El amor duele y santifica
«En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto.» – Jn 12, 24
Todas las parejas y cónyuges que en estos días difíciles están separados por diversas circunstancias seguramente se preguntan cómo lograrán superar este tiempo difícil. Muchos de ellos son, en efecto, trabajadores sanitarios, muchos están en autoaislamiento o se encuentran en ciudades diferentes. Hemos dedicado este texto a ellos como una ayuda y una esperanza para un mañana mejor.
Para el mensaje que queremos transmitir nos servirá la historia de John R. R. Tolkien en su trilogía El Señor de los Anillos.
La historia habla del mortal Aragorn y de la inmortal doncella élfica Arwen, hija de Elrond. Después de que su padre muriera en una batalla contra los orcos, Aragorn fue enviado junto a su madre a vivir en Rivendel. Cuando tenía 20 años, paseaba por el bosque y cantaba la Canción de amor de Lúthien (la hermosísima doncella). Cantando así por el bosque vio a Arwen y pensó que veía a Lúthien – le pareció que soñaba. Desde ese momento amó solo a ella. La belleza de Arwen era conocida en todas partes, y también el amor y la protección de su padre Elrond. La madre de Aragorn le advirtió que su amor por ella era equivocado, y en esto estaba de acuerdo también Elrond, el padre de Arwen. No era deseable la unión matrimonial entre elfos y mortales, porque los elfos viven eternamente y los mortales solo una vida humana. Por todo esto, Aragorn se marcha a vagar. Cuando en su camino pasó por Lothlórien, vuelve a encontrarse con Arwen. Ella entonces finalmente y para siempre lo elige a él. Se prometieron, pero Elrond seguía sin aprobar ese matrimonio. Esta vez Aragorn se vio obligado a abandonar Lothlórien. Luchó 30 años contra Sauron y su ejército corrompido, y contra todo lo demás que se cruzó en su camino. Tras la derrota de Sauron, Aragorn es coronado rey. Después de eso se casó con Arwen y vivieron felizmente casados durante muchos años.
Entre sus muchos y hermosos diálogos y escenas de la película, destacaríamos especialmente una parte de su historia en La Comunidad del Anillo, cuando la Comunidad está en Rivendel y Aragorn conversa con Arwen, que se encontraba allí con su padre.
A Aragorn lo atormenta su pasado. Se compara con las debilidades de sus antepasados y piensa que a él le espera el mismo destino. Piensa que será débil justo cuando más falta hará que sea fuerte. Arwen se le acerca por detrás y, sin ninguna conversación con Aragorn, incluso sin ver su rostro, sabe qué le atormenta. Aquí ya podemos hacernos una idea de la profundidad de su vínculo. Arwen lo anima y le recuerda que es posible resistir al mal y vencerlo. Le dice que el hecho de que sus antepasados cayeran no significa que él también vaya a caer.
Aquí vemos la importancia del apoyo en las relaciones de pareja. Cada día nos encontramos con obstáculos, problemas o dificultades. Sencillamente, de eso está hecha la vida. El apoyo de las personas amadas es fundamental. Sin él, tropezamos con más facilidad y más rápido. Y cuando estamos caídos, no hay quien nos ayude a levantarnos. No hay nadie que nos tienda una mano y nos sostenga la espalda. La mano y la espalda pueden ser, y a menudo son, palabras. Palabras de consuelo, de aliento y de esperanza. Podemos imaginar que, cuando el novio y la novia llegan a casarse, llegan como dos hilos que representan sus vidas. Esos hilos, a través del noviazgo y el compromiso, ya han empezado poco a poco a entrelazarse. Con el matrimonio, finalmente atados hasta el final, se vuelven más fuertes y más poderosos en las luchas. Pero, por encima de todo, lo más importante es estar unidos cada día al Señor y a Su palabra.
En efecto, Arwen y Aragorn llevaban en lo más profundo de sí el deseo de la victoria del bien sobre el mal, y precisamente esa esperanza los guiaba, sin la cual estas palabras proféticas y profundas ciertamente no habrían podido ser pronunciadas, ni tampoco cumplidas. El proceder de Aragorn cambió después de ese suceso, precisamente por las palabras de Arwen. Él sabe que en un momento dado tendrá que dar la vida por su pueblo para vencer al mal. La palabra tiene la fuerza de cambiar los corazones y de tocar profundamente nuestro corazón.
Arwen le recuerda a Aragorn el momento de su primer encuentro, que fue hace muchos años. Entonces no llevaban tanto peso de preocupaciones vitales como llevan ahora. Pero, a medida que el peso crecía, también crecía su anhelo y su amor el uno por el otro. Vemos aquí también la importancia de recordar los hermosos y luminosos momentos anteriores de su relación. Sabemos cómo el Señor siempre nos recuerda, en los momentos difíciles, las señales que ha hecho en nuestra historia. Esto nos da esperanza, precisamente la esperanza que Arwen le ofrecía a Aragorn.
Ambos pasaron por muchas adversidades y momentos extremadamente difíciles que a menudo parecían irresolubles, pero lucharon de verdad como leones. Lucharon contra enemigos visibles como Sauron. Contra muchos que no aprobaban su matrimonio. Libraron también la batalla de reconciliar sus deseos personales, sus deberes y el bien común.
Pero me parece que la batalla más difícil fue la que libraron contra el enemigo invisible, que también a nosotros nos tienta cada día. ¿Tiene sentido todo esto? ¿Tanta lucha para qué? ¿Por qué nos da el Señor todo esto? ¿Nos ama Él, aunque nos dé sufrimientos? Pero es precisamente ahí donde se muestra cómo es nuestro amor por el Señor y por el otro. El amor verdadero se pone a prueba mejor que nada con los sufrimientos. Sin ello, «Te amo» no significa nada. Sin ello, es evidente que «Te amo» proviene del deseo, del enamoramiento o de sentimientos superficiales.
Un «Te amo» auténtico se convierte en grito de guerra, porque el amor verdadero es como una batalla. Batalla primero con nosotros mismos. Luchamos con el dolor de las heridas y cicatrices de nuestra historia, y también con el diablo, que nos dice que esas heridas no tienen sentido. Con él, que señala con el dedo a quienes más nos aman y nos dice lo contrario. Que no nos ama ni siquiera el Señor, y mucho menos otra persona. El Señor nos llama a ser como el grano que cae, muere y entrega su vida. Porque allí, en la muerte, lo encontraremos. Morir, por supuesto, no implica necesariamente la muerte física. Porque se puede morir de muchas maneras simbólicas. Morimos cada vez que el otro va contra nosotros, cuando no es como quisiéramos que fuera. También morimos cuando nos superamos a nosotros mismos, a nuestros deseos y exigencias. Morimos simbólicamente cuando perdonamos sinceramente y olvidamos. Encontramos el sufrimiento también en la humildad. La caída del grano en buena tierra puede significar precisamente eso: entregarse humildemente al otro.
Esto lo comprendió también el propio Tolkien. En la historia de amor de Aragorn y Arwen vemos la huella de la historia de John Tolkien y su esposa Edith. John conoció a su esposa a los 16 años y esperó 5 años para poder casarse con ella. Toda su vida le escribió poemas de amor y siempre habló de ella con fervor. Tejió su amor por ella en la mitología de la Tierra Media. Primero en la historia de amor entre Beren y Lúthien, y más tarde, como ya hemos mencionado, en la mucho más conocida historia de Aragorn y Arwen. Ni siquiera en la muerte abandonó a su Edith. Está enterrado junto a ella, en la misma tumba en la que están grabados los nombres de Beren y Lúthien. Y como el propio Tolkien quiso decirnos:
«El mundo está en verdad lleno de peligros, y en él hay muchas estancias oscuras, pero aun así existe tanto que es hermoso, y aunque el amor en todas las tierras está ahora mezclado con la tristeza, parece que al final prevalecerá.» J.R.R.Tolkien
- Mladen Klanac
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