La Trinidad engañosa
Ardientemente te busco. Sedienta está de ti mi alma. Te desea mi carne, como tierra reseca, sedienta, sin agua. Tu amor vale más que la vida.
A veces pensamos así: agarrar dinero, sexo y éxito, echarlos en la copa de nuestro corazón y, al final, preparar un cóctel que se llama felicidad. Parece sencillo y del todo posible. ¿Por qué no? Es lógico. Todo está al alcance de la mano. Además, todos lo intentan. Hay tantas recetas ya preparadas. ¡Tendría que salir bueno y dulce!
Cuando bebemos de esa bebida, llamada felicidad, ya en la boca sentimos amargor, y en el estómago se nos forma náusea. No es tan sencillo como parece a primera vista. El dinero, al fin y al cabo, es solo una cosa. El sexo, cuando es mera fuente de placer propio, deja un regusto agrio, y el éxito genera presión por todos lados. Las cosas no satisfacen a las personas. El placer desnudo no llena el corazón. Y, al fin y al cabo, ¿qué es el éxito? ¿Es que todos me alaben? Me adulan. Me temen. Me admiran. Hablan mal de mí. Me envidian. ¿Es eso lo que crea un profundo sentimiento de paz y satisfacción?
Esa bendita trinidad: dinero, sexo y éxito, esa trinidad atractiva, esa trinidad sonora, es sin embargo, en parte, podrida y engañosa. Para empezar, infla mi ego. Y mi ego es insaciable. Hueco. Es un agujero sin fondo. ¿Cuánto dinero podría llenarlo? ¿Cuánto sexo? ¿Cuánto éxito?
Pero, supongamos que lo llenara, ¿estaría mi ego satisfecho, solo en el mundo? El dinero me aísla. El sexo desnudo, todavía más, y el éxito, más que nada. ¿Y puede mi ego ser feliz separado de todos los demás? ¿Acaso la amistad no hace feliz? ¿Acaso la fidelidad a otra persona no hace feliz? ¿Acaso la simple colaboración con los demás no hace feliz? ¿Acaso la oración no brinda consuelo? ¿Paz del alma? ¿Acaso la unión con el Creador no me confirma como criatura? ¿Acaso el cumplir la voluntad del Padre no me confirma como hijo de Dios? ¿Acaso la libertad de todas las cosas y de las pasiones no me da un profundo sentido de dignidad? ¿Acaso la felicidad no es hacerlo todo sin interés? ¿No buscar la gloria de este mundo? ¿No buscar reconocimiento? ¿No buscarse a sí mismo? ¿Vaciarse de sí mismo? ¿Hacer felices a los demás? ¿Acaso la felicidad no está en el otro? ¿En el Otro? ¿En el Inmenso?
Cada día agito ese cóctel y bebo esa bebida, y no me sienta bien. ¡Ay de mí, no me sienta bien! ¿Tal vez debería cambiar la receta? Agitar un poco más con la mente y buscar la fuente profunda de la felicidad. La razón profunda de la satisfacción. La paz profunda. Del Otro y del Diferente. Aquel por quien soy, con quien soy y en quien soy. Aquel que no dejará que mi cuerpo vea la corrupción. Aquel que no engaña. El verdadero. El único. La única felicidad.
Ardientemente te busco. Sedienta está de ti mi alma. Te desea mi carne, como tierra reseca, sedienta, sin agua. Tu amor vale más que la vida. En ti está la riqueza. La dulzura sin fin. Mi salvación. Por ti el dinero hace feliz, el sexo llena y el éxito vale la pena. ¡En tu luz vemos la luz!
- Mladen Klanac
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