Vuestros ancianos soñarán sueños, vuestros jóvenes tendrán visiones
En el día en que la Iglesia celebra la memoria de los santos Joaquín y Ana, los «abuelos» de Jesús, el papa Francisco invitó a los jóvenes a hacer un gesto de ternura hacia las personas mayores, especialmente hacia aquellas que están solas, en sus casas o en residencias, hacia quienes no han visto a sus seres queridos desde hace ya varios meses. «Queridos jóvenes, cada uno de estos ancianos es vuestro abuelo. No los dejéis solos. Usad la imaginación del amor: llamadles por teléfono, contactadlos por videollamada, enviadles mensajes, escuchadlos y, si es posible y conforme a las normas sanitarias, id a visitarlos. Dadles un abrazo. Ellos son vuestras raíces. Un árbol separado de sus raíces no crece, no da flor ni fruto. Por eso es importante la unión y la conexión con las propias raíces. “Lo que ha florecido en el árbol proviene de lo que está bajo tierra” – dice el poeta argentino Luis Bernárdez. Por eso os invito a dar un gran aplauso a todos nuestros abuelos y abuelas.», concluye el papa Francisco.
En varias ocasiones el Papa ha mencionado ejemplos de su propia vida: «Las palabras de los abuelos tienen algo especial para los jóvenes. También la fe se transmite así, a través del testimonio de las personas mayores, para quienes se ha convertido en la levadura de su vida. Lo sé por experiencia personal. Hoy todavía llevo conmigo, en el breviario, las palabras que me escribió mi abuela Rosa el día de mi ordenación sacerdotal.» Francisco habla a menudo también de Benedicto XVI, el papa emérito, como de un abuelo sabio en quien puede apoyarse: «Es como tener a un abuelo sabio en casa.»
A continuación reproducimos el texto de Alessandro Gisotti, tomado de L'Osservatore Romano, que resume lo que el papa Francisco ha dicho en diferentes ocasiones sobre la importancia de la conexión entre ancianos y jóvenes, entre abuelos y nietos.
«Cuánto importa el encuentro y el diálogo entre las generaciones, especialmente dentro de la familia», afirmó el 26 de julio de 2013 el papa Francisco mirando desde el balcón del palacio arzobispal de Río de Janeiro. Lo escuchan, durante el Ángelus, miles de jóvenes de todo el mundo que habían llegado a Brasil para la Jornada Mundial de la Juventud, en el primer viaje apostólico internacional del papa recién elegido en marzo. Ese día la Iglesia celebra a los santos Joaquín y Ana, padres de la Virgen María, abuelos de Jesús. Francisco aprovecha así la ocasión para subrayar, apoyándose en el documento de Aparecida (documento de los obispos sudamericanos) en el que había trabajado como cardenal, que «los niños y los ancianos construyen el futuro de los pueblos: los niños porque serán los portadores de la historia, los mayores porque transmiten la experiencia y la sabiduría de su propia vida».
Jóvenes y ancianos, abuelos y nietos. Ese binomio se convierte en una de las constantes del pontificado de Francisco a través de gestos, discursos, audiencias y momentos «fuera de programa», especialmente en los viajes. Ellos, jóvenes y ancianos, concluye Francisco con amargura, son a menudo víctimas de la «cultura del descarte». Pero son siempre ellos quienes, juntos, y solo si están juntos, pueden emprender nuevos caminos y encontrar espacios para un futuro mejor. «Si los jóvenes están llamados a abrir puertas nuevas —señala el Papa en la misa por las personas consagradas, el 2 de febrero de 2018— los ancianos poseen las llaves». No hay futuro sin este encuentro entre ancianos y jóvenes. No hay crecimiento sin raíces ni florecimiento sin brotes nuevos. Nunca profecía sin memoria, nunca memoria sin profecía. Y encontrarse siempre».
Para Francisco, el lugar de encuentro entre jóvenes y ancianos son los sueños. En cierto modo, esa unión parecía casi sorprendente, casi imposible. Sin embargo, como nos ha mostrado la experiencia vivida durante el tiempo de la pandemia, son precisamente los sueños y la visión del mañana los que han mantenido unidos a los abuelos y a los nietos, que a su vez se vieron de repente separados por la carga añadida de la pandemia sobre el ya existente peso del aislamiento. Es más, esta atención a la dimensión del sueño ha sido meditada largamente por el Papa y tiene profundas raíces bíblicas. De hecho, a Francisco le gusta recordarlo repetidas veces cuando dice: «Creo que esta es una profecía para nuestro tiempo», como nos enseña el profeta Joel, que dice: «Vuestros ancianos soñarán sueños, vuestros jóvenes tendrán visiones, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas» (Jl 3, 1).
¿Quién, si no los jóvenes, se pregunta el Papa, puede recoger los sueños de los ancianos y llevarlos adelante? Es significativo que durante el Sínodo dedicado a los jóvenes, en octubre de 2018, quiso que se celebrara un encuentro especial sobre el diálogo entre generaciones, llamado «La sabiduría del tiempo», celebrado en el instituto de Patrología Augustinianum. En esa ocasión, respondiendo a preguntas de jóvenes y ancianos sobre temas actuales para la Iglesia y el mundo, Francisco invitó a «defender los sueños como se defiende a los niños», señalando que «los cierres no conocen horizontes, los sueños sí». El Papa, ya anciano él mismo, confió a los jóvenes una gran responsabilidad. «Tú» —dijo, dirigiéndose idealmente a cada joven— «no puedes llevar sobre tus hombros a cada persona mayor, pero sí sus sueños. Llévalos adelante, llévalos, eso será bueno para ti».
También en ese encuentro subrayó la empatía, algo que hoy, visto a la luz de la dramática experiencia de la pandemia, resulta aún más necesario. A este respecto advirtió: «No se puede hablar con ningún joven sin empatía». Pero ¿dónde podemos encontrar hoy ese recurso que tanto necesitamos para poder seguir adelante? En la cercanía de la otra persona, es la respuesta del Papa. Es un bien precioso, como hemos experimentado en los últimos meses, cuando esta dimensión fundamental de la existencia quedó de repente «suspendida» a causa del virus. «La cercanía hace milagros», está convencido el Papa, «cercanía a quienes sufren, cercanía en los problemas y cercanía entre jóvenes y ancianos. Cercanía que, cultivando una cultura de la esperanza, nos inmuniza contra el virus de la división y la desconfianza».
El Papa vuelve sobre este tema, refiriéndose a la conexión entre ancianos y jóvenes, en uno de sus últimos viajes apostólicos, el que realizó a Rumanía en junio del año pasado. Allí Francisco se conmovió por una imagen, mientras estaba en la ciudad de Iași en un encuentro con jóvenes y familias de toda Rumanía. El propio Papa expresó su alegría por un encuentro inesperado con una anciana. «En brazos —dice el Papa— tenía a su nieto, de unos dos meses, no más. Al pasar yo, me lo mostró. Sonreía, sonreía con una sonrisa que quería compartir algo, como si me dijera: “Mira, ahora puedo soñar”.» El cruce de miradas, que duró apenas unos segundos, conmovió al Papa, siempre dispuesto a captar la chispa en la otra persona, que así, trascendiendo los límites del momento, se convierte en don y mensaje para todos. «Las abuelas y los abuelos sueñan —comenta— cuando los nietos crecen y progresan, y los nietos se vuelven valientes cuando reciben la raíz de sus abuelos».
Raíces y sueños. No puede haber uno sin el otro, porque uno sirve al otro. Y esto sin duda vale hoy más que en el pasado, porque existe una necesidad urgente de una «visión de conjunto» que no excluya a nadie. Francisco lo subraya en una entrevista a las revistas inglesas «Tablet» y «Commonweal» en el momento más oscuro de la pandemia en Europa. Para el Papa, que reflexiona sobre el significado de lo que vivimos en este dramático 2020, la tensión entre ancianos y jóvenes «siempre debe resolverse en el encuentro». «El joven es brote, hojas, pero necesita la raíz. De lo contrario, no puede dar fruto. El anciano es como la raíz». Recuerda una vez más «la profecía de Joel». A los ancianos de hoy, atemorizados por un virus que destruye la vida y sofoca la esperanza, Francisco les pide un valor mayor. Quizás el más difícil: la audacia de tener sueños. «Miren hacia el otro lado —señala el Papa, que cree en la «sabiduría del tiempo»—, acuérdense de sus nietos y no dejen de soñar. Eso es lo que Dios les pide: que tengan sueños». Lo que vivimos en medio de miedos y sufrimientos nos dice con fuerza el Papa, «es el momento oportuno para encontrar el valor de nuevas visiones de lo posible, con el realismo que solo puede ofrecernos el Evangelio». Este es el tiempo en que «la profecía de Joel» puede hacerse realidad.
Preparado y traducido por Mladen Klanac
- Mladen Klanac
- Visto: 51






