No soy yo, es ella/él
En la Biblia, las disputas familiares y conyugales son casi idénticas a las de nuestro tiempo. Ya entonces eran muy actuales y bien conocidos los patrones de comportamiento conyugal en los conflictos. Estos patrones pueden resumirse en los siguientes modelos de comportamiento de los cónyuges:
- «echar la culpa al otro cónyuge» («no soy yo, sino que...»)
- «arrebatos de celos» («¿dónde has estado?»)
- «los hijos como fuente de problemas conyugales» («de él/ella nunca se saca nada»)
- «infertilidad del marido o de la mujer» («nos hemos quedado solos»)
- «hombre macho y mujer buena» («mujer sabia y marido tonto»).
Todo esto y más lo encontramos también en las historias conyugales de hoy. Hemos escogido algunas historias bíblicas características en torno a disputas conyugales que han dejado una huella profunda en el relato bíblico y en la historia, es decir, algunas parejas conyugales bíblicas con una especie de «lemas» de las disputas según los cuales se desarrollaron sus conflictos: Adán y Eva («no soy yo»); Sara y Abrahán («nos hemos quedado solos»); Isaac y Rebeca («hijos grandes, preocupaciones grandes»); Raquel y Jacob («ya no puedo más»); Nabal y Abigaíl («la bella y el necio»).
Adán y Eva: «No soy yo, es ella/él»
Uno de los motivos más frecuentes de las disputas conyugales es el echarse mutuamente la culpa entre los cónyuges. Esto se reduce, en general, a un denominador común según el patrón de la responsabilidad: «no soy yo, es ella/él...». En el texto bíblico, la primera disputa conyugal registrada es precisamente esta entre Adán y Eva. Su breve idilio conyugal culminó en un intercambio de acusaciones sumamente singular y en un veredicto aún más singular del árbitro celestial en esa disputa.
En el centro de esta disputa aparece un motivo bíblico importante, que en este caso provocó la disputa conyugal. Es aquel motivo eterno de la concupiscencia o del deseo; en cuyo centro se encuentra siempre aquello que es «deseable a los ojos» (Gn 3,6). Tanto en Gn 3 como en Gn 6, lo que es «deseable a los ojos» es el deseo de apoderarse de ello. Como en todos los relatos sobre el deseo, nos sigue el verbo לקח) laqah) (= tomar, apropiarse), que a su vez aparece muy a menudo en el contexto del deseo o del acto sexual carnal. Después del deseo o la codicia que hierve en la mente del hombre, sigue la acción: la mano extendida, el asir y el tomar.
A esto es indicativo el texto de Gn 6,2 en el relato de los llamados «hijos de Dios», quienesquiera que fuesen. El texto muestra y reúne dos componentes inseparables del deseo. Primero, al acto le precede: el deseo del ojo, en lenguaje coloquial es como si hubieran «echado el ojo». A esto le sigue después el acto, es decir, la mano extendida, y la toma del objeto del deseo, de nuevo en lenguaje corriente esto es, el «servirse uno mismo».
Cuando la primera pareja conyugal tuvo que enfrentarse a los resultados y consecuencias de este acto, contrario al mandato de Dios (Gn 2,16-17), siguieron disputas y el mutuo echarse la culpa entre los primeros cónyuges y Dios Creador.
La mujer (Eva) se justifica y echa la culpa a la bestia que «era más astuta que todas las fieras»: «La serpiente me sedujo, y comí» (Gn 3,13). En este echar la culpa a la manera del lavarse las manos «inocentes» de Pilato, el marido (Adán) reúne el valor de echar la culpa al mismo Creador, y justifica su (falta de) responsabilidad con las palabras: «La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y comí» (Gn 3,12).
El resultado de esta primera disputa conyugal está descrito en las palabras del árbitro celestial: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y su linaje» (Gn 3,15). Esta historia muestra las consecuencias duraderas y la disarmonía general que se instauró a causa de una disputa conyugal, pero también por no asumir la propia responsabilidad. Se plantea la pregunta, para otra reflexión, si aquel fatídico «árbol de la ciencia» no debería haberse cercado con alambre de púas.
Sara y Abrahán: «Pasó el tiempo de reír»
Algunas historias conyugales idílicas comienzan con relaciones armoniosas y distendidas, que fácilmente se pueden complicar por algún hecho incidental o por decisiones poco meditadas. Un escritor bíblico algo cínico dice que para todo hay un tiempo: «un tiempo para reír; un tiempo para llorar y un tiempo para bailar» (Qo 3,4). Abrahán y Sara quizá no bailaron tanto, pero tuvieron sus buenas preocupaciones respecto a la descendencia, dado que Sara era (a) estéril y además (b) de edad avanzada (Gn 16,2). Aun así llega la intervención celestial y la promesa de que Sara quedaría embarazada, lo que la lleva a una risa cínica de burla (Gn 18,12).
Siguiendo el relato de Gn 16, Sara, tras todas las frustraciones de su esterilidad, toma una decisión, asumiendo también la responsabilidad. Si seguimos atentamente los textos bíblicos de sus historias conyugales, Sara era evidentemente la mater familias. Con esta decisión envía a su marido Abrahán a su esclava Agar: «Llégate a mi esclava, quizá pueda tener hijos por medio de ella» (Gn 16,2). Sin duda, sin objeción, observación o sugerencia alguna, Abrahán obedece esto sin rechistar (Gn 16,2c).
El solo hecho de que Agar hubiera concebido (16,4b) se convierte en causa de disputas conyugales entre Sara y Abrahán. Sara arremete contra su marido con las palabras: «¡La afrenta que se me hace recaiga sobre ti!» (16,5), ¿pero según qué lógica de las cosas? La disputa conyugal se aviva aún más cuando Sara comienza a invocar el nombre de Dios: «Que Yahvé juzgue entre tú y yo» (Gn 16,5c). Sara, en la situación dada, en la que Agar la mira con desprecio, exige protección por parte de su marido (cf. von Rad, 193). Abrahán, viendo hasta dónde había llegado ese conflicto familiar, se distancia de Agar con palabras dirigidas a su esposa Sara: «Tu esclava está en tu mano» (Gn 16,6), es decir, haz con ella lo que quieras. Aunque hay que observar que a Abrahán no le agradó en absoluto que su esposa expulsara a Agar y a su (¿?) hijo Ismael (cf. Gn 21,11).
Isaac y Rebeca: «Hijos grandes, preocupaciones grandes»
Una de las fuentes de las tensiones conyugales y familiares suelen ser los hijos, lo que sigue aquel dicho popular: «hijos pequeños, preocupaciones pequeñas; hijos grandes, preocupaciones grandes». En los desafíos con los «hijos grandes», las historias familiares bíblicas resultan evidentemente intrigantes e instructivas. Muestran situaciones en las que a los «hijos grandes» se les tolera todo, por lo que se convertían en fuente de muchos problemas no solo para sus padres y familia. Un gran número de personajes bíblicos ilustres (Elí, Samuel, David) no educaron sabiamente a sus hijos (cf. 1 Sam 3,13; 1 Re 1,6). Algunos de ellos malcriaron tanto a sus hijos, lo que después se les volvió en contra, que estos llegaron a ser incluso una amenaza para la seguridad nacional. Sobre Adonías, hijo de David, que se propuso a sí mismo proclamarse rey, el texto bíblico dice así:
«Adonías, hijo de Jaguit, se ensoberbeció y pensó: “¡Yo seré rey!”. Y se procuró carros y jinetes, y cincuenta hombres que corrieran delante de él. Su padre nunca en su vida le había reprendido diciéndole: “¿Por qué haces esto?” Era además muy apuesto de porte, y su madre lo había dado a luz después de Absalón» (1 Re 1,5-6)
Como resultado de tal educación, Adonías se convierte además en causa de una disputa familiar. Y mientras su padre está en su lecho de muerte (1 Re 1,4-5), Adonías se prepara narcisistamente para ser el futuro rey.
Los hijos no nacen en un vacío, vienen al mundo inocentes y puros, entrando en un contexto ya dado de su propio hogar familiar. Aunque tanto el padre como la madre fueran padres ideales, el círculo familiar es más amplio que el hogar de los padres. Es ilustrativo el ejemplo del matrimonio de Isaac con la familia de Rebeca y su hermano Labán, que en realidad resultó ser una familia disfuncional. Esto se manifestará más adelante especialmente en la vida de Jacob, hijo de Rebeca, a quien Labán, el hermano de su madre, explotará y engañará sin piedad.
En el ejemplo del matrimonio de Isaac y Rebeca, aquella máxima: «hijos grandes, preocupaciones grandes», se cumplió en todos los sentidos. Ciertos comportamientos de su hijo Esaú se convierten en fuente de amargura para su madre y su padre. Si por un momento dejamos de lado los aspectos etiológico-teológicos de esta historia bíblica y nos centramos solo en el ambiente familiar, son evidentes las tensiones conyugales y familiares. En la fase prenatal y las dificultades durante el embarazo, Rebeca presiente los problemas futuros y exclama: «Si esto es así, ¿para qué voy a vivir?» (Gn 25,22). Presintiendo ya entonces que las relaciones de sus hijos gemelos serían difíciles, problemáticas y conflictivas, dado que los niños «se chocaban ya así en su vientre» (25,22). Así, en adelante, las relaciones de estos hermanos gemelos se reflejarán notablemente también en las relaciones dentro de la unión conyugal de sus padres.
El hecho de que los caminos de vida de sus hijos, Jacob y Esaú, tomaran rumbos completamente distintos, trajo tensiones adicionales al matrimonio de Isaac y Rebeca. Tras el grave conflicto entre sus hijos, Esaú se compromete a la venganza de sangre contra su hermano Jacob (Gn 27,41). Todo esto pesa sobre las relaciones conyugales de sus padres. El vengativo Esaú, además por despecho hacia sus padres, en la situación en que se halló engañado, se casa con mujeres heteas: «Cuando Esaú tenía cuarenta años, tomó por mujer a Judit, hija de Beerí el heteo, y a Basemat, hija de Elón el heteo» (Gn 26,34). Esto se convirtió, según da testimonio el texto bíblico, en fuente de amargura entre Isaac y Rebeca (cf. Gn 26,35).
Raquel y Jacob: «Ya no puedo más»
El relato vuelve a Jacob, que había crecido en una familia disfuncional formada por su padre y su madre (Isaac y Rebeca) y el hermano de su madre, Labán.
La historia conyugal de Raquel y Jacob es otra de las historias clásicas del libro del Génesis, de nuevo con una carga añadida en torno a la necesidad imperiosa de procurarse un heredero. Por supuesto, que fuera un hijo «varón», dado que la hija mujer no cuenta como heredera. En tal situación y frustración por la imposibilidad de quedar embarazada, Raquel reacciona ante su marido Jacob de forma explosiva: «¡Dame hijos, si no, me muero! (אנכי מתה) » (Gn 30,1), en el sentido más literal esto se traduciría como: «Dame hijos, si no, estoy muerta».
La reacción de Jacob, conforme a la concepción de la época de que la infertilidad de la mujer era en realidad una especie de retribución divina: «Jacob se enojó contra Raquel y dijo: ¿Acaso estoy yo en lugar de Dios, que te ha negado el fruto del vientre?» (Gn 30,2). Es posible que Raquel le diera en realidad a su marido Jacob indicios indirectos y le ofreciera tomar como concubina a su esclava Bilhá, cosa que Jacob evidentemente no entendió de inmediato, por lo que Raquel tuvo que aclarárselo aún más: «Aquí tienes a mi esclava Bilhá: llégate a ella (אליה בא (para que dé a luz sobre mis rodillas, y así yo también tenga hijos por medio de ella» (30,3).
Este es, como en el caso de Sara y Abrahán, otro de los casos más originarios y más primitivos de maternidad subrogada. En efecto, también Sara, al enviar a su marido Abrahán a «llegarse» a su esclava Agar, concluye: «quizá así yo también pueda tener hijos». Casi idénticamente, Raquel le ofrece a Jacob una solución similar en forma de maternidad subrogada. De modo que Bilhá, su esclava, concibiera de su marido Jacob, para que Bilhá, dice Raquel, «dé a luz sobre mis rodillas» (30,3b).
Nabal y Abigaíl: «La bella y el necio»
La historia conyugal de Nabal y Abigaíl, y su desavenencia conyugal, se diferencia de todas las historias conyugales anteriores. Las historias conyugales que hemos considerado y analizado hasta ahora se centran principalmente en el mutuo echarse la culpa entre los cónyuges (Adán y Eva), el problema de la infertilidad conyugal (Sara y Abrahán; Raquel y Jacob), o los problemas que causan los hijos en la vida familiar (Isaac y Rebeca).
Con Nabal y Abigaíl nos enfrentamos a un nuevo desafío. Se trata de una pareja conyugal para la que quizá encontraríamos fácilmente equivalentes en nuestro tiempo. Aquí se trata de un marido extremadamente acomodado pero prepotente (Nabal) y una mujer sabia (Abigaíl). En nuestro mundo probablemente ubicaríamos a Nabal entre los hombres machos y los magnates, mientras que Abigaíl se encontraría entre las mujeres atractivas y sabias. Abigaíl es la esposa del rico carmelita Nabal. En los nombres de estos cónyuges hay, sin duda, un juego de palabras; etimológica y onomásticamente, el nombre Nabal (= necio) mientras que Abigaíl (= alegría de mi padre).
Como en muchas otras situaciones, los nombres son ciertamente descriptivos, por lo que a veces no corresponden a las situaciones reales. En efecto, en este caso no es del todo probable que unos padres le pusieran a su hijo el nombre de Nabal («Tontito» o «Bobito»), lo cual correspondería al nombre de Nabal. Mientras que, al mismo tiempo, la esposa de Nabal, en su encuentro con David, no duda en absoluto sobre el nombre de su marido y su naturaleza:
«Que mi señor no haga caso de ese hombre indigno, de Nabal, porque tal como es su nombre, así es él: se llama Necio y la necedad está con él» (1 Sam 25,25).
Nabal, en su necedad, es un hombre prepotente y violento. La prepotencia de su carácter está inevitablemente ligada también a su hacienda. En este relato se trata de que David, con su séquito, hambrientos, atraviesan el desierto, y habiendo oído hablar de Nabal y de su abundancia, piden tan solo algún bocado para la columna hambrienta («Da a tus siervos y a tu hijo David lo que tengas a mano», 1 Sam 25,8). Nabal se niega rotundamente a prestar ninguna ayuda. David y parte de su grupo (1 Sam 25,13) se disponen a enfrentarse a Nabal. La tensa situación la salva la esposa de Nabal, Abigaíl, quien, sin conocimiento de su marido, prepara algo de comida para David y su grupo (1 Sam 25,18).
Es evidente que las relaciones conyugales en el matrimonio de Nabal y Abigaíl no eran amorosas, armoniosas ni románticas. Es más, debido a este matrimonio infeliz, parece que en todos estos episodios que trajeron a David y a su grupo en medio de este matrimonio no del todo feliz, se pueden apreciar indicios de una relación romántica entre David y Abigaíl (cf. 1 Sam 25,23-31). La historia tiene su desenlace cuando el prepotente Nabal, tras una borrachera, sufre un ataque cardíaco y muere. Este se emborrachó y se ofuscó tanto -«Nabal estaba alegre y completamente borracho» (1 Sam 25,36)- que Abigaíl, su esposa, tuvo que explicarle a la mañana siguiente todo lo que había ocurrido durante la noche. En efecto, David ya en ese banquete se disponía a quitarle la vida a Nabal y a destruirle toda su hacienda; a lo que le respondió Abigaíl:
«¡Vive Yahvé, Dios de Israel, que me ha impedido hacerte mal!: si no te hubieras dado tanta prisa en salir a mi encuentro, no le habría quedado a Nabal, hasta la luz de la mañana, ni uno que mease contra la pared» (1 Sam 25,34).
Después de que Nabal se despejara por la mañana y oyera de boca de su esposa todo el relato de lo sucedido durante la noche pasada, el corazón le falló: «se le quedó paralizado el corazón en el pecho, y se quedó como convertido en piedra» (25,37). Nabal, tras este ataque cardíaco, vivió aún un breve tiempo, «y murió» (1 Sam 25,38). Inmediatamente después de su muerte, David pidió a Abigaíl que fuera su esposa (1 Sam 25,39). Parece que el romance entre David y Abigaíl comenzó ya en vida de su marido Nabal, quien a su vez socavaba sistemáticamente su matrimonio y su unión conyugal con su prepotente actitud de macho.
Adaptado para el sitio: Luka Medić
- Mladen Klanac
- Visto: 54






