Busca su rostro
Mi corazón me dice: «¡Busca su rostro!» Sí, tu rostro, Yahvé, busco. (Sal 27,8)
Vivimos en un tiempo de rostro perdido. El hombre no puede vivir sin la presencia del rostro del otro. No puede ver su propio rostro; no es posible tener una relación exclusivamente con el propio rostro. Tenemos necesidad de un rostro que sea distinto del nuestro. El espejo no ayuda. En esta pérdida del rostro, porque hemos perdido el rostro de Dios, hemos perdido también el tiempo que necesitamos, el que se nos da para encontrar el rostro. Por eso estamos siempre con prisa. Para contemplar el rostro del otro hace falta tiempo. Es algo sumamente importante.
Para volver a encontrar el rostro debemos escuchar lo que nos dice el salmista: mi corazón me dice. Dios nos habla con fuerza a través de nuestro corazón. El corazón nos muestra el camino hacia el rostro. Nos resulta interesante en esta búsqueda del rostro el filósofo Emmanuel Levinas. Él, en su obra Totalité et Infini (Totalidad e infinito), sostiene que en la base de Occidente yace la violencia del hombre contra el otro hombre. Él no acepta esta violencia sobre el Otro. Puesto que he perdido la relación con el rostro, mi corazón me advierte: Busca el rostro. Levinas dice: ¡el Otro no procede de mí, no es mi enemigo! Viene de fuera y él establece la relación. Para Levinas, la revelación del rostro es la llegada del Otro que se manifiesta como rostro. Este rostro no es una abstracción, es una presencia viva, ese rostro es la vida del Otro. Levinas escribe sobre el otro y su rostro, su necesidad y su vulnerabilidad, y mi responsabilidad por ese otro.
La relación entre rostros es visible de un modo especial en una familia. La familia nace del enamoramiento de los corazones de un hombre y una mujer. Por eso mi corazón dice: busca el rostro. En la belleza del rostro de una mujer, en los rasgos del rostro de un hombre, se revela el rostro de Él. El corazón nos enseña que el rostro del otro solo podemos descubrirlo a través del rostro de Yahvé. Sí, tu rostro, Yahvé, busco. En el Antiguo Testamento la palabra panim – rostro aparece unas cuatrocientas veces, escribe el cardenal Ratzinger en uno de sus libros. ¿Cómo es esto posible dentro de una cultura que prohíbe la representación de imágenes o estatuas? El Dios de Israel tiene rostro porque es persona. Una persona que ama. Aquel que busca una relación de amor con cada hombre. Que perdona, que ha revelado definitivamente su rostro en el rostro de su Hijo amado, Jesucristo.
En estos meses de cuarentena y de cierto encierro, se nos ha dado la posibilidad, mientras permanecemos en nuestros hogares, de descubrir ante todo el rostro de Dios. Aunque estamos rodeados de tecnología moderna, desde la televisión hasta internet, es tiempo de empezar a buscar, como dice el salmo. Comencemos a buscar el rostro de Dios, y al mismo tiempo el rostro del otro. El rostro de la familia. Esto no es fruto de nuestra buena voluntad ni de una obligación. Es un don. Es el anhelo del corazón. Descubrir la relación con Dios, que es una persona que ama mi rostro. De ahí se nos ofrece un gran don: el marido redescubre el rostro de su esposa. Quizá ya no sea tan juvenil como al comienzo del matrimonio. La esposa tiene la posibilidad de mirar profundamente el rostro de su marido. No estaba en casa. No podía contemplarlo. Es hermoso cuando el hijo ve el rostro de su padre, que infunde seguridad, cuando ve el rostro de la madre, lleno de ternura y comprensión.
Este tiempo que se nos regala es un tiempo para la revelación del rostro. Si mi corazón está en relación con el Creador, si extrae de él la fuerza del amor, entonces me llama: busca el rostro. Pero el rostro del otro no puedo comprenderlo del todo, sigue siendo un misterio, dice el filósofo Levinas. Precisamente en ese misterio descubro el rostro misericordioso y benevolente de Dios; el rostro del otro es, en realidad, el rostro del Otro. ¡El Otro es Cristo! Entonces todos los rostros quedan unidos en el rostro de Dios y se me hacen conocidos. Nos conocemos. Marido, esposa, hijo, hija, abuela, abuelo. Al encontrarse con su hermano Esaú, Jacob expresa su alegría con estas palabras: el que me hayas recibido con tanto cariño es como si viera el rostro de Dios. El rostro de Dios es fuente e imagen de la relación en la familia. ¡El rostro es relación y vida! El rostro tiene también relación con la eternidad. Yo, en cambio, por mi justicia contemplaré tu rostro, y al despertar me saciaré de tu semblante. (Sal 17,15)
Es un don estar saciado de rostro: del rostro del marido, de la esposa. De la comunión.
- Mladen Klanac
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