Soy una sola persona, ¡un solo yo!
Hablamos de doble cuando, en un contexto espacio-temporal, es decir, en un mundo posible creado por la ficción literaria, digital o de otro tipo, la identidad de un personaje se duplica: uno se convierte en dos; el personaje tiene entonces dos encarnaciones: dos cuerpos que corresponden a la misma identidad y, a menudo, al mismo nombre.
Se trata de un mundo simbólico que duplica, y a veces incluso sustituye, al mundo real, con el que mantiene al mismo tiempo una relación de semejanza y de diferencia. Semejanza, porque todas esas formas antiguas del doble reproducen fielmente el aspecto de la persona desdoblada. Diferencia, porque no se perciben como simples copias, sino como presencias efectivas, aunque sean parciales (y a menudo trágicamente parciales).
En el libro V de la Ilíada, Apolo interviene varias veces para defender a Eneas de la furia devastadora y blasfema de Diomedes; al final se ve obligado a poner a salvo al héroe troyano fuera del combate, en su templo, y a colocar en el campo de batalla a su «doble»: «El dios del arco de plata, Apolo, forjó entonces un doble, en todo semejante a Eneas, incluso en las armas».
En el Fedro, Platón cuenta la historia del poeta Estesícoro, quien, cegado por Helena por haber hablado mal de ella, compone de inmediato una Palinodia y así recupera la vista, imaginando que la verdadera Helena no fue a Troya, sino su doble: «Pero yo no fui a Troya: aquella no era sino mi doble». Helena ha sido siempre el paradigma de la seducción, del adulterio, del eros fatal y destructivo: una imagen negativa, producto de una sociedad patriarcal y sexófoba, que a veces puede transformarse en una imagen positiva, pero a condición de que se la represente como víctima de fuerzas sobrehumanas. En el libro VI de la Ilíada, por ejemplo, la propia Helena, hablando con su cuñado Héctor, se define a sí misma como «una perra perversa y repugnante» que lamenta no haber muerto al nacer, antes de causar tanto mal.
Si en el arte y la literatura el «doble» —a menudo llamado con el término alemán Doppelgänger— es una metáfora del lado oscuro del hombre, en el pensamiento psicológico del siglo XX el doble representa el ámbito inconsciente del hombre. Se vuelve funcional para explicar los fenómenos de la alienación, la disonancia y la disfunción. El tema del «doble» fue estudiado con especial atención por Otto Rank, discípulo de Sigmund Freud, en su obra Der Doppelgänger, de 1914, en la que relaciona la repentina aparición ante nosotros de nuestro doble con los miedos reprimidos. Es la invasión de lo inconsciente en el campo de lo consciente, el retorno de lo reprimido que se convierte, según la definición de Freud, en algo «siniestro». Simplificando, para el psicoanálisis el «doble» es la «otra» parte de nosotros, aquello que somos pero que no conocemos racionalmente, que no está en nuestra conciencia.
En la novela de Michel Tournier La gota de oro, el joven saharaui Idriss va a París en busca de una fotografía que le tomó un turista francés, inquieto por la idea de que su «doble» pudiera vagar por el mundo y poner en peligro su integridad como persona. El hombre antiguo tomaba conciencia de sí mismo a través de las miradas ajenas: no es casualidad que en griego el mismo término, prósopon, designe tanto la máscara como el rostro. Se trata, en realidad, de una cultura de la exterioridad, desprovista de la idea moderna de la conciencia interior, en la que las diversas imágenes externas son partes constitutivas de la identidad.
En la era de la revolución digital que vivimos, el llamado Digital Twin de la inteligencia artificial, donde el tema del doble, del gemelo, de la sombra, de la imagen especular, del alter ego, está omnipresente, abre camino a una humanidad de identidad indefinida, cuyo YO está en constante mutación y puede adoptar formas diversas. El gemelo digital reproduce las características físicas del individuo y las traslada a un entorno virtual, incluyendo su funcionalidad, sus características y su comportamiento. Y los gemelos digitales se basan en los datos disponibles para transferir información desde un objeto del mundo real a un objeto del mundo digital, donde es posible, en esencia, ver actualizaciones de datos en tiempo real. Hasta ahora hemos hablado básicamente de objetos, pero la inteligencia artificial (IA) es un campo de la ciencia informática dedicado a resolver problemas cognitivos que normalmente se asocian con la inteligencia humana, como el aprendizaje, la resolución de problemas y el reconocimiento de patrones. Esto significa que los gemelos digitales se establecen con fuerza no solo en la industria, sino que tienden implacablemente a extender su dominio también a la esfera privada del usuario.
En el caso de las personas, la aparición de las copias digitales comenzó a nivel micro y macro. A nivel micro, por ejemplo, hoy es una práctica habitual digitalizar nuestros exámenes médicos. Esas representaciones biológicas de partes de nuestro cuerpo permiten después al médico encontrar soluciones para el paciente. A nivel macro, podemos considerar Facebook (y otras muchas redes sociales) como una especie de gemelo digital capaz de registrar aspectos de nuestras vidas: qué hacemos, quiénes somos, qué nos gusta.
Esa imagen especular de nuestra persona, saturada de información, a menudo dice de nosotros más de lo que suponemos, empezando por algo tan sencillo como escuchar nuestras canciones favoritas con una aplicación de música. Podríamos decir: hemos creado una especie de gemelo en la World Wide Web, un doble, que se enriquece constantemente con información nueva y que —como sabemos por numerosos escándalos de privacidad— apenas controlamos ya. ¿Qué sucede exactamente con nuestros datos? ¿Adónde van? ¿Cuánto tiempo se conservan? A menudo nos consolamos diciéndonos a nosotros mismos que todo es anónimo, y, al fin y al cabo: «Un par de datos no van a hacer ningún daño...». En realidad, sin embargo, bastan solo unos pocos puntos de datos (cuatro son suficientes) para desanonimizar perfiles anónimos con un 95 % de certeza, es decir, para conectar todos los detalles de nuestra vida usando solo nuestro nombre.
Y el resultado es: ya no estamos solos en la vida cotidiana (de algún modo siempre nos acompaña una «sombra de datos»), ni tampoco en privado (apenas hay nada de nosotros que quede oculto a los demás). ¿Cómo es la vida con esta existencia en la que está presente nuestro gemelo?
Ya no estamos solos: esta es la gran promesa utópica de las empresas de datos y de tecnología. Nos observamos constantemente. Ya no estamos solos, pero al mismo tiempo está también la distopía del gemelo digital, de la sombra de datos, que casi siempre nos acompaña. Vivimos en una especie de existencia escindida. Somos evaluados y vigilados constantemente, y nos comportamos en consecuencia. La autonomía humana se va convirtiendo poco a poco en heteronomía. Esto tiene consecuencias. ¿Cuánta libertad nos queda?
Y ahí se difumina la conciencia del bien y del mal, porque eso significa no solo proponer y orientar a las personas, sino también predecir sus elecciones y su comportamiento. También se difumina la conciencia entre lo verdadero y lo falso. Las redes sociales nos permiten estar siempre en línea y dejar que nuestro alter ego virtual viva de forma continua y paralela a nuestra vida cotidiana, y permiten a cualquiera crear una identidad alternativa, virtual, que, además de configurarse como «pública», ayuda a filtrar toda la información relativa a un tema y a elegir solo lo que se quiere presentar ante los ojos de los demás. El doble virtual puede acabar convirtiéndose en un doble «depurado» que se comparte con los demás, mientras que lo que es socialmente menos aceptable o inaceptable permanece limitado.
Es más, hay casos en los que un individuo crea varias identidades virtuales, cada una de las cuales representa uno o más aspectos de su personalidad; al no lograr encontrar cohesión entre sus distintos aspectos, prácticamente los presenta por separado, según a quién se dirija, lo cual en el mundo digital se multiplica exponencialmente en relación con las posibles relaciones en el mundo real. Es como una explosión, como una dispersión de nuestro YO que luego se recompone, reforzando así el sentido del propio YO.
En definitiva, se avanza hacia la reunificación de todos esos datos dispersos sobre la persona en un solo conjunto. La ventaja de este modelo no es solo la creación de una memoria infalible, que abarca toda nuestra experiencia, sino también la posibilidad de acceder a toda la información relevante y al mundo disponible del individuo. De este modo llegamos a nuestro «gemelo digital».
Pero la transformación digital ha dado lugar a otro tipo de inconsciente, quizás incluso más poderoso, que a su vez puede determinar nuestra manera de pensar y de comportarnos. Con la llegada de las grandes bases de datos, con el acceso a los datos de las redes sociales, se ha acelerado con fuerza la tendencia a identificar y catalogar a cada uno de nosotros, sobre todo para transmitir ofertas comerciales y servicios administrativos. Todas nuestras actividades (y en el futuro potencialmente será lo mismo con nuestros pensamientos) son analizadas y vigiladas, se catalogan para servir al beneficio de las empresas y de los gobiernos. Este complejo sistema representa, para cada uno de nosotros, una especie de inconsciente digital disperso por las bases de datos mundiales, lo cual puede suponer un gran desafío y numerosos peligros.
Cuando se trata de una identidad robada, la duplicación es causada por una fuerza externa, marcada por una alteridad absoluta, que se apodera violentamente de la identidad del personaje.
En otra situación de extraña semejanza, las dos mitades se encuentran en cambio al mismo nivel (similitud, diría Agustín): son dos personajes distintos, unidos, sin embargo, por una semejanza extraordinaria, marcada a menudo por haber nacido el mismo día y por un presente similar, lo que produce fenómenos de identificación y proyección.
Por último, la duplicación del ego se basa en una completa identificación con una conciencia dividida en dos partes, sin ninguna explicación (probablemente alucinatoria) de las causas de la escisión: la persona puede así sumergirse por completo en un mundo ficticio, en dos encarnaciones del mismo personaje, estrechamente vinculado a construcciones sociales y culturales. Esto lleva a la confusión, al aislamiento y a otras dificultades con las que se encuentran las personas en el mundo digital.
Cuando una persona se encuentra en dificultades, se ve obligada a desear una sustitución, después a negar su propio nombre y, finalmente, a pesar de todo, a afirmar su propia identidad. Y esto lo repite empleando expresiones típicas de su condición de esclavo, como en la Odisea: «Y sin embargo nunca podréis obligarme a cambiar de parecer, de modo que ya no pertenezca a esta casa. Entre nosotros no hay otro esclavo llamado «Doble» sino yo».
Ante la acusación de estar enfermo, el Doble reacciona con vacilación acerca de su propia identidad, expresada en una sucesión de preguntas retóricas: «¡El enfermo eres tú, no yo! ¿No llegó anoche nuestro barco, el que me trajo aquí, de un puerto persa? ¿No me envió aquí mi amo? ¿No estoy ahora ante la puerta de nuestra casa? ¿Acaso no tengo una lámpara en la mano? ¿Acaso no hablo? ¿Acaso no estoy despierto? ¿No me golpeó hace un momento este hombre? Todavía me duelen los dientes, ¡pobre de mí! Entonces, ¿por qué me asaltan las dudas? ¿Por qué no entro en nuestra casa?».
Las preguntas y el reconocimiento de la propia condición abren camino, y así se puede poner fin a la duplicación y a la alteración de la identidad. En la obra antes citada, esto se logra escuchando el relato, precisamente de boca de un esclavo, del nacimiento de los gemelos y de la primera hazaña extraordinaria de Heracles, ya en la cuna, etcétera. Esto conduce al establecimiento de un contacto real con los demás y a la inclusión en la vida social real.
Son muy interesantes los versos en los que Helena habla de su propia apariencia como de un colorido que hay que borrar: «¡Ojalá pudiera borrar mi apariencia radiante, como se quita el color de una estatua, y tomar la más fea (mi verdadero YO)! Los griegos olvidarían la terrible fama que ahora me rodea, y conservarían de mí una imagen positiva, como ahora tienen una negativa!».
Menelao, su esposo, comenta: «¿Qué puedo decir? ¡Me he quedado sin palabras! Acabo de oír hablar de mis nuevas y terribles desgracias: recuperé a mi esposa, la traigo de Troya, llego aquí y la pongo a salvo en una cueva, y entonces descubro que aquí, en este palacio, vive otra mujer que tiene el mismo nombre que mi esposa». Menelao no queda convencido, porque ve todas las leyes del espacio-tiempo contradichas: «¿Cómo pudiste estar aquí y en Troya al mismo tiempo?». Helena le responde: «El nombre puede estar en cualquier parte, el cuerpo no». Él interpreta el hecho en clave sobrenatural, y piensa que se enfrenta a un fantasma: «Pero yo no soy el marido de dos mujeres: ¡soy una sola persona, un solo yo!»
Nuestra condición psicológica presupone una interioridad natural, un «sí mismo», un YO que toma conciencia de lo que lo rodea y que, en mayor o menor medida, dirige libremente su propia vida. En ese sentido, el principio de nuestro ser y de nuestro actuar comienza en nosotros (la cabeza, el corazón, la sexualidad), mientras que lo demás se considera otro, distinto, ajeno. Pensemos de dónde vienen nuestros gestos, nuestros movimientos, decisiones, pensamientos. Sin duda nacen en algún lugar dentro de nosotros. A veces las decisiones pueden verse influidas por alguna fuerza externa, una orden, la influencia de alguien, pero al final el acto siempre parte de nosotros mismos, de nuestro cuerpo. Sin embargo, existen influencias invisibles que parecen formar parte de nosotros y que se dan por sentadas.
- Mladen Klanac
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