En mí está profundamente escrita la ley: ¡darse!
No temerás el terror de la noche,
ni la flecha que vuela de día,
ni la peste que se desliza en las tinieblas,
ni la epidemia que devasta a mediodía (el azote del mediodía).
Sal 91, 5-6
Sépase que el pecado puede ser no actuar, no saber, no ver lo que hay que hacer; en definitiva, no ocuparse de nada. Este es, literalmente, el sentido de la palabra acedia, un problema reconocido desde hace siglos y que todavía hoy nos aflige.
Karl Menninger
Una generación incapaz de soportar el aburrimiento, será una generación de hombres pequeños, indebidamente apartados de los lentos procesos de la naturaleza, hombres en quienes todo impulso vital se marchita poco a poco, como flores marchitas puestas en un jarrón.
Bertrand Russell
Existe un estado espiritual que es reacción a nuestros traumas, causa y consecuencia de nuestros pecados y debilidades. Lo llamamos acedia. Puede colarse en nuestros hogares y relaciones familiares, en nuestras iglesias y sacristías, como un gusano espiritual. Hay tres tipos de acedia.
El primero es una cierta amargura de ánimo que no puede satisfacerse con nada alegre ni sano. Se alimenta de repugnancia y odia el trato humano, se inclina a la desesperación, la desconfianza y las sospechas, y a veces se ve abatida por una tristeza sin motivo.
El segundo tipo es una cierta pereza indolente que ama el sueño y todas las comodidades del cuerpo, huye de todo lo que es difícil, desfallece cuando tiene el trabajo por delante y disfruta de la ociosidad. Esta es la pereza propiamente dicha.
El tercer tipo es el hastío en las cosas que pertenecen solo a Dios, mientras se permanece activo y de buen ánimo en las demás ocupaciones. La persona que padece esto reza sin entrega, apresura las oraciones y piensa en otras cosas para no aburrirse demasiado.
El demonio de la acedia está estrechamente ligado al demonio de la tristeza; para los padres orientales, como Evagrio Póntico, es el pariente más cercano de la envidia. En efecto, la acedia, igual que la tristeza, nos arrastra hacia abajo. Es un vaciamiento del ser que nos exige entrar en una dura lucha, que no debemos banalizar.
En efecto, según Evagrio Póntico y toda la escuela del monacato oriental, es el demonio más difícil de combatir. Es un demonio destructivo y sumamente persistente, pero, una vez vencido, permite que entre en el alma una paz inefable.
El término acedia procede del griego achedos, que significa desprovisto de cuidado, mientras que chedos significa celo, dedicación, esfuerzo, trabajo, cuidado. La acedia se manifiesta como una inestabilidad que hace a la persona incapaz de mantener una relación equilibrada con el espacio y el tiempo - «una desidia espiritual». Se trata de quien ya no se preocupa por nada, de quien huye de cualquier tipo de esfuerzo. El demonio de la acedia es un demonio de la inmovilidad, una forma de parálisis, acompañada de aflicción, nostalgia, desorden, repugnancia hacia la vida, aburrimiento, desánimo, pereza, somnolencia, melancolía, náusea, tristeza y falta de entusiasmo y motivación. Así, la persona desciende poco a poco hacia la mediocridad. Quienes padecen acedia encuentran un esfuerzo permanecer a solas en su propia habitación, no logran habitar su propio cuerpo (habitare secum) y tienen la impresión de que el tiempo pasa con una lentitud insoportable.
La acedia es la incapacidad de perseverar. No es solo el no hacer, como la ociosidad, que también es fruto de la acedia, sino el no hacer aquello que se debería hacer. La acedia hace que aplacemos las cosas importantes. Nos dice: todo es en vano; nos quedamos atascados en asuntos tediosos y aburridos, aplazando sin fin lo que deberíamos hacer. Quienes se encuentran en este estado se convierten fácilmente en víctimas de diversos temores (por ejemplo, el miedo a la enfermedad, más imaginario que real) y se vuelven ineficaces en su trabajo, intolerantes, impacientes con los demás, incapaces de controlar los pensamientos que inundan su mente y los hunden en un profundo desánimo e insatisfacción consigo mismos, llevándolos a preguntarse si acaso todo lo que han hecho en la vida ha sido un error.
Evagrio escribe: «La acedia hace que el sol parezca lento o incluso inmóvil, y que el día parezca durar cincuenta horas.» En resumen, el aquí y ahora se vuelve insoportable. Solo y enfrentado consigo mismo, bajo el sol del mediodía, la persona ya no puede ver ni oír; ya no se soporta a sí misma. Su salvación ilusoria está en la huida: «cuando lee . . . bosteza copiosamente y cae fácilmente en el sueño. Se frota los ojos y estira los brazos. Sus ojos se apartan del libro. Mira fijamente la pared y luego vuelve a la lectura por un instante. Después pierde el tiempo entretenido con el final de las palabras, cuenta las páginas, calcula cómo se compuso el libro, encuentra defectos en la escritura y en el diseño. Al final simplemente lo cierra y lo usa como almohada. Luego se duerme, no muy profundamente, porque el hambre pronto despierta su alma y comienza a ocuparle la mente.»
Se siente uno exhausto con solo pensar en hacer ciertas cosas. Es una aversión a cualquier sana urgencia. Esta postergación hace que se nos acabe el tiempo para hacer el bien y que se eche a perder incluso el bien que ya tenemos en las manos. La acedia va de la mano con la insatisfacción perpetua, el pesimismo y el aburrimiento (aburre orar, aburre el tiempo de recogimiento, aburre leer libros provechosos).
Muchas personas hiperactivas tienen el espíritu de la acedia, porque hacen muchas cosas, pero no las que deberían hacer por oficio o por deber. El espíritu de la acedia nos agota precisamente en aquellos deberes cotidianos, objetivamente importantes y sencillos, que se repiten. Por eso a la persona con este espíritu le resulta muy difícil perseverar en sus obligaciones.
En la raíz de la acedia hay una pereza espiritual, una insatisfacción que hierve constantemente por debajo, asuntos sin terminar, un estado de murmuración, de hablar contra los demás; se queja de todo, habla mucho y hace poco, o hace mucho de lo que no debería hacer.
Resulta especialmente interesante considerar la analogía entre el fenómeno de la acedia, que ataca sobre todo hacia el mediodía («el demonio del mediodía»), y la crisis de la mediana edad, que suele darse entre los treinta y cinco y los cuarenta y cinco años. Parece existir una base biológica detrás de la sensación de ansiedad, las preguntas angustiosas y la falta de entusiasmo en las personas que rondan el final de la treintena. Quienes atraviesan una crisis de la mediana edad y quienes padecen acedia pueden experimentar reacciones similares: negación, represión, autodesprecio, obsesión por el poder, rigidez legalista, depresión, tendencia a comer y beber en exceso, y embotamiento.
¿Cuáles son los signos típicos de este demonio?
- Un miedo excesivo a cualquier obstáculo, una absolutización de cada problema, de modo que todo se vuelve dramático. Dramatizar es un estado típico de la acedia.
- Además, es una aversión a todo lo que exige esfuerzo y una búsqueda constante de atajos en la vida, la actitud de que el esfuerzo siempre puede evitarse; así nos alejamos física y espiritualmente, y dejamos de vivir nuestras obligaciones como propias, de modo que ya no nos ayudan a crecer ni a madurar.
- El fruto podrido de la acedia es la incapacidad de resistir a las tentaciones, es decir, la persona abre de par en par la puerta a las tentaciones y a los pecados. La acedia ahoga nuestra resistencia y nos lleva a un modo de vida ingenuo, a una espiritualidad sin lucha: «venceré este pecado cuando yo decida hacerlo, lo tengo todo bajo control». Pero eso no funciona así en el mundo real, y como consecuencia dejamos de luchar y vivimos en el pecado.
- La acedia es una propensión a perder el tiempo y la concentración, y una incapacidad de perseverar en las cosas buenas. Voy tirando así hacia adelante, y que sea lo que sea. El demonio de la acedia es un demonio errante, nunca tiene prisa por la conversión, roba la introspección y el buen juicio — y conduce a una vida de doble cara. La acedia afronta la realidad de la vida solo superficialmente.
Salir de la acedia es muy sencillo. Mientras que los demás demonios, o pecados capitales, se vencen tras una larga lucha, la acedia cede ante las palabras del hijo pródigo: «Me levantaré e iré a mi padre.» Desaparece en el instante mismo del movimiento. El Espíritu de Dios está en lo que se pone en marcha. Se vence aceptando los límites que marcan la existencia humana, a saber, el paso del tiempo y la mortalidad (los padres monásticos recomendaban practicar la memoria mortis), asumiendo la responsabilidad de nuestro pasado y aceptando las propias limitaciones e imperfecciones. La perseverancia, la paciencia (que es el arte de vivir con lo que está incompleto), la oración, vivir una vida centrada en las relaciones, implicar el cuerpo en un trabajo físicamente exigente, y buscar ayuda (los padres monásticos aconsejan buscar un «padre espiritual»). Evagrio da el siguiente consejo: «Ponte una medida en todo lo que hagas.» Dicho de otro modo: organiza tu tiempo, fíjate un horario y asume la responsabilidad de tu propia vida.
Como explica Tomás de Aquino, la virtud que se opone a la acedia es la caridad; o, más concretamente, la acedia se opone al gozo, que es uno de los efectos de la caridad. Los efectos de la caridad son el gozo y la paz. La inclinación del amor produce lo que Tomás llama una «connaturalidad mutua», por la cual quienes se aman se llevan el uno al otro en el corazón. Quien ama lleva al amado dentro de sí, no solo en sus pensamientos, sino sobre todo en su afecto. A eso nos referimos cuando decimos que llevamos a alguien en el corazón.
Pidamos al Señor el don del celo, del ardor. Pidamos al Señor, en estos últimos días de Adviento, un espíritu de vigilancia celosa. Para vivir el celo por Cristo y por el prójimo es necesario recibir el perdón y la misericordia. Hay un viejo principio: Nemo dat quod non habet - nadie puede dar lo que no tiene. Yo soy quien recibe para poder dar. En mí está profundamente escrita esta ley: ¡darse! Y yo quiero seguir dándome y dándome, pero no puedo hacerlo si no recibo. Yo lo recibo todo. También a mí mismo. Y yo mismo me he sido dado a mí.
El papa Francisco nos invita: «Pongámonos, pues, en camino para redescubrir la pasión por la evangelización, partiendo de la Sagrada Escritura y de la enseñanza de la Iglesia, para extraer de la fuente el ardor apostólico». (Cf. Audiencia general del 11 de enero de 2023.) Si miramos la vida de Cristo, vemos que en primer lugar está la intimidad con el Padre, la oración, por la que Jesús se levanta temprano, todavía de noche, y va a orar a lugares solitarios para hablar con el Padre. Es precisamente en esa relación, en la oración que lo une al Padre en el Espíritu, donde Jesús descubre el sentido de su misión: dar la vida. (cf. Audiencia general del 18 de enero de 2023.)
El Papa pone el ejemplo de la vida de santa Teresa de Lisieux, su extraordinaria pasión por la evangelización y su ardor apostólico. Teresa es patrona de las misiones aunque nunca salió del convento; con sus oraciones acompañó las misiones «desde bambalinas», sin salir de la clausura, como un motor oculto que, sin embargo, mueve todo el vehículo. Sin embargo, a menudo encontró incomprensión por parte de sus propias hermanas: de ellas recibía «más espinas que rosas», pero lo aceptaba todo con amor, con paciencia, ofreciendo, junto con su enfermedad, también los juicios e incomprensiones que sufría. Y lo hacía con alegría, por el bien de la Iglesia, para que, como ella decía, se «esparcieran rosas» sobre todos, y especialmente sobre quienes se habían alejado de Dios.
Se pregunta de dónde brota todo ese ardor, esa fuerza misionera y esa alegría de intercesión. Dos episodios anteriores a la entrada de Teresa en el convento nos ayudan a entenderlo. El primero se refiere al día que le cambió la vida, la Navidad de 1886, cuando Dios obró un milagro en su corazón. Al volver de la misa de medianoche, en aquella noche de Navidad en la que Jesús, por amor, se hizo débil, ella se volvió fuerte de espíritu: en solo unos instantes salió de la cárcel de su propio egoísmo y autocompasión; comenzó a sentir que «el amor entraba en su corazón» y que debía «olvidarse de sí misma» (cf. Manuscrito A, 133-134).
Desde entonces orientó su celo hacia los demás, para que encontraran a Dios, y en lugar de buscar consuelo para sí misma, decidió «consolar a Jesús, hacer que las almas lo amaran», porque —dice ella— «Jesús está enfermo de amor, y la enfermedad de amor solo se cura con amor» (Carta a Marie Guérin, julio de 1890). He aquí, pues, su resolución de cada día: «trabajar para que otros amen a Jesús» (Carta a Celina, 15 de octubre de 1889); «quisiera salvar almas y olvidarme de mí misma por ellas: quisiera salvarlas incluso después de mi muerte» (Carta al P. Roulland, 19 de marzo de 1897). Dijo más de una vez: «Pasaré mi cielo haciendo el bien en la tierra».
Ese ardor suyo estaba dirigido, ante todo, a los pecadores, a los «alejados». Lo revela un segundo episodio. Teresa se enteró del caso del criminal Henri Pranzini, condenado a muerte en la guillotina, que no quería recibir el consuelo de la fe. Teresa sintió celo por el alma de aquel hombre y comenzó a rezar por todos los medios por su conversión, para que mostrara aunque fuera una pequeña señal de arrepentimiento y se abriera a la misericordia de Dios (sabía que había rechazado la visita de un sacerdote). La sentencia de muerte se ejecutó, y al día siguiente Teresa leyó en un periódico que Pranzini, justo antes de poner la cabeza en la guillotina, «como impulsado por una inspiración repentina, se volvió, agarró el crucifijo que el sacerdote le mostraba y besó tres veces las santas llagas» de Jesús.
Kiko Argüello escribe en sus Catequesis: si tienes celo, celo por los demás, amor a la Iglesia («el celo de tu casa me devora»), ese amor, ese celo, ese fuego, te hacen inocente. La inocencia te convierte en una ofrenda agradable a Dios, que te escucha y te atiende. Del celo nace la inocencia, de la inocencia el sacrificio ritual, del sacrificio ritual el dominio de sí mismo, del dominio de sí mismo la santidad.
- Mladen Klanac
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