Estamos llamados a entrar en razón
Aprende a compadecerte y a encontrar, si no una justificación, al menos una explicación para los actos de quienes te han herido.
Y ponte siempre en el lugar de esas personas.
El odio solo te consume.
No pidas justicia a Dios, sino pide misericordia.
Antonio Bloom de Sourozh nació en Lausana en 1914. Pasó su primera infancia en Rusia y Persia, donde su padre era miembro del cuerpo diplomático del imperio ruso. Durante la revolución rusa, su familia tuvo que abandonar Persia y en 1923 se instaló en París, donde se licenció en física, química y biología en la universidad parisina, y se doctoró en medicina. En 1939, antes de partir al frente como cirujano del ejército francés, hizo en secreto sus votos monásticos. En 1943 recibió la tonsura y el nombre de Antonio. Durante la ocupación alemana de Francia trabajó como médico y participó en la resistencia francesa.
Cuando hablamos de reconciliación, pensamos en una nueva relación, una relación completamente nueva entre las partes enfrentadas, o entre la persona profundamente ofendida y quien la ofendió. Por parte de quien ofende, esto significa haber reconocido su responsabilidad; por parte del ofendido, exige amplitud de corazón, disposición para aceptar el humilde reconocimiento del pecado de otra persona, así como una conversación abierta que no busca restaurar lo anterior, sino crear una relación nueva. El Señor dice: «¡Yo hago nuevas todas las cosas!» (Ap 21,5).
Estamos llamados a construir la paz asumiendo una vocación lo bastante grande como para abarcar a toda la humanidad, a construir el Reino de Dios, lo cual incluye ser artífices de paz: paz entre persona y persona, paz en los grupos pequeños, paz en conjuntos cada vez más amplios, pero, ante todo, paz con lo que Dios ha creado y en medio de lo cual vivimos. Entonces tendremos un objetivo común, y en la comunión de ese objetivo haremos del mundo lo que Dios quiso que fuera, y así también nos reconciliaremos unos con otros.
Las tres primeras grietas
Si miramos la Biblia, veremos que la primera grieta se produce en el momento en que la primera pareja humana se aparta de Dios y queda separada de él. Roland de Pury, protestante francés, escribió: «El pecado de nuestros primeros padres consiste en que volvieron la espalda a Dios y buscaron su plenitud fuera de él». En el momento en que volvieron la espalda a Dios, lo único que les quedó fue la muerte, puesto que solo Dios es fuente de vida. La grieta se profundiza en el momento en que Caín mata a Abel. La Biblia es trágicamente clara cuando dice que Dios le habla a Caín: «¡La sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra!» (Gn 4,10). La tierra clama, llora por la sangre derramada de Abel. Es una tragedia para la tierra tener que beber esa sangre. No se trata de una contaminación de la tierra, sino de que la tierra se escandaliza de que algo así haya podido suceder. El tercer paso por el que toda la creación queda implicada en el pecado ocurre después del diluvio universal. El Señor le dice a Noé y a los que se salvaron con él: «Todos los animales de la tierra sentirán ante vosotros temor y espanto, así como todas las aves del cielo, todo lo que repta por el suelo y todos los peces del mar: quedan entregados en vuestras manos. Todo lo que se mueve y vive os servirá de alimento: os doy todo esto, igual que os di antes la hierba verde» (Gn 9,2-3). ¿No es esa la situación en la que vivimos? La tierra, profundamente herida por el primer asesinato que clama al cielo, sigue clamando por la sangre que se derrama; toda la creación tiembla ante el hombre, que se ha convertido en el principal depredador, el más peligroso de todos. No solo es capaz de matar, sino que supera en número de muertes a toda la creación, y se ha convertido en su terror y su espanto.
Estamos llamados a entrar en razón
Nos sorprende que san Pablo, en una de sus cartas, diga que toda la creación gime a una y sufre dolores de parto, aguardando la revelación de los hijos de Dios (Rom 8,19-22). Toda la creación, gimiendo, aguarda el momento en que la humanidad entre en razón, cuando – en lugar de ser una manada de depredadores – se convierta a Dios, encuentre su verdadero lugar y desempeñe su verdadero papel.
Si ahora nos preguntamos cuál es el papel del hombre, fijémonos en un pasaje bíblico que llevamos siglos interpretando mal. Cuando Dios dice que el hombre tiene dominio sobre toda la creación de la tierra, ¿qué significa eso? Durante siglos hemos entendido la palabra «dominio» en el sentido de tener supremacía, predominio, superioridad, pero ¿es realmente así? En inglés, la palabra «dominion» viene del latín «dominus», que significa señor, amo, cabeza de familia o de una casa, pero ¿significa eso ser un tirano, imponerse, tener superioridad? Ciertamente no. Significa ser un administrador sabio, un esposo sabio, aquel a quien se le ha confiado toda la creación, para que pueda crecer hasta la plenitud a la que está llamada. Ese es el papel del dominus, del señor. El señor no es un tirano, sino un guía.
Si es así, eso significa que nosotros, los seres humanos, lo hemos hecho todo mal. Traicionamos a Dios cuando nos apartamos de él y buscamos nuestra plenitud, nuestro lugar en la creación, fuera de él. Lo traicionamos cuando derramamos sangre en un odio mutuo y homicida, cuando nos comportamos unos con otros como se comportan los animales salvajes con otras especies. Somos la única especie de toda la creación capaz de destruirse a sí misma. Desde que se derramó la primera sangre, toda la historia de la humanidad ha estado acompañada de derramamiento de sangre, y la tierra sigue clamando, no ya por la sangre de Abel que derramó Caín, sino por la sangre de todos los Abeles del mundo, y por la sangre de todos los Caínes que otros Caínes han derramado. Nos encontramos ante una situación en la que toda la creación nos teme porque somos depredadores. No tenemos garras, sino sables y armas que nos dan el poder de destruir a miles de aquellos que Dios creó con tanto amor.
Estamos llamados, pues, a entrar en razón. No se trata solo de reconciliarnos unos con otros, sino de recordar, individual y colectivamente, cuál es nuestra verdadera vocación. Estamos llamados a ser señores, pero no como tiranos, sino como guías. San Máximo el Confesor dice que el hombre tiene dos naturalezas, que está arraigado en dos mundos: por un lado, en el mundo creado, el mundo material, y por otro – por su vocación y por el Espíritu que viene de Dios – en el mundo espiritual. Nuestra vocación es crecer hasta la plenitud y llegar a ser capaces de conducir a toda la creación más allá de su materialidad, para que también ella participe del mundo del Espíritu. Debemos entender bien las palabras de Pablo cuando dice que llegará el día en que Dios sea todo en todas las cosas (1 Cor 15,28). No presente en unos pocos, sino que lo llene todo.
Estamos llamados a hacernos partícipes de la naturaleza divina
Cuando pensamos en el acto de la creación divina, vemos que Dios, en un acto de amor entregado, llamó a la existencia lo que no existía. Estamos llamados a hacernos partícipes de la naturaleza divina, y todo lo que tocamos – todo lo creado – debería entrar en ese misterio de comunión plena y profunda con Dios. El hombre fue creado de la tierra, y eso lo hace pariente de todo lo que Dios ha creado. Somos parientes de cada átomo de materia. Somos parientes de todos los elementos de la evolución y del desarrollo del mundo creado, y por eso toda la creación puede reconocerse en nosotros. Fuimos creados a imagen de Dios, y Dios nos dio el mandato de ser guías y vínculo, de unir todo lo creado con el mundo espiritual y con Dios mismo, para que un día Dios sea todo en todas las cosas.
El mundo creado no ha pecado contra Dios – así lo dicen san Pablo y los Padres de la Iglesia –, sino que sufre un desorden a causa del pecado humano. La creación es como un caballo de raza montado por un jinete borracho. El jinete enloquece al caballo, pero nosotros no acusamos al jinete, sino al caballo. Si pensamos en la brutalidad de los animales salvajes – son así porque nosotros nos hemos apartado de Dios, que es la clave de la armonía para la humanidad y para toda la creación, y por eso no podemos ofrecer al mundo creado ninguna solución. No somos capaces de guiarlo, de gobernarlo, de ser maestros, de conducir la creación hacia su plenitud.
Siervos y no tiranos
Cuando miramos el mundo que nos rodea, ¿no nos resulta terrible comprobar que la única razón por la que todo no tiende hacia Dios es el hecho de que nosotros estamos entre el mundo creado y Dios, cuando deberíamos ser el puente, los maestros, los señores, los guías, los grandes sacerdotes de este mundo, llamados a santificar toda la creación, a hacerla santa? Nos comportamos con el mundo creado como si no tuviera vocación propia, como si estuviera muerto. ¿Cómo nos comportamos con los animales que se nos han confiado? ¿No es terrible que tratemos todo el mundo creado como si fuera nuestra presa, en lugar de santificarlo? El mundo que construimos debería ser tal que su primer ciudadano pudiera ser Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. ¿Estamos construyendo ese mundo? No, y por eso ni siquiera sentimos culpa, sino que nos escabullimos. Si seguimos así, la humanidad podría perecer, pero el problema no es ese. ¡Que perezca, si no somos capaces de ser otra cosa que rudos y impíos patanes! Aquí no hablo de creyentes y de ateos, sino de todos nosotros.
No tenemos derecho a llamarnos creyentes si nuestra fe se reduce a creer que tenemos un Dios bueno cuyo deber y función es cuidar de nosotros, mientras nosotros no cuidamos de los miles de millones de cosas que Él creó por amor. Debemos reconocer nuestra culpa, reconocerla de manera activa, no para salvar el pellejo, sino para llegar a ser aquello a lo que estamos llamados. Si comprendemos que debemos hacerlo, entonces debemos hacerlo.
Ante todo lo que Dios ha creado debemos actuar con humildad, como actúan los siervos con sus señores. El Señor no nos dijo que fuéramos tiranos dominantes, sino siervos.
Pedir perdón y reparar lo que está mal
Esto es la reconciliación: pedir perdón reparando lo que hemos hecho mal, porque no existe el perdón gratuito. El perdón comienza cuando reconocemos nuestro pecado ante la parte ofendida, le pedimos perdón y, de manera activa, reparamos lo que estaba mal. Esto puede costarnos, pero debemos pagar el precio, sea cual sea. Mientras no lo hayamos hecho, no podrá haber paz entre nosotros, porque – si cada uno busca su propio interés – la humanidad no podrá unirse en torno al bien común. Los depredadores no pueden construir un reino unido, y eso es precisamente lo que intentamos hacer: seguir siendo depredadores, crueles cazadores, exitosos en la medida en que nos lo permite una tecnología letal, seguir siendo egoístas, temernos unos a otros, ser codiciosos y lujuriosos, crueles unos con otros. Los depredadores no conocen el amor.
No basta con arrepentirse, no basta con pedir perdón a Dios: debemos alcanzar el perdón convirtiéndonos en siervos activos y verdaderos de Dios, en enviados de Dios en este mundo.
Tomado de: Glasnik Mira, Međugorje, 2013.
Adaptó y tradujo Lidija Paris
- Mladen Klanac
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