Podría pasear para siempre por mi jardín
Busqué el amor de mi alma
Entré en mi jardín, hermana mía, novia mía
Allí te daré mi amor
Hallé el amor de mi alma
La abracé y no la soltaré
La Biblia comienza con un jardín, el jardín que Dios plantó en el Edén (cf. Gn 2,8), y termina mencionando una ciudad-jardín, la Jerusalén celeste: «En medio de la plaza de la ciudad, a una y otra orilla del río, hay un árbol de vida que da fruto doce veces, cada mes su fruto. Y las hojas del árbol sirven de medicina a las naciones» (Ap 22,2). También en el centro de la Biblia se encuentra un jardín, el del Cantar de los Cantares, del cual dijo el rabino Akiva que era el «Santo de los Santos» de la Escritura: allí hay un jardín con aguas vivas y árboles en flor.
Quisiéramos reflexionar sobre esta doble perspectiva, que une el «misterio» del jardín con el de la pareja humana. ¿Por qué la pareja se da cita en un jardín? ¿Cómo es la figura antropológica y cósmica de la pareja en el jardín portadora de una verdad teológica? El Cantar de los Cantares ofrecerá el «marco» para esta reflexión; precisamente en sus páginas se expresa de manera más explícita la invitación de los amantes a ir al jardín: «Que venga mi amado a su jardín [...]. Ya entré en mi jardín, hermana mía, novia mía» (Cant 4,16-5,1). Hablaremos de la red de raíces comunes, del cuidado del hogar compartido, del amor en la familia. La pareja, considerada en ese contexto, se abre al plan divino, a la vida en plenitud, con frutos multiformes.
El fenómeno que acabamos de describir se repite en relación con la pareja humana, con los novios, con la pareja conyugal. La Biblia, en sus primeras páginas, narra la aparición de la pareja humana (cf. Gn 2-3), y en sus últimas líneas se oye la invocación de la esposa al esposo, de la Iglesia a Cristo que viene en su gloria: «El Espíritu y la Esposa dicen: ¡Ven!» (Ap 22,17). Pero la Biblia hace oír las voces entrelazadas de la amada y el amado incluso en el centro mismo de su corpus, en el santuario que es el Cantar de los Cantares: «¡Qué hermosa eres, amada mía!»; «¡Qué hermoso eres, amado mío!» (Cant 1,15-16).
En el libro del Génesis, la pareja humana aparece en un jardín que Dios plantó, pero que fue confiado al hombre (cf. Gn 2,8). Este jardín (en hebreo, gan) es un «cercado» (la raíz ganan significa «cercar, proteger»); lo riegan cuatro ríos y abunda en especies vegetales: «Yahvé Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles deleitosos a la vista y buenos para comer, y en medio del jardín el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal» (Gn 2,9). En este microcosmos de la creación, el hombre y la mujer se descubren mutuamente, colmados desde el principio de dones originales.
Aunque la pareja humana fue expulsada de este jardín por haber transgredido el mandamiento divino, el jardín no por ello desaparece de la perspectiva bíblica: reaparece una y otra vez en los poetas y profetas bíblicos. La metáfora del jardín aparece así en Is 61,11, cuando se trata de anunciar al pueblo afligido la certeza de la intervención divina a su favor: «Porque como la tierra hace brotar sus renuevos, y como un jardín hace germinar sus semillas, así el Señor Dios hará brotar la justicia y la alabanza ante todas las naciones». Señala la transformación que Israel experimentará tras la intervención de Dios: «Serás como un jardín regado y como un manantial cuyas aguas no faltan» (Is 58,11). En Jer 31,12 la misma imagen se asocia al regreso desde lugares situados en el desierto. Las imágenes del mundo vegetal expresan mejor que ninguna otra la profundidad ontológica de la sanación divina: «Seré para Israel como el rocío; florecerá como el lirio y arraigará como el árbol del Líbano; se extenderán sus brotes, tendrá la belleza del olivo y la fragancia del Líbano» (Os 14,6-7). La metáfora del jardín –unida a otras imágenes del mundo vegetal– subyace a la visión bíblica, mostrando que el mundo y su historia están siempre en «gestación», más allá de sus heridas repetidas. Dios es quien reactiva este renacer continuo en las sanaciones que otorga: Él es el «rocío», el principio misterioso de la vida vegetal (Os 14,6; cf. Gn 27,28; Dt 33,13; Sal 133,3).
Sea cual sea el destierro del primer jardín, el Cantar de los Cantares nos recuerda de modo especial que el jardín es siempre, una y otra vez, el lugar de aparición de la pareja humana. No para repetir la desdichada elección que hizo la primera pareja, sino para experimentar nuevos comienzos y una nueva fidelidad. En el Cantar, el jardín se asemeja tanto a los jardines mediterráneos como a los del antiguo Israel. Pero la «realidad» del jardín en este Libro es inseparable del discurso amoroso y poético. Las metáforas que introducen los amantes en el Cantar de los Cantares tienen el efecto de «borrar las fronteras». Como en la novela de Lewis Carroll, los personajes pasan «al otro lado del espejo» y así abren a los protagonistas del Cantar nuevos mundos que exigen un comportamiento adecuado. Así ocurre con las metáforas tomadas del mundo vegetal: [Ella:] «Como manzano entre los árboles del bosque, tal es mi amado entre los mancebos: a su sombra apetecida me senté, y su fruto fue dulce a mi paladar» (Cant 2,3). Para la esposa no basta con ver al amado como un manzano; hay que comportarse en consecuencia: sentarse a su sombra y comer su fruto. Por otra parte, la esposa suplicará: «Confortadme con pasas, reanimadme con manzanas» (2,5). Y el amado dirá a la amada: «Tu talle se asemeja a la palmera, y tus pechos a los racimos. Me dije: subiré a la palmera, cogeré sus racimos» (Cant 7,8-9). No basta con comparar la figura de la amada con la palmera: hay que subir al árbol y recoger sus frutos. Ahí está toda la paradoja del discurso poético del Cantar, en ese modo de dejarse llevar, de dejarse atrapar en el juego del amor, recordando su destreza («Tu talle se compara con la palmera»).
La esposa se convierte en jardín: hay que comportarse hacia ella como hacia un jardín de frutos exquisitos. [Él:] «Jardín cerrado eres, hermana mía, esposa» (4,12). [Ella:] «Yo soy fuente que riega los jardines […]. Que venga mi amado a su jardín y coma sus frutos exquisitos» (4,15-16). [Él:] «Ya entré en mi jardín, hermana mía, esposa» (5,1). [Ella:] «Mi amado bajó a su jardín, a los canteros de bálsamo, a apacentar en los jardines y a coger azucenas» (6,2). La belleza de la metáfora del jardín se reconoce en que es a la vez una revelación del ser de la mujer amada («Tú eres jardín») y un «mapa» para la acción del amado, que sugiere el comportamiento adecuado («venir», «bajar», «comer»). Ambos se convierten en jardín el uno para el otro y se comportan en consecuencia.
Cuando en el Cantar la palabra «jardín» aparece en labios del amado, es para expresar la intimidad oculta de su esposa: «Jardín cerrado eres, hermana mía, esposa, fuente cerrada, sellado manantial» (4,12). Si el jardín está cercado, hortus conclusus, entonces es un jardín cerrado con llave, que protege un manantial secreto, la valla de la cerca. El contexto nos indica el sentido sexual de este «estar cerrada» de la mujer. En la parte más profunda de la amada se encuentra, aparece el misterio/secreto (fuente, surtidor) que es el origen de su belleza. Es el esposo quien desarrolla este discurso, proclamando inviolable el santuario que representa la mujer amada. Él se convierte en el poeta que canta sobre ella –y por tanto en su guardián– gracias a la metáfora del jardín: en este caso, del «jardín cerrado», en sus «estancias» más secretas, donde canta un agua discreta y vivaz.
La respuesta de la esposa es sorprendente. Si bien retoma las imágenes del discurso del amado, nos aporta una dinámica inesperada. Fuera de sus muros y setos, el jardín es también un lugar abierto: el hortus conclusus es, según las palabras de Rob Aben y Saskia de Wit, a room with no ceiling («una habitación sin techo»). Los vientos (del norte y del sur) lo atraviesan, viniendo de algún lugar, lo respiran como un aliento profundo; las aguas corren o murmuran: «Yo soy fuente que riega los jardines, pozo de aguas vivas que fluye del Líbano. Levántate, cierzo; ven, austro; sopla en mi jardín, que corran sus aromas» (4,15-16).
El esposo responderá diciendo: «Ya entré en mi jardín, hermana mía, esposa mía» (Cant 5,1). Si se trata de un «jardín cerrado», la mujer no está por ello encerrada en sí misma, sino que también respira al aire libre. Es a la vez un lugar cerrado y abierto: abierto al cielo cambiante, a las condiciones atmosféricas, a las corrientes de agua que lo atraviesan. En sus aspectos contrastantes, el jardín ofrece así a los amantes una parábola de su modo de estar en relación, entre el resguardo del misterio personal y la apertura hacia el otro en el vínculo.
En el Cantar de los Cantares, el jardín –huerto o viña– es lugar de un prodigio que exige toda la atención de los enamorados: «Veremos si brota la vid, si se abren sus flores, si florecen los granados: allí te daré mi amor» (7,13). Tres veces se menciona el prodigio de la floración primaveral (además de 7,13, cf. 2,13 y 6,11, «al huerto de los nogales»): los enamorados tienen una cita concertada con el prodigio de los brotes. En la floración de los árboles del jardín reconocen la floración de su propio amor; el mismo brotar actúa en el mundo natural y en la comunidad de dos personas. La botánica moderna continuará el discurso de los amantes, hablando de la naturaleza sexual de las flores, entre el pistilo y el estambre; basta la intuición de los amantes (de que se pertenecen el uno al otro), en cierto sentido invencible. Ante la viña o el granado en flor se nos revela la intimidad de la pareja en armonía con toda la creación; los esposos, por su parte, celebran la floración de su amor. El jardín primaveral ofrece así el prodigio del comienzo, que los enamorados admiran: la irresistible gratuidad de los brotes es el vínculo de su amor.
El jardín de los esposos no está formado solo por brotes: hay también frutos maduros (1,3; 4,13.16; 7,9.14) así como árboles más viejos (6,11; 7,8-9; 8,5). Aunque el amor está siempre en su comienzo, es a la vez duradero (cf. 8,6-7). Por eso también está como en casa en el jardín. Al filósofo Robert Harrison le gusta decir que los jardines son lugares que ralentizan el tiempo. El crecimiento tiene un ritmo pausado: la maduración de los frutos, el crecimiento de los árboles. El jardín, con su larga temporalidad, sostiene así las promesas de las que viven los enamorados. Como señala un personaje de la novela El clamor de los bosques (The Overstory) de Richard Powers, si los enamorados graban sus nombres en los troncos de los grandes árboles, es porque saben, con cierta perplejidad, la larga vida de esos silenciosos compañeros: «Quizá intentamos herir así a los árboles porque viven mucho más que nosotros». En su versión mística, el poeta persa Rumi (1207-73) protegió el tronco, por así decirlo, cuando escribió: «El amor es un árbol cuyas ramas se extienden hacia la eternidad y cuyas raíces crecen hacia la eternidad, ¡así que el tronco no está en ninguna parte!». Sea lo que sea lo que ocurra con el tronco, las promesas de los esposos en el Cantar de los Cantares se injertan en los árboles que los rodean (higueras, cedros, nogales), tomando prestado algo de su longevidad.
La relación que une a la pareja y al jardín en el Cantar de los Cantares recibe una sorprendente traducción cristológica en el Evangelio de Juan. En la escena de la aparición en Jn 20, el Cristo resucitado y María Magdalena toman prestados sus papeles de esposos del Cantar de los Cantares. El encuentro de los esposos en el santuario del jardín se revela así lo más evangélico posible. La escena de Jn 20 tiene como contexto un jardín, el del sepulcro de Jesús: «Había un huerto en el sitio donde le crucificaron, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie había sido puesto todavía. Allí, pues, [...] pusieron a Jesús» (Jn 19,41-42).
Precisamente hacia ese jardín corre María Magdalena, el primer día de la semana, «de madrugada, cuando todavía estaba oscuro» (Jn 20,1). El descubrimiento del sepulcro vacío la sume en el desconcierto. A los ángeles que le preguntan: «Mujer, ¿por qué lloras?», ella responde: «Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto» (v. 13). Entonces se vuelve y ve a Jesús, quien a su vez le pregunta: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Confundiéndolo con el hortelano, ella le dice: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré» (v. 15).
Cualquiera que conozca bien el Cantar de los Cantares reconocerá la escena de la búsqueda de la amada en el capítulo 3: «Sobre mi lecho, por las noches, busqué al amor de mi alma; lo busqué y no lo hallé. Me levantaré y recorreré la ciudad, por las calles y las plazas; buscaré al amor de mi alma. Lo busqué y no lo hallé. Me encontraron los centinelas que rondan la ciudad: “¿Habéis visto al amor de mi alma?”. Apenas los había dejado, cuando hallé al amor de mi alma. Lo así y no lo soltaré» (Cant 3,1-4). El encuentro del Resucitado y María Magdalena queda así «dramatizado» gracias a un guion tomado del Cantar de los Cantares. En el jardín el hombre perdió el acceso a la vida, y en el jardín lo recupera. Pero lo más notable es que la escena pascual en el jardín integra un diálogo entre un hombre y una mujer. La obra de Dios por excelencia –la resurrección de Jesucristo– encuentra su cumplimiento cuando asume el simbolismo antropológico de la palabra que se intercambian un hombre y una mujer, en un jardín cercado.
Estamos en el tiempo entre el jardín del origen y el jardín de la resurrección, mientras se aguarda la Jerusalén celeste con su magnífico jardín. A lo largo de los siglos, el jardín del Cantar de los Cantares se convirtió, en la interpretación cristiana, en el jardín del encuentro entre Dios y el hombre en las bodas místicas, pero también en la encarnación del Verbo: «[Cristo] descendió así a su jardín –escribe Apponio, monje italiano del siglo V– despojándose de la fuerza divina con la que se une al Padre, para que la debilidad humana pudiera acogerlo, y con la que se une al hombre, que se convirtió en mediador entre uno y otro». Plantar un jardín significa dar vida al origen, al medio y al fin del plan de Dios en su relación con los hombres; en particular, significa reavivar el vínculo que une a la pareja de esposos, al matrimonio y al jardín. Entre el hombre y la mujer, el jardín es el «Santo de los Santos» de la reunión, parábola de comienzos maravillosos y de crecimiento fiel, de intimidad secreta y de comunión con toda la creación y con su Creador.
Entrar en el jardín y sentarse es entrar en el lugar donde el hombre nace para sí mismo, el locus amoenus, tan caro a Platón y a Erasmo, donde el hombre puede pensar, descansar, detenerse, porque está cerca de su propio ser. «Hay que cultivar nuestro jardín», hace decir Voltaire a Cándido. La noción de jardín será siempre, de manera privilegiada, para las parejas y los enamorados: «¡Ven al jardín, Maud!» es la invitación dirigida a la amada por Alfred Tennyson (1809-92), quien también, pensando en la amada, dice: «Podría pasear para siempre por mi jardín».
Tomado y adaptado de: La Civiltà Cattolica
- Mladen Klanac
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