Preparas ante mí una mesa
«Invitar a alguien a comer significa asumir la responsabilidad
de la felicidad de esa persona durante el tiempo que
permanece bajo tu techo (a tu mesa)»
Anthelme Brillat-Savarin
«A la mesa se sientan personas que comparten la misma vida, o a las que la vida une estrechamente en algo. La mesa se convierte en lugar de manifestación y de participación en esa comunión. Invitar a alguien a la mesa no se reduce, por tanto, a «darle de comer». Recibir a alguien en la mesa significa hacerle un lugar en la propia vida, compartir con él la vida, comunicar aquello que da forma a la vida. Negarle a alguien un puesto en la mesa significa privarlo de comunión».
«El comer nos revela tal como somos. Nos revela a nosotros mismos tal como somos y nos remite hacia los demás. El modo en que comemos manifiesta nuestros hábitos, nuestros deseos, la solidez de nuestras relaciones con los demás, la responsabilidad que tenemos hacia ellos, el arte de reconocer los dones recibidos y la humildad que agradece siempre todo lo que recibimos».
Fray Ante Crnčević
La mesa familiar es, con toda precisión, el «barómetro de la vida de la familia». Además de ser el lugar de la comida en común, la mesa es ante todo un lugar de cercanía. No nos sentamos a la mesa con cualquiera. En la mesa nos sentamos junto a alguien, al lado de alguien, enfrente de alguien, con alguien. No es lo más importante qué comemos, sino con quién comemos. Cuando surge una riña, un distanciamiento, una desconfianza o una infidelidad, la mesa común se convierte en una carga que todos quieren evitar. Evitar la comida en común es el primer indicio de una fisura en los lazos familiares. Jesús «desenmascaró» la traición de Judas mientras estaban sentados a la mesa, durante la cena. La familia que no come junta y no se reúne en torno a una mesa común socava sus propios cimientos. Es solo cuestión de tiempo que se produzca el derrumbe.
En la leyenda de los caballeros de la Mesa Redonda se dice: «Estaban sentados alrededor de la Mesa perfectamente iguales, y en la más perfecta igualdad eran también servidos: ninguno de ellos podía jactarse de estar mejor situado que su igual: todos estaban sentados en el lugar de honor, ninguno quedaba de lado». Cuando la mesa es redonda no hacen falta dos que presidan, en una preeminencia claramente visible, mientras los demás quedan, en relación con ellos, más o menos honoríficamente a un lado. La mesa es, en el sentido más propio de la palabra, un lugar de reencuentro y de hospitalidad. Se dice: «Para mantenernos, necesitamos alimentarnos». Pero también es un medio para estar ante alguien, sereno, cara a cara durante la comida, unos junto a otros, con lo cual se prepara y se mantiene la amistad (Fabrice Hadjadj).
Fabrice Hadjadj continúa: «En la mesa no se puede tomar en consideración al otro de manera directa, cara a cara, no solo porque sería descortés o demasiado brusco, sino también porque el encuentro humano exige ponerse a disposición, y por tanto también un cierto entorno propicio, ya una decisión humana, se diría una especie de ritual que procede de las cosas que llevan la marca de la hábil destreza de nuestras manos. Al prójimo se lo aborda, no se lo asalta desde arriba. Ese acercamiento se produce a una cierta distancia. Y la mesa familiar prepara para esa cercanía, ciertamente, por medio de la comida, pero también mediante la circulación de las bandejas, que subraya la distancia, lo cual pone en equilibrio el respeto y la familiaridad, y a la vez aleja la indiferencia y el desenfreno. Sin esas dimensiones firmes de la mesa familiar y de la postura sedente que impone su altura, la distancia necesaria entre nosotros y el otro estaría muy expuesta a la impudicia y al capricho; podríamos estar demasiado cerca, demasiado lejos, en condiciones de abalanzarnos directamente sobre alguien que nos es querido, o de darle la espalda a quien nos agrada, de modo que no es exagerado ver en la mesa una cierta tabla de salvación social.
La expresión «sentarse a la mesa» podría significar «digamos la verdad» o «recuperemos la confianza». La mesa reúne las acciones más bajas y más altas del ser vivo: la nutrición y la inteligencia, el comer y el hablar. Es la mesa lo que preparamos como seres de palabra que no son ángeles, y como animales que no son bestias. Aquí se alternan la boca que habla con la boca llena; la boca que mastica no se abalanza sobre el plato como un perro de caza. San Isidoro de Sevilla, en sus Etimologías, dice: «Entre nosotros, cada comida se llama convivium porque incluye una conversación sobre la vida». Si la comida es el lugar por excelencia para hablar de la vida, no es porque allí se hable de la vida con más autoridad que en otra parte, sino porque allí la conversación expresa también la vida en lo que ella tiene de incipiente, de rudimentario, aquello de lo que participamos junto con la ameba o la begonia, porque también ellas se alimentan.
Podría incluso afirmarse que la mesa familiar es el primer lugar de la buena educación. Estar juntos allí significa, al mismo tiempo, comportarse correctamente. Por eso la comida de los padres con los hijos va siempre acompañada de advertencias innumerables y fastidiosas: «¡Siéntate derecho!»; «¡No agites el cuchillo y el tenedor en las manos!»; y luego, sobre todo con mucha frecuencia: «¿Cómo se dice?», es decir, una pregunta fundamental respecto a la esencia de todo hablar, que se reduce a saber decir «por favor» y «gracias». Además, en la misma línea de la escucha, se puede oír: «¡No interrumpas a tu hermana!» o «¡Espera a que termine de hablar, y luego habla tú!». Estas llamadas a un buen comportamiento se oyen menos si los miembros de la familia están dispersos por la casa. La ocasión para ellas es entonces la mesa familiar. El poeta Georges Haldas reflexiona así sobre ello: «Ese código —lo comprendí solo después; en aquel momento solo me adaptaba por costumbre— no tenía en absoluto el objetivo de oprimirnos, ni tampoco el de confirmar en nuestros padres su superioridad. Ni mucho menos. Sino, simplemente, enseñarnos a no vivir en un desorden en el que nada importa». Porque, en la mesa, se ocupa un lugar, pero también se cede un lugar. Se acepta la propia animalidad dándole humanidad, sabiendo que hacerle lugar al otro no significa negarse a uno mismo, sino que es, por el contrario, la fuerza misma del creador…»
Es conmovedora la historia de Charles Perrault sobre Pulgarcito, sobre el regreso de los siete muchachos al hogar donde sus padres les habían preparado una comida: «Se sentaron a la mesa y comieron con gran satisfacción del padre y de la madre, a quienes contaron el miedo que habían pasado en el bosque, hablando, como de costumbre, todos a la vez. Aquella buena gente se alegraba viendo a sus hijos junto a ellos, y esa alegría duró tanto como aquellos diez escudos». La mesa es lo que orquesta el encuentro, para que esté enmarcado, o mejor dicho impregnado, de bendición y de gracias, con sus cubiertos tradicionalmente reservados para el extraño, el proscrito, el peregrino que pudiera llamar a la puerta. La mesa es lugar de transmisión y de vínculo entre generaciones, y por tanto, todavía algo más profundo, un recordatorio del don de la vida y de la vida como entrega, y no como función…, «en medio del diluvio, dispone de esa arca. En medio del naufragio, le queda esa pequeña balsa». Por eso, como dice Günther Anders, «la televisión, el móvil, la tableta, el ordenador y similares son la negación de la mesa familiar: no garantizan la existencia de un centro común, sino que lo sustituyen por un punto común de fuga».
Fabrice Hadjadj sintetiza su reflexión sobre la mesa y dice que precisamente la mesa del comedor permite una triple hospitalidad, o un triple encuentro:
«Ante todo, está el encuentro de los invitados que se sientan a la mesa, por orden, según una vieja amistad, o se procede como si fuera el primer encuentro (y cuando a una vieja amistad se la trata como si fuera un primer encuentro, se da a entender que la amistad solo perdura si se renueva). Además, se trata de una presencia real, no virtual. Se trata también de que en esa mesa se comunica menos y se comulga más, se ofrece menos información y se entrelazan más las voces. Jean-Pierre Corbeau, hablando de las sociedades modernas, señaló el hecho de que en la sociedad industrial avanzada se produjo una rápida transformación de aquellas prácticas de comensalidad que durante mucho tiempo se consideraron ejemplo de prácticas especialmente estables y resistentes al cambio. El sentimiento de pertenencia al grupo, en particular al grupo familiar, "se afirma a través de determinados rituales de comida que ya no implican necesariamente reunirse en torno a la mesa". (Corbeau 1985, 111).
Está también, en la mesa, el encuentro o el recogimiento de cada invitado en sí mismo, en el que cada uno unifica sus acciones vitales de nutrición, de percepción, intelectuales y sociales, cortando de raíz la charlatanería, en el doble sentido de esa expresión, conteniendo en sí sus arrebatos líricos, todo ello en la conciencia que tiene el ser humano de su propia y modesta condición de ser que mastica y traga. En torno a la mesa se desarrolla ese difícil sostenimiento conjunto, en la verdad, de sus intestinos laxos con un pensamiento encendido. En la mesa, la palabra queda colocada proféticamente en el pesebre, entre el buey que rumia y el estiércol del asno.
Está también, en la mesa, generalmente de madera, el encuentro del universo. Así, la mejor mesa está hecha de materiales naturales, con anillos reconocibles, ese recuerdo de la fuerza vital o de su irrupción, con líneas grabadas a mano o pulidas. Y cuanto más vieja es la mesa, más pátina tiene; cuantas más huellas lleve de haber servido, mejor. Por último, sobre esa mesa se dispone mejor la vajilla de barro, adornada con frutas, verduras, cereales, carne…»
La comunión de la mesa habla también de compartir y de saborear la palabra. Los griegos usaban la expresión syn pínein, «beber juntos», porque no acostumbraban a beber solos, sino que el vino se bebía también en momentos de comunión, especialmente durante o después del banquete, en encuentros en los que se reunían personas que compartían las mismas ideas y podían conversar en pie de igualdad. El banquete permite una diversidad de alimentación: con comida, con bebida, con palabra, con conocimiento, con sabiduría, con confianza, con humildad en el diálogo y en el aprendizaje… Por eso hablamos de la higiene de la comida que introducimos en el cuerpo, pero también de la higiene de la palabra, de las miradas y de los pensamientos. Y así como la comida puede envenenar el cuerpo, también las palabras pueden ser venenosas y mortíferas. Por eso describimos las palabras con determinaciones propias de la comida, y diremos que las palabras son amargas, dulces, duras, fluidas, sabrosas…
El psicólogo L. Ballerini dice que los mejores directivos cenan en casa, con la familia, y no en restaurantes: «Quizás hoy, más que nunca, necesitamos devolver la mesa al centro de nuestras cenas, aunque cueste algo de esfuerzo cambiar un poco la organización familiar del tiempo. La cena debe considerarse un acuerdo para preparar un encuentro importante, con todo el cuidado del que somos capaces y con la mayor entrega posible». Y en su libro habla de una señora mayor que siempre preparaba la mesa con esmero, y a la que casi siempre le tocaba estar sola: «Esta mujer comía siempre como una reina, incluso en sus condiciones modestas, como una reina cuyo rey está temporalmente de caza o lleva mucho tiempo en la guerra, pero que nunca está ausente de sus pensamientos. Una mujer a la que nunca oí quejarse de la soledad, porque, aunque vivía y comía sola, nunca estuvo sola, porque nunca se consideró a sí misma así». A su lado estaba siempre su amado.
Es importante que nunca pensemos en nosotros mismos como «solos», sino como siempre necesitados del otro, abiertos a su llegada, disponibles para el encuentro. Y la mesa se convierte en el mejor lugar para celebrar este encuentro. Y así encontraremos de la mejor manera nuestra identidad. Estamos hechos de relaciones. Intentemos, al menos una vez al día, comer para unirnos verdaderamente unos a otros. Así que apaguemos la televisión y el móvil. Eliminemos la conexión con el mundo para estar conectados con nosotros mismos - presentes aquí y ahora, disponibles para una comida verdadera, para la conversación, para escucharnos unos a otros.
Corbeau habla de la práctica del "nomadismo alimentario" que puede observarse en dos niveles distintos. El primer nivel es el que se refiere al hábito creciente de comer fuera del propio hogar y del grupo familiar, y está relacionado con los cambios en el horario laboral y con una distinta disposición del tiempo libre; el segundo nivel, en cambio, se refiere al espacio privado, en el que la comida ya no se consume necesariamente en el comedor o la cocina, en presencia de todos los miembros de la familia, sino delante del televisor, quizás en horarios distintos según las diferentes necesidades de los miembros de la familia. Este cambio es expresión de una creciente individualización que, en este sentido, conlleva el riesgo de deconstruir las prácticas sociales más antiguas relacionadas con la comida en común. A esta luz, puede resultar interesante trabajar para lograr vivir juntos, en familia, al menos una comida al día.
El banquete puede ser también un remedio para la comunión herida. Comer juntos abre camino a la comunión también allí donde, por el dolor sufrido o el mal causado, esta parece imposible. Cuando todavía no tenemos fuerzas para perdonar, esas fuerzas nacerán si logramos sentarnos a la mesa y comer juntos. No comemos de la misma manera cuando estamos solos que cuando estamos con otros en la mesa. Comer nos libera así de la soledad, del repliegue sobre uno mismo, del egoísmo, del sentimiento de soledad y de herida; nos hace capaces de servir y de ser servidos, y ese es el camino hacia la reconciliación, hacia la superación de la herida y de la soberbia. Comer nos hace conscientes de la presencia de los demás y nos hace responsables de ellos. Comer juntos abre siempre camino a una nueva comunión. Evagrio Póntico dice: «Si tu hermano tiene algo contra ti, invítalo a comer». Así, el alimentarse, con toda la maravilla que sostiene la vida, así como con todas las dificultades que a veces amenazan la vida, nos enseña la humildad ante el misterio de la vida, ante la Vida que está en el fundamento de todo vivir. Alimentarse significa no olvidar la vida.
El Señor Jesús es presentado, como dice Benedicto XVI, como aquel que recibe al suplicante bajo su tienda, mostrándole una hospitalidad generosa y una atención plena. El anfitrión divino prepara la comida sobre la "mesa"; esta expresión, en hebreo, designa en su significado primitivo la piel de animal que se extiende sobre el suelo y sobre la que se coloca la comida que se compartirá juntos. Es un gesto de compartir no solo el alimento, sino también la vida, en una ofrenda de comunión y de amistad que crea vínculos y expresa solidaridad. Está luego el signo de una gran generosidad: sobre la cabeza se derrama un aceite perfumado, que alivia al hombre del ardiente sol del desierto, refresca y calma la piel y alegra el ánimo con su fragancia. Por último, la copa rebosante añade a todo ello una nota festiva, con su vino exquisito, que se comparte con desbordante generosidad. Comida, aceite, vino: todos ellos son dones de los que se vive y que dan alegría porque van más allá de lo estrictamente necesario y expresan la gratuidad y la abundancia del amor.
Jesús es el anfitrión generoso que nos acoge y nos salva de las manos del enemigo, preparándonos la mesa de su cuerpo y de su sangre, así como la mesa del banquete mesiánico final en el cielo: «El hambre que nos habita no es solo hambre de alimento, sino también de afecto, de sentido, de plenitud, de Dios, porque el deseo es "una puerta hacia el infinito". Ser hombre significa estar en búsqueda. Tener hambre y sed. El deseo nos separa de nuestro saber habitual, de nuestros diagnósticos y convicciones establecidos, de la herencia acumulada que nos pesa, de la tiranía de nuestros puntos de vista absolutistas. No refuerza el encierro en el propio yo, sino que lo trasciende y lo transforma, poniéndonos delante del Otro y de su Otredad. El yo que desea le hace sitio al Otro, o cree, deposita su fe en el Otro, se sitúa en su órbita, busca su luz. El deseo es una brújula: nos orienta hacia Dios» (J. Tolentino Mendonça).
Precisamente la preparación de la comida mediante la cocción, considera el antropólogo Claude Lévi-Strauss, hace del hombre un hombre, a diferencia de todos los demás seres. Para comer hay que cocinar. P. Gauguin dijo: «Cocinar supone una mente despreocupada, un espíritu generoso y un corazón amplio». Para cocinar hay que tener la mente «ligera», poder concentrarse en la tarea, no "estropear la comida", no "desperdiciar", no "tirar" un plato insípido, o incluso malo o indigesto. Hace falta un espíritu generoso, es decir, la capacidad de hacer que ese poco resulte "abundante". No hay que medir la preparación de la comida según el propio hambre, sino según el hambre de los demás. Cocinar significa pensar en serio en el hambre de los demás, aprender a tomar en serio los deseos de los demás. Por último, hace falta un gran corazón, porque a menudo no se cocina para uno mismo, sino, la mayoría de las veces, para los demás. Pensamos no en nuestras propias necesidades, sino en las de los demás. Y en aquello que más les gusta, en el plato más exquisito para ellos.
Es hora de volver a lo esencial. O, mejor dicho, es hora de recuperar y de reencontrar el gusto por las cosas realmente necesarias, esenciales: «Quienes comen y beben juntos quedan, por ese mismo acto, unidos entre sí por un vínculo de amistad y una obligación mutua», concluye Robertson Smith.
- Mladen Klanac
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