Corre para vencerte a ti mismo
«La vida es un maratón. No importa cuándo cruces la meta, sino la manera en que corres.»
El viejo dicho latino Vita hominis militia superterram est, que significa La vida del hombre sobre la tierra es una lucha, refleja de la manera más gráfica la vida del protagonista de esta historia. Su forma de vivir podría resumirse, en pocas palabras, como una lucha tenaz, una carrera incesante y un anhelo de realización personal. Así fue la vida del atleta Jesse Owens, un afroamericano que ganó cuatro medallas de oro y fue la estrella de los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936.
Nació en una familia pobre y humilde. Creció en condiciones y circunstancias muy difíciles. Soñando con grandes ideales, comprendió ya en su primera infancia que para triunfar hacen falta tanto el sacrificio como el sudor. Este muchacho de sonrisa siempre ancha llegaba a los entrenamientos deportivos solo después de haber corrido, nada más salir de clase, a hacer su turno en la zapatería, donde ganaba algunas monedas. Por ser de piel oscura, se topó con el racismo y con grandes contrariedades. Esta fue una de sus luchas cotidianas. Lo soportó todo con paciencia, con sabiduría y con una sonrisa en el rostro.
En una ocasión declaró: «Siempre me ha gustado correr. Cuando corro, dependo solo de mí mismo; soy libre de elegir cualquier dirección, de disfrutar del paisaje apoyado en la fuerza de mis piernas y mis pulmones. Puedo correr rápido, o despacio, luchar contra el viento.»
Jesse Owens puede ser hoy el ejemplo más luminoso para cualquier persona de lo que es la fuerza de la combatividad y lo que significa la voluntad de saltar obstáculos para alcanzar cualquier meta. Owens competía profesionalmente en las disciplinas de velocidad y en el salto de longitud. En cierta ocasión, un periodista le preguntó por qué había elegido precisamente estas disciplinas. Owens le respondió que, después de la escuela, siempre tenía que correr para alcanzar el autobús al trabajo, porque no se le perdonaría ni un segundo de retraso. Y así siempre tenía que correr tras el autobús. Corría un día, y al siguiente, y otra vez al otro. Y con el tiempo se dio cuenta de que le faltaba muy poco para llegar a la zapatería más rápido que el autobús. Lo mismo ocurrió con el salto de longitud: desde muy pequeño tuvo que aprender a saltar numerosos obstáculos y grandes dificultades.
Su compatriota Carl Lewis, uno de los mayores atletas de todos los tiempos, también ganador de cuatro medallas de oro en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1986, reconoce que fue precisamente Jesse Owens quien muy pronto se convirtió en su modelo e inspiración: «A los trece años vi una foto de Jesse Owens en la pista de Berlín, y me entusiasmó. Al observarlo comprendí que para alcanzar metas grandes y ambiciosas hace falta una gran combatividad y disposición al sacrificio.»
Jesse siguió entrenando con dureza. El sabio consejo de su entrenador se le grabó profundamente en el corazón. Su entrenador, Charles Riley, le dijo que la victoria más importante es la que se logra sobre uno mismo. También le decía que un atleta nunca debe comportarse como un actor observando a los demás, mirando a sus rivales, sino que debe ser decidido, mirar recto hacia delante y concentrarse solo en sí mismo y en la carrera. Y así Jesse venció primero a sí mismo y a su propio cuerpo, después las contrariedades de su entorno, y solo al final a sus rivales. Jesse Owens no se topó con el acoso racista únicamente en Alemania y en Berlín. Estaba más que acostumbrado a un clima de menosprecio en los Estados Unidos, y especialmente en Nueva York. Por eso no comparaba la vida con una rápida carrera de cien metros, sino con un largo maratón: «La vida es un maratón, una larga carrera con subidas y bajadas, por colinas y valles. A veces incluso con paradas en el camino, pero no importa a qué velocidad cruzaste la línea de meta, sino la manera en que corriste todo el tiempo.»
¡Por fin llegó el momento de los Juegos Olímpicos! En la final, el joven de sonrisa contagiosa y color de piel «equivocado» venció a dos atletas alemanes considerados favoritos y la perfecta encarnación de la invencibilidad aria. Antes del salto de longitud, impresionado por su carácter y su talento, su rival Lutz Long le aconsejó que tomara la carrera de impulso un poco más atrás para no pisar la línea y que le anularan el salto. Este consejo de su principal competidor, tan inesperado y valioso, lo ayudó a ganar la medalla de oro.
Al regresar a Nueva York, el triunfador se encontró también con insultos y desprecio. En una recepción solemne en el Hotel Waldorf tuvo que entrar por una puerta lateral, porque no se le permitió el acceso por la principal, y para la celebración en el piso de arriba tuvo que usar el montacargas y no el ascensor que usaban los demás invitados. Al ganador de cuatro medallas de oro olímpicas no se lo invitó a una recepción en la Casa Blanca; del presidente Franklin Roosevelt solo recibió una felicitación por escrito. El muchacho que antes corría tras el autobús, ahora leyenda olímpica, seguía teniendo que viajar en la parte trasera del autobús. Pero Jesse Owens nunca se quejó, ese no era su estilo. Su estilo de vida era la lucha, no el lamento. Por fin, en 1976, por sus carreras de oro, su firmeza y su entrega, recibió la Medalla Presidencial de la Libertad, el más alto reconocimiento civil de los Estados Unidos.
Cuando le preguntaron cuál consideraba su mayor y más importante logro, Jesse respondió: «Mi mayor logro en la vida es haberme casado con Ruth. Nos conocimos en el instituto. Le pedí a su hermana que le entregara una nota en la que le preguntaba si podía acompañarla a casa. Ruth aceptó, y así la acompañaba con regularidad, llevándole los libros. Más tarde, cuando nos casamos, ella se convirtió en la persona de mi mayor confianza y en mi inspiración. Mi esposa Ruth es mi mayor logro en la vida.»
Todos, de vez en cuando, podemos sentirnos poco preparados para nuestra propia lucha cotidiana. Podemos sentirnos también incapaces de estar a la altura de nuestras metas y desafíos actuales. La historia real de la lucha sin tregua de este héroe, en todas las difíciles circunstancias de la historia que le tocó vivir, puede ser para cada uno de nosotros un estímulo y un ejemplo luminoso de todo lo hermoso e «inalcanzable» que, sin embargo, también nosotros somos capaces de hacer y de lograr. Con combatividad y a fuerza de lucha. Hasta el último aliento. Porque los ideales merecen que se luche por ellos. Al final, también en el sentido paulino de la corona incorruptible de gloria.
- Mladen Klanac
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