La casa o el hogar es como el vientre materno, un lugar de seguridad y comodidad
La casa es un lugar de memoria; en ella está grabada nuestra vida, y junto con ella las alegrías, los dolores, las contradicciones y las esperanzas. Allí educamos a los hijos, allí mueren nuestros amigos, allí nace el amor y se vive la enfermedad. El lugar donde vivimos tiene que ver con la memoria, los sentimientos, los deseos concretos y las relaciones mutuas. Por eso, el significado primero de la casa es un lugar de encuentro y de unión. Freud escribió que la casa es un sustituto del vientre materno, la primera morada de la persona humana, a la que, con toda probabilidad, el ser humano nunca deja de anhelar, porque en ella se sintió seguro y a gusto.
Así, en muchas lenguas se distingue lo subjetivo, «sentirse en casa», de lo objetivo, «residir en una casa», de ahí también los distintos nombres en un mismo idioma para la casa: «domus» y «aedes», «home» y «house», «Heim» y «Haus», y también entre nosotros «casa» y «hogar». Entre los romanos, Domus designaba la entidad social encarnada por el «dominus», es decir, el «señor de la casa», que era a la vez el «pater familias». El griego «oîkos» designa no solo la casa, sino también todos los bienes y su administración, propiedad de la familia. La casa es, como dijo Mario Praz, la «casa de la vida» que en el mobiliario, la arquitectura y la disposición refleja el gusto, es decir, la inefable singularidad de su propietario.
«Hoy, en muchos lugares», escribe Ernst Bloch, «parece que el interior de las casas está listo para la partida y la despedida. El desorden que reina en ellas parece expresar el deseo de abandonarlas cuanto antes. Interiores claros y desnudos como habitaciones de hospital, exteriores como cajas colocadas sobre cintas transportadoras que recuerdan a barcos y despedidas, tejados planos como barcos que desaparecen en el horizonte».
La casa debería ser un lugar en el que el ser humano se sienta también «como en casa», un lugar de espera de la llegada de un mundo mejor. «La auténtica crisis de la vivienda», escribe Heidegger, «no consiste en la falta de lugares para habitar, sino en el hecho de que los seres humanos “ante todo deben aprender a habitar, a morar”. La vida es cuidado de algo o de alguien. En el espacio del que se cuida y que se convierte en «hogar» nos sentimos verdaderamente satisfechos, como si nuestros deseos estuvieran cumplidos, como si de verdad viviéramos.
En «la Odisea», Homero describe la casa de Odiseo construida en torno a un olivo, en cuyo tronco vivo talló Odiseo su inamovible lecho nupcial. Partiendo justamente del dormitorio, que corresponde a la parte más íntima de la casa, se desarrolla una zona que se extiende por el interior y se abre hacia el atrio y el patio de entrada. El patio es el lugar donde el fiel perro Argos, en una de las escenas más conmovedoras del poema, reconoce a su amo disfrazado de mendigo, que regresa a casa tras veinte años de ausencia.
Nuestra casa, nuestro piso, puede representar la expresión a través de la cual nos experimentamos a nosotros mismos, incluyendo nuestro cuerpo y nuestras relaciones con los demás. La casa en los sueños puede ser nueva o vieja, rica o pobre, elegante o destartalada, cordialmente hospitalaria o fríamente inhóspita, coloreada o gris. Se puede soñar con la casa como en ruinas, abandonada, casi derrumbada o del todo derruida, inundada, incendiada o destruida por un terremoto. Cada una de estas diferentes imágenes que aparecen en los sueños puede en realidad dar testimonio de un miedo a un colapso psíquico y emotivo o de un período de inestabilidad emocional. Por el contrario, una casa en construcción puede representar el deseo de cambio, la reflexión sobre nuevas posibilidades en las relaciones con los demás, del mismo modo que la restauración de una casa deteriorada está ligada a aspectos reparadores. Soñar que estamos encerrados fuera de casa o que hemos perdido las llaves puede representar la resistencia a entrar en la realidad angustiosa y compleja del propio mundo interior. El hogar de la infancia, su espacio interior y los recuerdos felices de la niñez, puede estar relacionado con el reconocimiento de las partes infantiles del propio yo en sueños enrevesados en los que la casa es desconocida y misteriosa.
Las restricciones que nos ha impuesto la pandemia, la prohibición de reunirse y el uso de mascarillas han favorecido el aumento del tiempo que pasamos dentro de nuestros hogares, que en realidad se usan a menudo como oficinas virtuales debido al teletrabajo, cambiando a veces de un modo sorprendente el uso de los espacios vitales. La enseñanza a distancia para los niños, que solo pueden asistir parcialmente a las clases en los colegios, requiere un espacio protegido de las molestias y perturbaciones de otras personas. El mismo problema se plantea para el llamado smart working, que implica el uso de un espacio protegido de intromisiones acústicas y visuales durante gran parte del día, lo cual reduce o incluso impide al mismo tiempo la comunicación familiar cotidiana, que habitualmente se desarrolla sin ningún orden ni plan y que, por eso, suele ser ruidosa y solo aparentemente caótica.
Los lugares del hogar que estaban dedicados a la comunicación íntima y a las relaciones (por ejemplo, el dormitorio) se ven inundados por las frías imágenes de las pantallas, que los convierten en aulas u oficinas virtuales, en los que no hay espacio para la inmediatez de la comunicación y la espontaneidad de la conversación informal. Además, la transformación que en las últimas décadas ha afectado a la distribución de los espacios en los pisos ha favorecido la expansión de los espacios abiertos en detrimento de los llamados espacios de transición, que al mismo tiempo unen y separan, así como de aquellos destinados exclusivamente a proteger la intimidad. El espacio abierto (Open space), que consiste en una sola gran habitación, ha desplazado a los espacios delimitados y acotados como la entrada, la cocina, el comedor, el salón, el pasillo o el trastero. Esta división, en tiempos de pandemia, ha provocado un conflicto aún mayor en las casas y los pisos.
Es necesario, en sentido arquitectónico, reconocer el valor y el significado de la pausa (el intervalo), del espacio que separa lo exterior de lo interior, es decir, los grandes espacios exteriores y públicos para las masas, del espacio de la familia y del hogar. Revalorizar de nuevo los espacios intermedios donde se puede detenerse y estar juntos, que dan sentido a lo exterior y a lo interior, así como los umbrales como lugares concebidos al mismo tiempo para separar y conectar espacios con funciones distintas. Esto es necesario también en relación con el propio uso de la casa, que en nuestra época se ha vuelto necesariamente multifuncional.
La reducción, o incluso la ausencia, de lugares de transición y de permanencia, de espacios intermedios que favorecen la protección de la intimidad y la experiencia de las distintas vivencias y funciones psíquicas, puede llevar a experiencias impersonales y confusas del espacio y provocar una especie de confusión emotiva y psíquica, un desorden comunicativo y tensión en las relaciones.
Entre los importantes espacios arquitectónicos de transición debemos recordar la entrada y el pasillo dentro de los pisos, que las nuevas ideas, los nuevos proyectos y las nuevas técnicas no tienen suficientemente en cuenta, relegando así a un segundo plano las necesidades vitales reales de quienes viven allí.
La entrada permite un tránsito protegido de lo exterior a lo interior, de lo abierto a lo cerrado, de lo público a lo privado e íntimo. El sentido de la entrada es representar un lugar privilegiado para detenerse y esperar tras entrar, para la bienvenida, la permanencia y el procesamiento de lo desconocido, pero también para prolongar el tiempo de la despedida antes de partir. La entrada es el espacio que separa lo privado (doméstico) de lo público mediante una combinación aceptable y equilibrada de elementos formales e informales, exteriores e íntimos.
El pasillo es, par excellence, un lugar de lo indefinido, de una función que no está determinada con precisión. El psicoanalista francés J-B. Pontalis, remitiéndose a la necesidad y al valor del espacio transicional que Winnicott propuso para el desarrollo psicoemocional del niño, propuso una bella imagen doméstica. Entre el dormitorio de los padres y el de los hijos no está mal que exista precisamente un pasillo. Todos saben que a los niños les gusta jugar en los pasillos precisamente porque son lugares suficientemente libres, en los que distintas identidades pueden cruzarse, confrontarse entre sí, fundirse. El pasillo en la película «La familia» de Ettore Scola se constituye como un lugar privilegiado de puesta en escena y conservación de los recuerdos y la historia familiar a lo largo de varias generaciones. En épocas anteriores podíamos ver a menudo fotografías de nuestros abuelos y padres en las entradas o en los pasillos de las casas. Ese es quizás el lugar donde pueden unirse lo viejo y lo nuevo, el pasado, el presente y el futuro de una familia. A quien entra puede resultarle claro de inmediato que la familia tiene su pasado y su tradición, su presente y las nuevas circunstancias en que vive, pero también su futuro, apoyándose unos en otros.
La arquitectura puede entenderse como una elaboración continua de los ámbitos que separan y unen el mundo interior y privado con la esfera social externa, y que organiza las entradas y salidas de un espacio a otro. Sería útil diseñar hogares que se conviertan en lugares que permitan el encuentro y la comunicación familiar auténtica.
Un entorno suficientemente bueno, como diría Winnicott, debería incluir espacios que sean participativos pero no invasivos, que protejan la intimidad pero no sean excluyentes, que sean discretos y capaces, de manera adaptable y adecuada, de garantizar la necesidad de aislamiento cuando esto se sienta necesario, pero que a la vez conserven la posibilidad de comunicación con los demás. El encuentro entre arquitectos y psicoanalistas/psicólogos podría tener como objetivo reflexionar sobre los espacios en los hogares que vuelvan a unir, o al menos permitan el contacto, entre el cuerpo y la psique, el individuo y el colectivo, lo interior y lo exterior, el presente y el pasado, evitando divisiones toscas e inútiles.
El mundo de la arquitectura, definido en general como la reflexión consciente sobre la construcción del entorno humano, y el mundo de la psicología, definido en general como el estudio de lo psicológico y lo emotivo en la vida humana, pueden entrelazarse de modo que, a través de la arquitectura, el entorno en que vivimos represente y refleje profundas necesidades inconscientes. Renzo Piano declaró que escuchar es el primer paso para crear arquitectura, en el sentido de captar los sentimientos de comunidad/convivencia a los que hay que permitir que cobren vida en nosotros. Por eso, la única y verdadera enfermedad profesional del psicoterapeuta es la sordera, entendida como incapacidad de escuchar, lo cual vale también para la mayoría de las demás profesiones, incluidas las de quienes crean el ambiente en el que vivimos.
- Mladen Klanac
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