Toda mujer está llamada a ser madre
«¡Gracias, mujeres que también sois madres! Habéis dado cobijo dentro de vosotras a seres humanos en una experiencia única de alegría y de sufrimiento.»
Con este mensaje, que dirigió a las mujeres de todo el mundo en señal de su gratitud y solidaridad, san Juan Pablo II expresó tres verdades fundamentales sobre la maternidad: Toda mujer está llamada a ser madre, la madre es quien cobija a los seres humanos, la maternidad es alegría y sufrimiento.
El Día de la Madre está dedicado, en un sentido más amplio, a todas las mujeres, porque cada mujer lleva en sí la capacidad única del amor materno y de la entrega total de sí misma, que está llamada a realizar en sus relaciones con los demás.
Toda mujer está llamada a ser madre. La mujer es, por naturaleza, madre. Madre en el sentido de entrega y de orientación hacia el otro. En el núcleo de la identidad femenina se encuentra la necesidad de un cuidado materno hacia los demás. Esta es la sugerencia más consistente que se desprende de las investigaciones científicas sobre la personalidad de la mujer. La mujer, en su esencia, tiene la necesidad de expresar de algún modo el amor materno hacia otras personas, sean o no sus hijos biológicos. Vivimos en una sociedad en la que, de manera vil pero sutil, se intenta erradicar la maternidad del ser femenino. Se atribuye una connotación negativa a la inclinación natural de la mujer hacia la maternidad. El peligro de esto radica en que degrada la identidad femenina, de modo que aquello que por naturaleza está más profundamente arraigado en la mujer se considera una carencia que la limita en su actuación dentro de la sociedad. Con ello se ignora el hecho de que es precisamente la capacidad de la mujer para dar la vida y cuidarla con su amor materno lo que permite la supervivencia de la sociedad, y lo que hace de la mujer un ser tan sublime. Por eso es necesario recordar qué significa verdaderamente ser madre:
La madre es quien cobija a los seres humanos. La palabra cobijar es de origen griego, y en el Antiguo Testamento designaba el velo con el que Moisés cubría el resplandor de la gloria divina que se reflejaba en su rostro tras su encuentro con Yahvé. La madre es la mujer que cubre, protege y cobija el resplandor de la «gloria divina» en la Tierra. La madre biológica cobija de manera literal al ser humano en su vientre, y toda mujer está llamada, de un modo especial, a cobijar con su cuidado materno aquello «divino», sublime, que hay en el hombre – su dignidad inalienable y su libertad. Con esto se expresa también el extraordinario poder de la mujer. La mujer, con su fuerza vivificadora, desempeña un papel fundamental en la restauración de un mundo herido, en la construcción de una cultura que cultive la grandeza de cada ser humano, tal como se manifiesta en su dignidad intrínseca.
La maternidad es alegría y sufrimiento. Aparentemente contradictorio, el sufrimiento se halla en el mismo núcleo de la alegría. Todo lo que tiene un sentido profundo nace del sufrimiento. Todo lo que verdaderamente vale la pena en la vida requiere, en cierto sentido, esforzarse y sufrir. Pero si el sufrimiento tiene un propósito y un sentido, por intenso y prolongado que sea, siempre engendra alegría, porque es fecundo. La maternidad es un ejemplo extraordinario de la profunda conexión entre la experiencia del sufrimiento y la alegría. En la Declaración sobre la Mujer de la Alianza Mundial de la Juventud se afirma que «la mujer es única en su capacidad de amar, y así puede, de un modo radical, experimentar la libertad a través del don de sí misma». El verdadero don de sí es un acto radical de constante y penoso desprendimiento de los deseos egoístas del «propio yo», que tiende a la comodidad superficial, y de adhesión a aquello que permitirá un servicio más pleno y entregado al otro. Cuando la mujer comprende que precisamente a través del don de sí ha descubierto su capacidad única de amar y ha experimentado la verdadera libertad, sus sufrimientos por entregarse a sí misma se vuelven insignificantes en comparación con la alegría que la invade cuando siente que cumple el propósito de su existencia.
La grandeza de la vocación materna se revela en toda su plenitud en el designio de Dios para la salvación del género humano. Precisamente por la maternidad de una mujer, Dios se hizo semejante al hombre y, venciendo la muerte, redimió a la humanidad. La Santísima Virgen María es el arquetipo de la mujer y la madre perfectas. En su figura se unen el misterio de la maternidad y el de la redención. Por medio de María, Dios nos muestra la vocación original de la mujer a la maternidad espiritual y/o corporal.
María fue la mujer que fue digna de cubrir en su perfecta plenitud la gloria divina en este mundo, llevando al mismo Dios en su vientre. Así, por la maternidad de María queda velado el reflejo de esa gloria divina original que se halla en todo ser humano. Por esto, en María queda plenamente consagrada la vocación materna cuyo germen se encuentra en toda mujer. Por eso es representada también María en el arte como el Hortus Conclusus – el Jardín Cerrado del Cantar de los Cantares: «Jardín cerrado eres, hermana mía, novia; fuente cerrada, manantial sellado». Ella es la unión entre la tierra y el cielo , el cuerpo y el alma, un espacio cercado del valor más sublime, el lugar más sublime - un jardín en el que floreció la flor más hermosa – el Consolador del mundo, como lo llamó Bonaventura Duda. Por eso es un jardín sellado, un lugar protegido y seguro convertido en locus amoenus – el lugar más bello y agradable.
Por último, María se convirtió en corredentora al vivir el sufrimiento junto a su Hijo. Ninguna mujer ni madre ha experimentado un dolor como el que experimentó la Santísima Virgen María al contemplar el sufrimiento de su Hijo. Pero tampoco ninguna mujer ha experimentado una alegría como la que experimentó la Santísima Virgen María al contemplar su gloria y su resurrección. En María está profundamente arraigada la experiencia del sufrimiento de la cual nace una alegría indescriptible. María, como mujer entre las mujeres, madre entre las madres, se convierte en ejemplo de una unión perfecta con el Señor, que se manifiesta en la entrega total y en la sencillez de la vocación materna.
- Mladen Klanac
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