Odiseo: Yo soy tu padre, aquel al que tanto anhelas / Telémaco: He sido yo quien se equivocó, no otro
Presentamos la historia de Telémaco y Odiseo, de un padre y un hijo, de dos personas que aprendieron de sus propios errores. Presentamos también la experiencia de Massimo Recalcati, psiquiatra italiano que más ha escrito sobre Telémaco y Odiseo, sobre la necesidad del hijo de tener un padre y la necesidad del padre de tener un hijo. Nos comparte su experiencia con su propio padre, su ausencia y lo que heredó de él.
Todos hemos sido Telémaco al menos una vez, hemos mirado al menos una vez el horizonte del mar, esperando que desde allí alguien o algo regresara a nosotros, viniera hacia nosotros y nos devolviera la fuerza para vivir. El Telémaco de hoy son los jóvenes en estado de extrañamiento: sin un futuro claro, destruidos por dentro, sin perspectivas, sin experiencia auténtica, sin deseo, esclavos del goce, desempleados, inseguros. Nuestros hijos no heredan un Reino, sino un cuerpo muerto, una tierra agotada, una economía destruida, una deuda ilimitada, falta de trabajo, y carecen de un horizonte vital. Nuestros hijos están agotados.
Telémaco era un hijo querido, hijo único del rey de Ítaca, Odiseo, y de Penélope. En sentido literal, la palabra Τηλέμαχος significa «el que combate a lo lejos» o quizás, de manera más libre, «el que combate en la larga distancia», expresión muy gráfica de la maduración existencial del ser humano, que no ocurre en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, sino que supone un proceso largo, exigente, arduo, y a veces problemático y arriesgado, con mucho compromiso y dedicación personal por parte de quienes lo rodean, tanto de cerca como de lejos. En realidad, Telémaco es en el fondo un huérfano que no recuerda a su propio padre, porque este lo dejó siendo un bebé cuando partió a la guerra de Troya.
Telémaco, ya bastante crecido, ha aprendido que quedarse sentado, llorando y esperando que alguien venga a salvarlo no resuelve nada. En un momento dado, reconoce que debe asumir la responsabilidad de sus propios actos: descubre su condición de hijo. Odiseo, por su parte, también debe aprender que no siempre es el mejor, el más astuto ni el más sabio. Descubrimos que en un momento calla – ese «momento de gracia» – es su mayor hazaña. En ese instante quizá descubre lo más importante para sí mismo: su paternidad.
A diferencia del padre, Odiseo, la madre, Penélope, estuvo junto a su hijo durante toda su infancia e incluso su juventud. Πηνελoπεῖα es, según todo indica, un acuñamiento de las palabras πήνη = tejido y λέπειν = deshacer, desgarrar, y alude a la manera en que Penélope engañaba a los pretendientes, prometiendo casarse con uno de ellos en cuanto terminara de tejer un sudario para su anciano suegro. Lo que tejía de día lo deshacía de noche, y de este modo fue postergando durante tres años enteros su decisión definitiva sobre el matrimonio, hasta que finalmente la traicionó una sirvienta. Por su aspecto exterior, pero también por su interioridad, por su palabra y su comportamiento, por su actitud pública y privada, y sobre todo por las posturas que se pueden leer en la Odisea, Penélope era muy sabia, inteligente y prudente, una hermosa princesa espartana que encarnaba la fidelidad conyugal. A los pretendientes los percibía como quienes atentaban contra su honor, el de su esposo, su hogar, su hijo, sus parientes y sus sirvientes.
Al comienzo del poema, hace ya veinte años que Odiseo está ausente y nadie sabe si está vivo o muerto, si Penélope sigue siendo esposa o ya es viuda, si Ítaca tiene rey o necesita uno nuevo. Telémaco – a quien Odiseo dejó siendo recién nacido cuando partió a luchar a Troya, y que ahora es un joven de veintitantos años criado por una madre sola – debe aprender de algún modo a ser un héroe, a tomar el control de la situación caótica en Ítaca, a arrebatar la autoridad a los Pretendientes, es decir, a los cortejadores de su madre, a imponerse como líder, príncipe y futuro rey. En otras palabras, debe aprender a crecer: a convertirse en el hombre que fue su padre ausente o desaparecido.
Lo encontramos de mal humor, sentado en el salón de banquetes del palacio real, quejándose sin hacer nada, mientras los pretendientes lo humillan y avergüenzan. En un momento intenta decir algo en su defensa, pero ellos solo lo toleran sin tomarlo en serio. El joven pide ayuda a un grupo de ciudadanos de Ítaca e intenta convencerlos de que lo ayuden. Sin embargo, tras pronunciar un breve discurso y condenar a los pretendientes, rompe a llorar y se sienta, amargado e impotente.
Después de algún tiempo, Telémaco, impulsado por la diosa Atenea, abandona por primera vez su hogar para salir en busca de noticias de su padre. Va primero al Peloponeso y luego a Esparta, interroga a los antiguos compañeros de armas de su padre, tratando de averiguar qué pudo haberle ocurrido. Por primera vez aprende cómo presentarse ante extraños, cómo ser huésped en casas de gente desconocida, cómo despertar simpatía, cómo obtener información: en definitiva, cómo tratar con las personas. En otras palabras, lo vemos aprendiendo a crecer.
Cuando Odiseo finalmente regresa a Ítaca, sigue escondiéndose, porque todavía no sabe quién le ha permanecido fiel y quién no. En un momento revela su identidad a su hijo, atónito. Ese primer encuentro resulta bastante decepcionante para Telémaco, que al principio se niega a aceptar a su padre; no pueden «reconocerse» porque en realidad nunca se han conocido. Poco a poco se van conociendo y, al cabo de un tiempo, los dos empiezan a tramar una conjura contra los numerosos pretendientes, un plan que va tomando forma poco a poco y que muestra cuánto ha madurado y se ha vuelto responsable el joven. Aunque las posibilidades de éxito son escasas – pues son pocos en esa lucha –, cuentan con el padre, el hijo y dos sirvientes fieles dispuestos a ayudarlos en su empresa.
Cuando Telémaco piensa en el regreso de su padre, siempre lo imagina glorioso, grande. Su padre, como gran guerrero, regresará y vencerá a los enemigos. En realidad, Odiseo regresa, pero disfrazado de mendigo. Su entrada en la vida de Telémaco será tal que al principio el hijo no lo reconocerá. Solo con el tiempo sabrá quién es, cuando reconozca en él al líder disfrazado de mendigo. Al principio le resultará traumático conocer a su padre en la pobre casa del siervo Eumeo. A Telémaco le cuesta creer que ese sea su padre: «Yo no soy un dios. ¿Por qué me comparas con los inmortales? Yo soy tu padre, aquel por quien lloras (por quien tanto anhelas) y por quien sufres tanto dolor soportando la violencia de los Pretendientes».
Dijo esto y besó a su hijo, mientras las lágrimas que siempre había contenido caían de su rostro al suelo. Telémaco, sin creer todavía que tenía a su padre delante, dijo: «No, tú no eres Odiseo, no eres mi padre; es algún dios que me engaña para que soporte un sufrimiento aún mayor y llore todavía más. Un mortal no puede por sí mismo hacer semejantes prodigios, a menos que intervenga un dios, que fácilmente puede hacerlo joven o viejo, si así lo quiere. Hace un momento eras un anciano vestido con harapos miserables, y ahora te pareces a los dioses que poseen el cielo infinito». El sagaz Odiseo le respondió: «No está bien, hijo, que esto te asombre tanto, que estés tan sorprendido porque tu padre haya vuelto. Nunca más volverá aquí ningún otro Odiseo. Soy yo quien regresa, con tantos errores y tanto sufrimiento, después de veinte años, a la tierra de mis padres».
Odiseo y sus compañeros están armados, mientras que los Pretendientes no lo están. Odiseo se aseguró de que la sala donde se guardaban todas las armas del palacio quedara cerrada con llave. Así, cuando comienza la lucha, Odiseo y los suyos al principio llevan la ventaja. Pero, en un momento, después de que Telémaco regresa al almacén para buscar más armas, aparecen algunos de los Pretendientes portando armaduras y armas sacadas del almacén: es evidente que alguien debió de dejar abierta la puerta del almacén. Ese «alguien» es Telémaco. Al ver a sus enemigos armados, Odiseo piensa de inmediato que su plan ha sido descubierto por uno de los sirvientes, pero en una escena extraordinaria Telémaco asume la responsabilidad con serenidad: «Padre», respondió, «he sido yo quien se equivocó, no otro. Dejé la puerta firme entreabierta. Y alguien más astuto que yo aprovechó mi error».
El padre, como comandante, ante la confesión de culpa de su hijo, no dice nada sobre lo ocurrido. Simplemente lo perdona y sigue luchando hasta la victoria final y la liberación de Ítaca de la tiranía de los pretendientes.
Es posible que la Odisea sea también un poema sobre dos educaciones. En primer lugar, la educación del muchacho que a lo largo de la historia crece, aprende a convertirse en un hombre adulto. Pero es también la educación de un hombre ya adulto que creía, como todos nosotros de vez en cuando, ser extremadamente inteligente, pero que dio lo mejor de sí solo cuando comprendió que todavía tenía mucho que aprender, incluso de alguien tan joven como su propio hijo. La verdadera educación y el verdadero aprendizaje son siempre de doble sentido, recíprocos.
Telémaco no es un hijo enojado, o al menos no está enojado con su padre. Es un hijo que espera a su padre, que vive su propia crisis como un hijo que aguarda el regreso paterno, que busca sentido a su propia existencia. La imagen más conmovedora es la de Telémaco esperando en la playa el regreso de su padre Odiseo. Escruta el horizonte del mar, esperando ver el regreso victorioso y majestuoso de su padre. Telémaco no es prisionero del pasado. En cierto modo podemos decir que no está obsesionado con el porqué su padre tuvo que marcharse. Esto significa que lo más interesante de la vida es lo que todavía está por suceder, y no solo lo que ya ha sucedido.
Telémaco es, en realidad, una persona en crisis. Es la imagen del hijo que atraviesa una crisis, la imagen de la juventud, una crisis simbólica que hace de la vida una vida verdadera. Y la crisis es precisamente eso, porque nos quita el control, a veces convenciéndonos de que hemos comprendido lo que en realidad hemos malentendido. Eso le sucederá también a Telémaco. Por ejemplo, pensará que librarse de los Pretendientes, que tienen como rehenes a su madre y al reino, es lo más importante para su libertad. Por un lado quiere defender a su madre, pero por otro en realidad se defiende a sí mismo, a su propia existencia, de quienes representan todo aquello que se interpone como obstáculo a la felicidad y a la realización auténtica. Es precisamente la crisis la que le sugiere la incomprensión de su propia situación.
De algún modo vemos que no basta con deshacerse del enemigo para vencer de verdad. No basta con eliminar el obstáculo y concluir que al final somos realmente felices. Hay momentos en nuestras vidas en que incluso, sin darnos cuenta, esperamos tener un enemigo, porque su presencia nos protege de percibir que nuestra vida está vacía y carece de sentido. Telémaco tendrá que aprender que lo más importante no es eliminar a los Pretendientes, sino esperar a su padre, es decir, llegar al sentido de su propia existencia. Solo entonces su vida será realmente posible. Odiseo regresa y vence a quienes no respetan la Ley de la palabra ni la Ley de la hospitalidad.
Telémaco es un hijo verdadero porque sabe que el hijo necesita al padre para encontrar su propio camino, distinto del camino vital del padre. Es un hijo verdadero porque interpreta su condición de hijo a la luz de la tarea ética de la herencia: haciendo verdaderamente suyo lo que recibió de las generaciones que lo precedieron, lo que sus antepasados pusieron en sus manos. No queda paralizado en un conflicto ciego con su padre, sino que reconoce la deuda simbólica que lo une a él. Telémaco es un hijo que sabe vivir en la espera, preparándose para la llegada del padre sin melancolía, sino con la fuerza de quien está dispuesto a un nuevo viaje.
Sobre ese nuevo viaje, y sobre la importancia de lo que un hijo puede heredar de su padre, da también testimonio Massimo Recalcati, autor que quizá mejor ha explicado la necesidad del hijo de contar con la presencia del padre, y viceversa. Cuenta que él mismo creció en una familia demasiado absorbida por el trabajo como para ocuparse de los hijos, y que su propio análisis le reveló que la paternidad es, en el fondo, siempre una forma de ausencia, y que ser hijo, ser heredero, es también, en algún sentido, ser huérfano. Sostiene, sin embargo, que cualquier persona o cosa puede llegar a cumplir esa función paterna – una maestra, una madre, la música, una obra de arte, un entrenador, una película –, porque, como Ulises, siempre se puede volver del mar. Lo que de verdad se hereda, afirma, no es nunca la sangre ni una identidad ya fijada, sino un testimonio.
En este sentido, según explica Françoise Dolto, toda paternidad es radicalmente adoptiva: el testimonio solo se reconoce después, de forma retroactiva, y no depende de ningún plan ni de ninguna técnica; su fuerza está precisamente en que aparece donde menos se lo espera. Recalcati recuerda a su propio padre paseando delante de él las mañanas de domingo, camino del invernadero donde cuidaba plantas enfermas, nombrándolas a todas en latín y reconociendo en sus hojas la enfermedad antes de preparar los remedios para curarlas; un saber que había aprendido enteramente por sí mismo, heredado de una tradición familiar pobre en medios pero rica en esa pasión por el cuidado de la tierra, y que lo llevó a inventarse un oficio, el de florista, sin contar con ninguna cultura familiar previa en la materia.
Recalcati añade que él mismo, como psiquiatra, sintió siempre una pasión semejante por el llamado diagnóstico diferencial: reconocer, detrás de lo que dice una persona, una determinada estructura subjetiva. Esa pasión, dice, tiene su origen en el mismo recuerdo de infancia, en la enfermedad que su padre leía en las hojas de las plantas: eso es, en el fondo, lo único que heredó de él – ni un reino, ni bienes materiales, sino el testimonio silencioso de un deseo. Ver a su padre inclinado sobre sus plantas, entregado a devolverles la vida y la fuerza, a salvarlas del moho y de plagas invisibles, era ver su mundo entero. Y él, concluye, se convirtió en alguien que hace algo parecido: leer el dolor, ya no en las hojas de las plantas, sino en las personas, como si también ellas fueran hojas.
Los hijos necesitan sentirse insustituibles, amados. Una suerte de predestinación debería acompañar a cada hijo en su relación con el padre que lo cuida. Levinas dice que cada hijo es un hijo único e irrepetible. La túnica que Jacob, como padre, preparó para su hijo José tenía la particularidad de ser insustituible, de tener mangas y colores especialmente distintos. Esta anomalía es, en realidad, signo de singularidad. La túnica de José es diferente, única, y hace de él un hijo predestinado.
Cuando en la vida se experimenta el afecto y la predestinación, una persona puede convertirse en riqueza y don para los demás. Esta es una lección inmensa que los adultos deberían tener siempre presente. La única manera en que una persona puede heredar algo es haciendo felices a quienes verdaderamente ama. De este modo podemos, a nuestra vez, recibir algo de nuestros propios hijos. Son los hijos quienes transmiten la herencia a los padres, mientras que los padres dan a los hijos la promesa de la vida.
- Mladen Klanac
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