del libro del Apocalipsis: »Sí, vengo pronto.« (Cf. Ap 22, 20.). Son textos que dan testimonio de las palabras de san Pablo, que cita al profeta Joel: "Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará".
La venida final del Mesías, es decir, de Cristo, se espera en el ocaso del mundo, y el Magníficat señala que el Salvador vendrá por medio de la Santísima Virgen María.
Oh Sabiduría, que sales de la boca del Altísimo desde la eternidad,
y de un extremo a otro te extiendes por todo el mundo,
diciendo con fuerza y ternura a la vez: ven entre nosotros, enséñanos,
¡para que nos muestres el camino recto!
Oh Adonai, Señor, que guías la casa de Israel, que
te mostraste a Moisés revestido en la zarza ardiente,
y diste la ley del Sinaí: apresúrate a librarnos
¡con tu diestra divina!
Oh Oriente, oh resplandor santo en la luz eterna, tú, sol
de la justicia verdadera: brilla sobre la miseria humana, que vaga
en las tinieblas. ¡Ilumina a todos los que se pierden en
la sombra cruel de la muerte!
Oh Rey de todas las naciones, a quien anhela su ardiente llama,
piedra angular poderosa, que unes en uno la morada celeste
y el templo terreno: ven ya y al hombre, tu criatura de barro,
sálvalo tú mismo de la negra desdicha.
Oh gloriosa raíz de Jesé, que eres estandarte de todos los pueblos,
ante quien enmudecerá hasta la voz de labios reales,
a quien invocarán todas las naciones: no tardes, ven y líbranos
de nuestras muchísimas tribulaciones.
Oh admirable llave de David y soberano de tu pueblo,
que abres y nadie cierra, que cierras y nadie puede impedírtelo,
ven bondadoso,
y saca a los cautivos de la oscura prisión.
Oh Emanuel, dulce Salvador, Legislador y Rey nuestro,
esperanza de todas las naciones, que misericordioso las libras:
oh ven desde el cielo, Señor y Dios nuestro, para darnos
la salvación eterna para siempre.
Nos encontramos en un tiempo y una situación únicos de la historia humana que, al menos en parte, ha experimentado casi todo habitante de la Tierra. Ni siquiera el recuerdo de quienes sobrevivieron a las dos últimas guerras mundiales guarda memoria de una «pérdida de las relaciones» y una «pérdida del entorno seguro» de estas proporciones, ni de semejante restricción de la libertad de movimiento. Bajo las bombas y las granadas, en los refugios subterráneos contra los bombardeos aéreos, la gente corría junta, reuniéndose a menudo en grandes grupos en un mismo lugar. Se contaban historias, se tocaba música y se cantaba. La reunión y la comunidad, desde que existen el mundo y el ser humano, son sin duda el medio más poderoso en la lucha contra el miedo y la angustia.
El «parón vital» actual provocado por la pandemia de la COVID-19 priva al ser humano, más que las guerras, de lo más importante: el contacto humano. En la situación que se nos ha impuesto, es como si todo lo evidente y habitual se hubiera detenido, reduciendo nuestra vida humana a unas pocas cosas esenciales: la alimentación, la atención médica y el trabajo (si alguien tiene la suerte de tenerlo). Por eso este es un tiempo bastante radical, que reduce la vida humana a su «estructura desnuda», de forma parecida a la de una prisión. Lo que más afecta a algunas personas es el hecho de encontrarse en total soledad, sin una sola mirada ni contacto, sin poder saludar ni tener un contacto cercano con sus seres más queridos y cercanos. En la gran mayoría, esto mismo se ha reducido al menos en buena medida. Quienes tuvieron síntomas más graves, y con quienes tuvimos ocasión de hablar, dicen que ahora comprenden lo que significa la palabra infierno.
Algo similar describió Michel Foucault en el capítulo dedicado al Panóptico, la prisión ideal proyectada en 1791 por Jeremy Bentham. Esto es lo que ocurre ahora mismo en cualquier localidad, pueblo o ciudad, en un país rico o pobre, en cualquier parte del mundo: «Un día determinado, se ordena a todos que se encierren, cada uno en su propia casa. Se castiga con severidad cualquier salida, incluso bajo pena de muerte. El alcalde en persona va a cerrar la puerta de cada casa. Se lleva consigo la llave, que después entrega al vigilante, quien la guarda hasta el final de la cuarentena. Cada familia dispone de reservas de comida y bebida; se han preparado pequeños conductos de madera entre la calle y el interior de las casas, que permitirán que cada uno reciba su ración sin ningún tipo de comunicación. Si es absolutamente necesario salir de casa, podrán hacerlo uno por uno, evitando todo encuentro. Cada uno se ha encerrado en su casa, cada uno en su ventana, respondiendo solo a la llamada de su propio nombre. La orden vale para todos. Su función es establecer el orden y vencer el caos que surge a causa de la enfermedad, que se transmite cuando las personas entran en contacto estrecho. Es un mal que se multiplica por el miedo y la muerte que afectan a todos, especialmente a los contagiados.»
La base de la antífona «Oh admirable llave de David» son dos citas: de Is 22, 22 («Pondré sobre su hombro la llave de la casa de David: cuando él abra, nadie cerrará; cuando cierre, nadie abrirá»), dirigida contra Sobná, el mayordomo de palacio, y el nombramiento de Eliaquín (cf. Ap 3, 7: la llave de David — Cristo); y el primer canto del Siervo sufriente, de Is 42, 7 («para sacar de la cárcel al preso, y de la prisión a los que habitan en tinieblas»).
Los textos bíblicos del Antiguo Testamento de los que se toma la antífona pertenecen al periodo del destierro de Babilonia y al deseo del pueblo de liberarse de aquella prisión mortal. Dios escucha el clamor de su pueblo y lo cumple a través de la figura de Ciro, y el retorno a la Tierra se hace posible gracias al edicto que este promulgó. En esta experiencia de liberación no podemos dejar de reconocer la figura de aquello que el mismo Jesús cumplirá para cada persona: ¡la liberación definitiva de la prisión más oscura, la del pecado y la muerte!
El profeta Isaías habla de Eliaquín, señor del palacio real de David en Jerusalén, que llega a ese puesto en lugar de Sobná, quien había abusado de su autoridad por soberbia y vanagloria.
En Isaías encontramos este acontecimiento descrito con la imagen de una llave. Como dice Chesterton, «una llave es, ante todo, una cosa que tiene una forma. Es algo que depende por completo de conservar su forma. Y hasta un pequeño cambio puede tener como consecuencia que no pueda abrir la cerradura.
En segundo lugar, la forma misma de la llave es una forma bastante fantástica. Sin embargo, la llave no es una cuestión de abstracción ni de interpretación. O encaja en la cerradura o no encaja. O puede abrir o no puede.
En tercer lugar, puesto que la llave es necesariamente una cosa hecha según un diseño, en ella hay sin duda muchos elementos que parecen complejos. Solo hay una cosa simple. Abrió la puerta… porque encaja en la cerradura. Después de eso se abre un espacio nuevo en nosotros y ante nosotros. Y el camino queda abierto ante nosotros…»
La llave es un signo de poder. Las llaves se entregaban al administrador de la casa. El rey le confiaba por completo el cuidado de sus posesiones, de todo el tesoro que se hallaba en el palacio. El protocolo de entrega de las llaves exigía que se le colocasen sobre los hombros, como expresión del peso de la responsabilidad que asumía. La profecía de Isaías probablemente se refiere a este gesto: «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Sobre sus hombros está el principado» (Is 9, 5). El poder se expresa en la imagen de abrir o cerrar, una acción que solo puede realizar quien posee tal poder. Esa es la fuerza que tiene Cristo como nuevo David, como Mesías elegido y ungido, para salvar a su pueblo de la esclavitud del pecado y de la muerte, lo cual se realiza mediante el sacrificio de Cristo en la cruz.
Por eso, el inminente nacimiento del Mesías es el momento en que la humanidad descubre la llave perdida de su destino. En el libro del Apocalipsis, el Mesías ya ha conquistado la victoria: «Esto dice el Santo, el Veraz, el que tiene la llave de David: el que abre y nadie cierra, el que cierra y nadie abre» (Ap 3, 7). El Señor Jesús posee la llave de la Jerusalén celestial, la ciudad de David, es decir, tiene sobre ella la autoridad suprema. Y, en la imagen de la ciudad de David, tiene poder sobre cada pueblo, cada ciudad, cada casa, sobre cada persona.
La autoridad a la que se refiere la antífona con las expresiones «llave» y «cetro» es Cristo como vencedor de la muerte, como nos recuerda Ap 1, 17-18: «Yo soy el Primero y el Último, el que vive. Estuve muerto, mas ahora vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del abismo». Este poder le fue dado en virtud de la victoria definitiva sobre la muerte, que alcanzó con su muerte y resurrección.
La expresión «tinieblas y sombra de muerte» evoca los tiempos de la celda de una prisión, de las mazmorras adonde no llega ninguna luz del día. Estas visiones de oscuridad se emplean a menudo como metáforas de la depresión, la tristeza y la desesperación que embargan a la humanidad: «para liberar a los cautivos de la cárcel y sacar de la prisión a los que habitan en tinieblas» (Isaías 42, 6-7).
Cuando Dietrich Bonhöffer, poco antes de la Navidad de 1944, puso en palabras esta añoranza, se encontraba en la prisión de la Gestapo en Berlín. Cuando la llave giraba en la cerradura y sólo aparecía el guardia nazi, ¿cómo podía sentirse Bonhöffer? La puerta volvía a cerrarse de golpe y la llave giraba de nuevo en la cerradura. Una vez más quedaba solo en la oscuridad de la celda. Es sabido que la historia tiene un final trágico para Bonhöffer, quien, a pesar de ello, dice: «Que ardan hoy, cálidas y luminosas, las velas que has traído a nuestra oscuridad. Reúnenos de nuevo, si es posible, para que estemos juntos. Sabemos que tu luz brilla en la noche.»
Dom Prosper Guéranger describe bien la invocación a Cristo como llave de David en este tiempo litúrgico: «Hoy todavía el seno materno te ofrece al menos un refugio dulce y tranquilo en el que no recibes sino el testimonio del amor más tierno y respetuoso. Pero, oh Señor, debes salir de ese refugio bendito. Tú, oh Luz Eterna, debes brillar en medio de las tinieblas, porque el prisionero que has venido a liberar languidece en su prisión. Yace en la sombra de la muerte y perecerá si no vienes enseguida a abrir la puerta con tu Llave omnipotente. El prisionero, oh Jesús, es el género humano, esclavo de sus errores y de sus vicios. ¡Ven y rompe el yugo que lo oprime y lo humilla! El prisionero es nuestro corazón, que con demasiada frecuencia es esclavo de pecados de los que no se aparta. Ven, divino Libertador, salva a todos los que has venido a liberar con tu gracia, y levanta en nosotros la dignidad de tus hermanos.»
Malcolm Guite, en su poema Waiting on the Word: A Poem a Day for Advent, Christmas and Epiphany, señala que la humanidad necesita desesperadamente el regreso de la Palabra, de Cristo, evocando la imagen de una raíz olvidada de la que brota toda vida. Es Cristo quien llega en la noche de Navidad:
El soneto de Guite continúa varios versos más, evocando el recuerdo de una llave perdida hace tiempo.
Por tratarse de una obra en verso todavía protegida por derechos de autor, no la reproducimos aquí.
Baste decir que el poeta describe el gesto preciso con que aquella llave abría antiguamente una puerta cerrada,
y cómo, al abrirse, dejaba entrar la luz del día en la oscuridad.
El soneto termina con una súplica: que esa llave largamente perdida vuelva pronto a abrir camino.
Guite explica después, en prosa, el origen autobiográfico de estos versos:
«O Clavis» (Oh Llave) es en realidad una descripción vívida de la experiencia personal de Guite con la depresión. Recuerda que, de niño, acompañó a su madre a hacer una llave. Era una llave grande, anticuada, y cuando el cerrajero empezó a cortar el metal, recuerda la inquietud que sintió al escuchar los fuertes sonidos del corte. Su soneto «O Clavis» describe esa imagen de una llave, cortada y forjada a medida, para la pasión de Cristo. Mientras escribía su soneto, pensaba en cuánto tuvo que sufrir Cristo, ser «cortado» para convertirse en la llave que abriría a la humanidad las puertas de la libertad: «De repente llegué a ver su Pasión, los golpes de martillo que recibió, la búsqueda y el hallazgo de las heridas, algo así como la hendidura que hace de Cristo una llave que por fin encaja, abre, y sana nuestra herida.»
Existen situaciones sin salida. Sin solución. Forma parte de la experiencia humana el no poder ayudarse a sí mismo, el necesitar que otro venga a abrir la mazmorra y lo libere. No un carcelero cualquiera, sino aquel que tiene poder sobre la vida real, sobre la totalidad de la existencia.
¡Ven, llave de David! ¡Ven, Señor! El tiempo de espera pronto llegará a su fin. Ven y dinos: «¡Estáis salvados!»
Tú eres la llave que puede sacarnos de los muros carcelarios de la muerte y la oscuridad, de la angustia y la desesperanza. Tú eres la llave que puede abrir la prisión del mundo entero y mostrar la blanca aurora de la salvación. Tu venida a la oscuridad de nuestra vida es la llave de nuestra salvación.
- Mladen Klanac
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