Mi hijo me pidió que lo llevara a la iglesia: «para ver si Dios estaba allí»
Mary Karr (Groves, Texas, 1955), escritora y poeta, autora del conocido libro Art of Memoir (2015).
Sobre la importancia de contar historias y su experiencia de conversión.
Durante los primeros cuarenta años de mi vida fui atea, y por eso siempre me sentí como una especie de bruja en cualquier iglesia a la que me arrastraran los vecinos cuando era una niña pequeña.
Crecí en circunstancias familiares difíciles, con padres alcohólicos y ateos convencidos, pero los libros que tenía de algún modo me salvaron, conectándome así, a través de la narración, con otros que sufrían. No creía en Dios, pero una parte de mí realmente pensaba que las historias eran posibles y verdaderas. Esas historias me daban esperanza cuando apenas era visible.
Era muy sensible y me encantaba aprender, pero era voluble y llorona. Vivía en un barrio peligroso. Varias veces recibí golpes, hasta que mi padre me animó a empezar a defenderme si alguien me atacaba. Todavía me parece oír a la señora Perry agitando los brazos desde su porche, gritando: "Serpientes y lagartos salen de tu boca, Mary Karr." Pero, cuando le respondía que no me importaba lo que dijera, sé que mentía.
Mis padres no eran unos monstruos. Yo los quería y ellos me querían a mí, lo mejor que sabían. Pero ambos luchaban contra terribles demonios: los de mi padre eran quizá los de la Segunda Guerra Mundial; los de mi madre, los dos hijos perdidos y los más de cinco maridos que tuvo. No conocí estos hechos hasta que cumplí veinte años. Ambos bebían para olvidar el dolor terrible. Era un hábito que solo los confundía y deprimía todavía más.
Los cristianos usan a menudo relatos bíblicos para excluir precisamente a las personas que Jesús más quiere que acojamos. De niña, asociaba esa religiosidad de mis vecinos, siempre reprochando algo, con toda religión - incluso con Dios, con Jesús y con todo lo demás que ello conlleva. Así que, de forma refleja, rechazaba cualquier relato de fe. Y precisamente cuando más necesitaba su ayuda
Una vez fui a misa con una amiga del colegio y me encontré ante la estatua de María, que era tan serena y perfecta. Eso me hacía pensar que ella, tal como yo era, seguramente me despreciaría. Pero el cuerpo masacrado clavado en la cruz - eso sí me parecía real. Sencillamente no podía mirar a Jesús crucificado sin sentir como si algo me oprimiera. Por supuesto, no pensaba que él fuera a resucitar de entre los muertos. Ningún ser humano clavado en una cruz así puede levantarse y preparar una barbacoa en la playa para sus amigos. Imposible. Ni hablar.
Nos contamos historias unos a otros para poder vivir, escribió la escritora estadounidense Joan Didion. Así, toda gran obra literaria comienza con un ser humano - en la soledad de su viaje - que quiere salir de sí mismo y encontrar a otra criatura que piense como él. Hoy ese honor corresponde a las nuevas tecnologías - fotografías, películas y vídeo, los medios.
Pero en el centro de cómo nos conocemos unos a otros – está grabada e integrada en nuestro código humano - la narración.
Cuando era una madre joven y empecé a escribir, el hecho de que bebiera y consumiera drogas empezó a destruir la vida de mi hijo. Para dejar de beber, me enviaron a un centro de tratamiento, donde había otros alcohólicos y drogadictos que parecían idiotas y perdedores. No eran personas con las que quisiera relacionarme. A pesar del rechazo que mostraba hacia ellos – empecé a escuchar. El resultado fue mágico. Cada rostro empezó a brillar, abriéndose como un girasol. ¡Cuántos problemas tenían todos!
El doctor John Avery, especialista en adicciones de un hospital neoyorquino de Manhattan, me dijo después que el consuelo que empecé a sentir tiene una base fisiológica. Cuando escuchamos las historias de las personas - especialmente de aquellas con quienes hemos compartido destinos similares - liberamos una hormona llamada oxitocina, que crea una sensación de conexión con los demás. De hecho, la oxitocina es lo que segregan las madres al amamantar. Nos ayuda a conectarnos y a sentirnos menos solos.
Y en medio de la búsqueda de una comunidad entre personas sobrias, con cierta sensación de paz en el pecho, mi hijo me pidió que lo llevara a la iglesia - "para ver si Dios estaba allí ". Tenía entonces ocho o nueve años. Amigos, qué loca y extraña me sentía yendo a misa a la iglesia: una mujer divorciada, ex adicta a las drogas en medio de todas esas familias tan compuestas. No conocía las reglas - cuándo levantarse y qué decir. Mi hijo se fue adelante y yo me quedé sentada atrás con un montón de deberes que tenía que corregir (al fin y al cabo, no soy más que una maestra).
Y entonces sucedió algo muy extraño. Durante la oración de los fieles, la gente empezó a decir sus peticiones personales. Estaba bastante ensimismada y no veía ningún rostro, pero podía oír cada voz. Una mujer joven dijo con voz temblorosa: " rezo por la operación por el tumor de nuestro hijo", y el coro respondió: "¡Señor, ten piedad!". La mano de una mujer, en el banco de detrás, descansaba sobre el hombro de la madre. De repente me encontré con un nudo en la garganta.
Escuchando las sencillas esperanzas y temores de aquella gente, sentí cómo la dura coraza en torno a mi corazón se derretía lentamente. Oí pequeños fragmentos de historias bellas y nobles, contadas por personas que aún no conocía. No me conmovió la liturgia solemne – eso llegó muchos años después. Eran los corazones de personas vueltas hacia su prójimo, y al final también hacia mi hijo y hacia mí. Sus historias me llevaron a las Sagradas Escrituras y – finalmente - al bautismo.
El Espíritu Santo volvió a escribir mi vida. Mi hogar de la infancia no fue solo un lugar cruel cuya brutalidad me traumatizó hasta el punto de destruirme, aunque eso sea en parte cierto. Fue también un lugar que se me dio para ejercitarme en el amor paciente y disponible hacia mis padres. Ese amor que fue sembrado en mi corazón incluso mientras estaba en el vientre de mi madre.
- Mladen Klanac
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