Un mundo feliz
Huxley tomó la expresión un mundo feliz, de la obra de Shakespeare La tempestad, para titular su novela futurista, en la que retrata una humanidad «perfecta» que ya no necesita la misericordia ni el amor. Basta con una técnica perfecta y una genética exitosa.
Todo es estéril, utilitario y ajetreado, la vida es placentera, no hay enfermedad, emociones, dolor, sufrimiento ni coacción. La diversión y la mentalidad consumista florecen, todas las actividades son colectivas y la promiscuidad sexual es deseable. La sexualidad está separada de las emociones y de la intimidad, conforme al lema todos pertenecen a todos. Todos están siempre juntos, pero los individuos son insensibles y atomizados, por lo que la verdadera comunión no existe.
Los ciudadanos son modificados genéticamente – de las incubadoras salen seres humanos estandarizados, grupos de idénticos. Desde el principio, los individuos pertenecen a una casta determinada; los de rango más alto son los Alfas (futuros intelectuales o administradores) y los de rango más bajo los Epsilones, que realizarán trabajos simples para los que no se necesita inteligencia. Mediante la hipnopedia se les inculcan mientras duermen breves nociones de educación sexual y de conciencia de casta: más vale tirar lo viejo que arreglarlo, me encanta comprar ropa nueva… A los niños se les inculca desde pequeños todo lo necesario para cumplir su papel predeterminado: Cien repeticiones, tres noches por semana, durante cuatro años… Sesenta y dos mil cuatrocientas repeticiones forman una verdad. El objetivo es que lleguen a amar su inevitable destino social.
Dicen los expertos que Shakespeare, en la citada obra – su última, más breve y mejor pieza, La tempestad – ajustó cuentas consigo mismo. La obra transcurre en tres horas y abarca simbólicamente tres tiempos: pasado, presente y futuro. Las tres horas que los enemigos de Próspero pasaron en su isla tuvieron para ellos un papel transformador. El pecado del pasado les fue perdonado en solo tres horas, y así prosiguieron su camino hacia el futuro. En el centro del drama está, como suele ocurrir en Shakespeare, su majestad – la conciencia.
La tempestad es hoy enormemente actual. En ella se aborda la problemática de la ecología, la genética, la sociedad perfecta, el poder, el mesianismo terrenal, la familia, el amor, los géneros, etcétera. Shakespeare dice abiertamente que todo terminará en desesperación si no aceptamos todos la ley de la conciencia y la lógica de la oración, del perdón mutuo y de la misericordia de Dios.
Próspero, el protagonista, que es el propio Shakespeare, es un hombre de letras. Como no le importaban los asuntos de gobierno que por deber le correspondían, cede el poder a su hermano y por ello es desterrado a una isla desierta con su hija Miranda (la que ha de ser admirada), una joven de corazón noble, generoso y bueno. Tras doce años en la isla desierta, alcanza la iluminación de que al mundo no puede salvarlo ni la filosofía, ni la magia, ni el oficio/la técnica, ni el teatro/el arte, sino solo la ferviente oración por el perdón y la misericordia de Dios. Escuchemos lo que, al final, Próspero dice al público: Pronto llegará mi final, / si no me salva la oración santa, / tan penetrante que puede alcanzar / la misericordia misma de Dios, / que nos libra a todos de nuestras faltas. / Como vosotros quisierais que os / fuesen perdonados todos los pecados, / perdonadme también a mí con vuestra bondad.
Próspero también perdonó a su hermano, que lo arrojó a un amargo destierro, y a su rival, el rey de Nápoles, que lo traicionó. Entregó a su única hija al hijo de este. Su amor fue un punto de inflexión. Fue el motivo y el fuego que quemó todas las «faltas».
En la obra, Miranda, la hija de Próspero, dice en su arrebato de prometida: ¡Oh, maravilla! / ¡Cuántas criaturas hermosas hay aquí! / ¡Qué bella es la humanidad! / ¡Oh, mundo feliz, donde tales / hombres viven! El nuevo mundo con el que sueña Gonzalo, el consejero de Próspero, quiere que el mundo vuelva a ser como fue al principio en el jardín del Edén. Él imagina que todo sea común en el nuevo mundo, donde la gente no conozca la violencia y viva en paz y felicidad. Hacia esa vida y ese lugar aspira Gonzalo.
Es interesante saber que, en su día, nuestra Edita Majić participó en una representación de esta obra. Dejó el mundo del teatro, el glamur de la actuación, y se trasladó a un convento carmelita en Ávila. Ahora ora fervientemente por todas las personas de las letras, la técnica, el arte y el poder, para que se abran a la misericordia de Dios, que saca del caldero del error, la decepción y la desesperación.
Edita Majić, y todos los que han conocido el amor esponsal de Cristo y la misericordia de Dios, saben que el mundo feliz nace de una conciencia purificada de las obras muertas. Por la oración del Padrenuestro.
- Mladen Klanac
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