Las obras nobles se hacen en silencio
Recordé cómo me sentía yo cuando no tenía a nadie mío.
Nunca me jacté de ayudar a la gente.
Estoy convencido de que la bondad es como el trigo en el campo, que se multiplica al sembrarse.
Nací en la isla de Žirje, en la época anterior a la Primera Guerra Mundial. En 1916 yo tenía cuatro años. Como consecuencia del duro invierno y de la guerra, el hambre se apoderó de Žirje. Existía el peligro de que los niños empezáramos a morir de enfermedades causadas por el agotamiento.
El párroco de entonces, con la ayuda de la Iglesia católica, organizó un alojamiento provisional para nosotros, los niños de Dalmacia, en Eslavonia, donde en aquel momento había abundancia de alimentos. Convenció a la gente de la isla de que ese era el modo de salvar la vida de sus hijos. Y así resultó ser. No recuerdo en qué lugar estuve, pero sí recuerdo el triste regreso a la isla, porque la familia eslavona me había acogido como a un hijo propio. Aquel viaje, en mi primera infancia, fue el anuncio de que mi vida sería un gran viaje.
El barco
Terminé la escuela en Vr' briga y decidí hacerme a la mar. Me embarqué como marinero en un barco que transportaba madera por los puertos del Adriático. Cuando se me presentó la oportunidad en Dubrovnik, pasé a un barco transoceánico y llegué a los Estados Unidos. Desembarqué ilegalmente en Nueva York en la Nochebuena de 1940 y me quedé a vivir allí. Hacía toda clase de trabajos sin papeles para mantenerme, y así fue hasta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Ni yo mismo sé cómo se enteraron de mí los servicios de inmigración estadounidenses, si alguien me denunció o si pusieron en marcha su propio aparato de inteligencia. Un día vinieron y me dijeron:
– Tienes 3 posibilidades: la primera es que vayas a la cárcel, la segunda es que te devolvamos a tu país, y la tercera es que vayas a la guerra. Te prometemos que, a tu regreso de la guerra, te daremos la ciudadanía estadounidense, que te permitirá trabajar y vivir en los Estados Unidos.
Tenía miedo de cruzar el océano, porque los submarinos alemanes torpedeaban los barcos aliados que cruzaban el Atlántico. Aunque esos barcos llevaban escolta, era difícil detener los torpedos alemanes.
La guerra
Decidí alistarme. Pasé la instrucción y después me enviaron al Pacífico, donde librábamos duros combates contra los japoneses. Conquistábamos, con enorme dificultad, pequeñas islas del Pacífico donde los japoneses estaban bien atrincherados y fortificados. En Nueva Guinea librábamos combates de infantería, y yo buscaba un refugio seguro contra las balas y las granadas. Vi un hueco en una roca donde pensaba esconderme. Sin embargo, al entrar, vi que alguien había hecho sus necesidades en el suelo de aquel hueco, y decidí no entrar; me pareció indigno de mí. Me refugié detrás de un árbol. Era prácticamente imposible resultar herido en aquel hueco, porque la única forma de ser alcanzado era que una granada de mortero cayera directa y verticalmente por una abertura de un metro de ancho. Y eso fue justo lo que ocurrió. Un impacto directo justo donde yo no estaba. Lo entendí como una señal de Dios de que sobreviviría a la guerra.
La bomba
Al cabo de un tiempo oímos que habían lanzado sobre Hiroshima una bomba que nunca antes había existido y que tenía un gran poder destructivo. Pero los japoneses no querían firmar la capitulación, así que el ejército al que yo pertenecía tuvo que lanzar otra bomba igual. Me alegré de que se lanzara la bomba, porque eso significaba el fin de la guerra. Más tarde supe que aquella bomba atómica lanzada sobre Hiroshima trajo un gran mal a mucha gente, mientras que a mí, por un azar de las circunstancias, me trajo el bien, lo cual es una prueba más de que en este mundo todo es relativo. Volví a Nueva York, y el gobierno estadounidense cumplió su promesa: obtuve la ciudadanía estadounidense. Durante la guerra conocí a italianos que habían tenido un destino parecido al mío. Ya había aprendido algunas palabras de italiano en Žirje, porque allí se había instalado un italiano de apellido Conti, junto al cual aprendí a pescar con nasas. Mis amigos italianos me ayudaron, a través del sindicato, a conseguir trabajo en el puerto, donde acarreaba sacos de azúcar, arroz y sal. Como era fuerte y trabajador, hacía varios trabajos a la vez: entre semana pintaba pisos, y los fines de semana servía mesas en restaurantes.
La decisión
Con el dinero ahorrado logré comprar una casa en Astoria. Decidí ayudar a mis paisanos de Žirje que querían venir a América. Les ofrecía alojamiento durante el primer tiempo, mientras se establecían en Nueva York. Usaba mis contactos, tanto croatas como italianos, para encontrarles un trabajo adecuado. Recordé cómo me sentía yo cuando no tenía a nadie mío. Mi difunta abuela solía decir que es bueno tener a alguien propio incluso en las montañas negras, donde no hay más que roca desnuda y enebros, refiriéndose a los lugares más inaccesibles. Nunca me jacté de ayudar a la gente, porque considero que las obras nobles se hacen en silencio. Mate, de Privlaka, trabajaba en la fábrica de pianos Steinway & Sons y contrataba a dálmatas porque eran buenos trabajadores. En el hotel Waldorf Astoria trabajaba Ante, de Zlarin, que contrataba camareros y cocineros, y el italiano Giuseppe andaba siempre buscando conductores y vendedores de pescado. Los fines de semana se reunían en mi casa, en el jardín, cocinábamos callos, manestra y alubias, asábamos pescado a la parrilla, lo cual me alegraba muchísimo. Nunca faltaba buen vino, y entre historias de nuestra tierra natal pasábamos agradables tardes.
El agradecimiento
Fui padrino de muchos paisanos de Žirje en América, en bodas, bautizos, confirmaciones y primeras comuniones. Me alegraba cuando alguno de mis queridos amigos o parientes prosperaba en la vida, encontraba un trabajo mejor, conocía a una chica y formaba una familia. No sabía que me habían preparado una sorpresa extraordinaria. Por mi cumpleaños me invitaron a un restaurante, donde cada uno de ellos llevó a su propia familia. Éramos más de cien personas. También cantó una klapa dálmata. Fue el acontecimiento más feliz, la prueba de que el bien se paga con el bien. Estoy convencido de que la bondad es como el trigo en el campo, que se multiplica al sembrarse.
Mientras escribo esto, cuando ya ha comenzado el siglo XXI, siento que mi final está cerca. Ha llegado el momento de ir a la tumba. Mandé hacer una lápida en la que está escrito, en croata: Caminante, detente, yo fui como tú, y tú serás como yo. El artista también me talló en relieve la imagen de un apretón de manos. Si algún transeúnte en el cementerio de Nueva York no entiende el mensaje en croata, que al menos concluya por la imagen qué fue lo que guio toda mi vida.
- Mladen Klanac
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