En la brizna de paja está todo
Si tomamos un solo cabello de nuestra cabeza y lo sometemos a examen, podremos descubrir casi todo lo demás que hay en nuestro cuerpo. Se verá también toda la historia de nuestro cuerpo, y aún más ampliamente, la herencia de tiempos remotísimos, e incluso algo del futuro que le sucederá a nuestro cuerpo. En el cabello está todo inscrito. En la brizna de paja está todo. ¡El maxi-mundo está por entero en el mini-mundo!
Jesús de Nazaret es solo una brizna de paja en el océano de la historia. Su cruz es una más en la serie de innumerables cruces en las que, en el Imperio romano, fueron crucificados bandidos de toda clase. Él es uno más entre los innumerables predicadores que derramaban toda clase de palabras.
Si nos detenemos en esa mirada, entonces podemos preguntarnos qué tiene Él que ver con mi vida cotidiana, con mi pregunta de si voy a someterme a una fecundación artificial o a coquetear con la mujer de otro, a decir alguna pequeña mentira o a falsear algún detalle en el trabajo. Lamentablemente, muchos cristianos se quedan detenidos en esa mirada. Esa mirada está de moda, porque el relativismo está de moda, no hay nada absoluto, y así sucesivamente. Al fin y al cabo, piensan algunos, Él mismo se comportó con modestia. Lavó los pies a sus discípulos. Fue comprensivo con quienes quebrantaron alguno de los grandes mandamientos, y así por el estilo.
Sin embargo, ¡Él es el Logos! Él es imagen del Dios invisible. En Él fue creado todo, en los cielos y en la tierra, lo visible y lo invisible, sean tronos, sean dominaciones, sean principados, sean potestades: todo fue creado por Él y para Él. Él es antes que todo, y todo se sostiene en Él. En Él está la Plenitud. Por Él, por su Sangre, todo ha sido reconciliado, tanto en la tierra como en los cielos. No hay realidad alguna que no esté impregnada por Él. Él lo abarca todo. Las cartas de Pablo están llenas de himnos a Cristo, que todo lo colma.
Es cierto, Él es una brizna de paja en el océano de la historia, pero al mismo tiempo es el Alfa y la Omega, no solo del océano, sino de todo el universo, y aún más allá y por encima. Los descubrimientos de hoy nos ayudan a unir esas dos realidades en una sola, a reconciliarlas.
En ese Crucificado y Resucitado vemos todo. La totalidad. Precisamente aquello hacia lo que tendemos de manera irresistible, porque nuestra mente (¡y todavía más, nuestro corazón!) está orientada a comprenderlo todo, lo más pequeño y lo más grande. Cristo es humilde. Precisamente su humildad, su pequeñez (¿Acaso de Nazaret puede salir algo bueno?) nos abre las puertas hacia lo más grande y lo más vasto. Nos resulta más fácil observar un solo cabello que penetrar en todas las leyes posibles e imposibles del universo y de todo el cuerpo. Lo pequeño está por debajo de nosotros, y lo grande nos sobrepasa de manera inconmensurable. Cristo se empequeñeció hasta lo mínimo para que pudiéramos abarcar lo máximo.
Precisamente ese es el remedio contra el relativismo edulcorado y el agnosticismo. El cabello, por insignificante que sea, es una realidad firme. La brizna de paja existe de manera real y, por ello, también absoluta. No podemos negarla de ningún modo ni eludirla. No podemos reducirla. Nos permite dar un pequeño paso orientado hacia la meta última. In my end is my beginning. ¡En mi fin está mi principio! Así lo expresa T. S. Eliot en Cuatro cuartetos, Little Gidding, V: unos versos que hablan de cómo todo final es también un comienzo, y de cómo cada frase, cada afirmación, es a la vez un final y un principio…
- Mladen Klanac
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