En ese silencio se produce un nuevo comienzo
El sonido, en sus distintas formas, es parte de nuestra vida. No se refiere solo a la música. Es un concepto más amplio que designa las muchas ondas invisibles que circulan por el aire y llegan a nuestro oído. Lo que nos entra por el oído nos cambia, nos transforma, penetra hondamente en nosotros.
Ruidos de toda clase: chillidos, crujidos, susurros, gritos, tictacs, zumbidos, gemidos, llanto, etcétera. La variedad de expresiones acuñadas para definir el sonido revela cuántos tipos e intensidades puede tener. Si nos detuviéramos tan solo un momento a determinar cuántos tipos de sonido oímos en un día, ni de lejos podríamos contarlos todos.
Y luego está la música que nos rodea mucho más de lo que pensamos. Nuestras vidas están impregnadas de una dimensión sonora. Sin embargo, a menudo no prestamos demasiada atención a este hecho. Parece que nuestro acercamiento al mundo que nos rodea es, ante todo, «visual», hecho de imágenes y colores. Los ojos se nos ven claramente en el rostro. Son de distintos matices y, como tales, son el espejo del alma; son la belleza del hombre y de la mujer.
Los oídos son más discretos. Están a los lados de la cabeza, a menudo escondidos bajo el cabello, y desde luego no son lo primero que vemos al fijarnos en una persona. Y sin embargo, los oídos, y su capacidad de captar el mundo exterior, son algo especial, quizá único. Tienen, en realidad, algo maravilloso. Son la puerta a ese mundo de vibraciones que entra en nosotros y se convierte en mensajes, sensaciones y toda clase de emociones.
Este universo aparte, que encuentra su cumbre en la música, y la capacidad del hombre de armonizar los sonidos, ha fascinado siempre a todos los pueblos. Es como si tras el acto aparentemente banal de escuchar se escondiera algo mucho más profundo. Lo más esencial. Como si tras la capacidad de gobernar una sucesión de sonidos se escondiera, de algún modo, un poder inmenso, casi invencible.
La historia de Orfeo nos abre nuevos horizontes en este camino. Una historia maravillosa que ha inspirado a poetas y músicos de todos los tiempos. Un paradigma del poder del canto y de la música. Orfeo, hijo de la musa Calíope, diosa de la hermosa voz, y de Eagro, el cazador solitario, recibe una lira como don de Apolo. El propio Apolo lo instruye en la música, y él comienza a errar tocando y cantando. Y el efecto de su música sobre quienes la escuchan tiene algo asombroso.
Según palabras de Séneca, «Al dulce canto de Orfeo se detiene el estruendo del torrente veloz, y el agua que pasaba, incapaz de proseguir su camino, perdió su impulso… el bosque inmóvil se meció llevando a los pájaros en sus árboles; y si alguno de ellos estaba en pleno vuelo, tocado al oír el dulce canto, perdió las fuerzas y cayó… las Dríadas (ninfas inmortales del bosque), saliendo de sus robles, corrieron hacia el cantor, e incluso las fieras salieron de sus guaridas atraídas por el melodioso canto».
Cuando Orfeo toca, todo se serena, cesan las preocupaciones, desaparecen los miedos, llega enseguida la paz. El poder de su música es inmenso. Quien la escucha queda hechizado, incapaz de resistirse a ella: esa armonía transforma profundamente su alma.
Todos hemos sentido, al menos una vez, dentro de nosotros esa fuerza reconciliadora de la música.
Hace algunos años entré por casualidad en la basílica de Sainte Marie-Madeleine, en Vézelay, en Borgoña. Obra maestra de la arquitectura románica, convertida después al gótico en el siglo XII, se presenta a la vista con su fachada majestuosa, la misma, aunque reformada en los siglos posteriores, ante la cual se detenían los peregrinos medievales que cruzaban las «colinas eternas» para llegar hasta allí.
Cuando entré, las altas naves de la catedral se abrieron ante mí en un silencio pleno y denso, acentuado por el hecho de que mis ojos necesitaron algún tiempo para acostumbrarse a la oscuridad repentina y a la suave luz que penetraba oblicuamente por los altos ventanales. Sin embargo, lo que cambió profundamente mi estado de ánimo fue escuchar el canto de los monjes benedictinos que llegaba desde el coro, al fondo de la nave. Cantaban los salmos del oficio divino, con melodías gregorianas lentas y perfectas. Fue como si algo entrara en mí y, poco a poco, desapareciera la inquietud. Como si el latido, el ritmo de la vida, se ralentizara de pronto, abriéndose a alguna experiencia lejana, alejada de la vida cotidiana.
Quienes escuchaban la música de Orfeo vivían una experiencia semejante. Su corazón encontraba la paz y no podían resistirse a ese sosiego del corazón.
Una de las principales características de la música, que describe todo su poder, es precisamente esta: que no se puede resistir a su belleza. Uno queda como hechizado por ella, atrapado en una especie de encantamiento (incantesimo), palabra que, da la casualidad, conserva en sí ese «cantar» (cantare) que el propio Orfeo enseñaba.
El gran poeta alemán Rainer Maria Rilke, en los Sonetos a Orfeo, describe mejor que nadie lo que significa quedar dominado por las notas: «Se alzó un árbol. ¡Oh, pura elevación! / ¡Orfeo canta! ¡Oh, alto árbol en el oído! / Y todo calló. Mas hasta en ese silencio / se produjo un nuevo comienzo, / señal y mudanza. / (...) les erigiste un templo en el oído».
Todo calló. El silencio es condición necesaria para toda escucha, pero también es efecto de la belleza que hechiza de la música. Como condición, representa la espera, el silencio antes de que comience un concierto, un acto de confianza que ofrecemos a quienes tenemos delante y que pronto empezarán a tocar. Como efecto, es acaso más profundo y más denso todavía. Es el silencio que se extiende cuando la música empieza y que se va haciendo más pleno a medida que la música penetra en nosotros. No es un silencio absoluto, sino la actitud callada de quienes, envueltos en la armonía sonora que los rodea, dejan que penetre en ellos, olvidando todo lo que los rodea.
Todo calló. Incluso ahora todo calla, en este extraño tiempo de relaciones a distancia. Un tiempo de silencio forzado que puede volverse fecundo, si se convierte en un silencio lleno de espera, o en un silencio que contribuye a la belleza que se revela ante nosotros.
Traducido de Ossevatore Romano
- Mladen Klanac
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