Y aun a través de la más honda soledad del dolor se abre paso la palabra humana, el contacto y la cercanía
El dolor lo ocupa todo.
El dolor concentra la atención en sí mismo.
No permite tomar distancia.
No permite el olvido.
El miedo al dolor pesa más que el dolor mismo. Sabemos, sin embargo, que el miedo también elimina el dolor. De un dolor nos libramos con otro dolor mayor. Epicuro eliminaba el miedo, sobre todo el miedo fundamental, el mayor de los miedos, el miedo de todos los miedos, el miedo a la muerte, mediante una operación del pensamiento según la cual nosotros y nuestra muerte nunca nos encontramos. Mientras existimos, decía Epicuro, no existe la muerte, y cuando ella llega, ya no existimos nosotros.
Nada nos roba la atención hacia sí mismo con tanta fuerza como el dolor. El dolor profundiza, agudiza, cambia nuestra relación con el mundo. Cuando enfermamos, nuestro mundo ya no es el mismo. El espacio en el que vivimos se estrecha y cambia de significado. El dolor nos quita el espacio del movimiento vital. Las personas con quienes compartíamos el trabajo y la vida ya no están ahí. Desaparece el ritmo acompasado del trabajo, el descanso, la convivencia, el deporte, el sueño. La experiencia del dolor es una experiencia del mundo completamente nueva, una mirada distinta sobre el mundo. Con la aparición del dolor, el mundo aparece de un modo distinto. El dolor cambia e intensifica la vivencia del mundo y de la realidad. El rasgo fundamental común a experiencias de sufrimiento muy diversas es la obligación de asumir algo desagradable, doloroso, destructivo.
Presentamos un artículo de fray Ante Vučković publicado en la revista teológica Crkva u svijetu y fragmentos de una entrevista en Glas koncila sobre el dolor, su significado y su sentido para nuestra vida.
El dolor no se aprende. El dolor se experimenta. El dolor, ante todo y sobre todo, se soporta. El dolor, primero, duele. Nada nos roba la atención hacia sí mismo con tanta fuerza como el dolor. El dolor no remite a otra cosa, sino que se concentra en sí mismo. Concentra nuestras fuerzas, nuestra atención. No nos permite pensar en otra cosa. Al forzar nuestra atención hacia sí, la experiencia del dolor cambia nuestra imagen habitual del mundo. La experiencia del dolor transforma en su base nuestro conocimiento del mundo y nuestro modo de vida. El dolor profundiza, agudiza, cambia nuestra relación con el mundo. Cuando enfermamos, nuestro mundo ya no es el mismo. El espacio en el que vivimos se estrecha y cambia de significado. El dolor nos quita el espacio del movimiento vital. Las personas con quienes compartíamos el trabajo y la vida ya no están ahí. El sufrimiento, además, aísla, separa de los demás, deja solo. No solo porque es imposible transmitir el propio sufrimiento a otro, sino sobre todo porque, entre quien está oprimido por el dolor y todos los demás, el dolor levanta un muro. Imposibilidad de comunicación. ¿Cómo expresar el propio dolor a otro? ¿Cómo hacer que el otro me entienda? Y, si me entiende, ¿qué es eso en relación con el dolor que soporto? El muro no es solo el muro de la incapacidad de expresar el propio dolor, sino sobre todo el muro de la diferencia entre quien sufre y quien no siente el dolor. El dolor plantea una pregunta y el dolor exige una respuesta.
El dolor cambia el ritmo de la vida. No hay levantarse, trabajar, dormir. La cama en la que dormíamos de noche para poder vivir de día se convierte de pronto en residencia permanente. Ya no sirve para dormir. Sirve para soportar el dolor. Así, la cama, de lugar de descanso, se transforma en lugar de padecimiento.
El dolor nos muestra las cosas bajo una luz nueva y un significado nuevo. El buen tiempo, el tiempo lluvioso, el amanecer o el atardecer, la comida y la bebida, el trabajo y el ocio cambian de significado. El dolor es muy personal. La experiencia del dolor es individual. Única. A veces es tan individual que levanta un muro de silencio entre el afectado y los demás. El dolor parece imposible de expresar. Nos quita la palabra. Borra el horizonte del sentido. Un dolor así priva a quienes rodean al afectado de toda capacidad de consuelo. El afectado no puede expresar su dolor, y los que se preocupan por él no pueden consolarlo, porque el muro de mudez que el dolor ha levantado entre ellos no permite la comprensión, el intercambio de experiencia, las palabras de consuelo. El dolor expulsa al individuo del mundo y de las relaciones. En medio de los cuidados que suelen formarse rápidamente en torno a quien sufre, este permanece, sin embargo, solo, separado de todos y de todo el mundo al que estaba acostumbrado.
El dolor separa. Empuja a quien sufre hacia la soledad, el silencio o el grito. El grito y el silencio son quizás las últimas formas en que el dolor se expresa. En todo caso, el dolor nos quita la palabra. Por eso será posible hablar del dolor cuando este pase, o cuando su agudeza e intensidad disminuyan, cuando la conciencia recupere la posibilidad de tomar distancia del dolor. Por eso tenemos muchos más testimonios sobre el dolor superado que discursos sobre el dolor desde dentro de él mismo. Pero el dolor, a pesar de separar, también une. Entre quien sufre y quienes le son cercanos existen vínculos. Una y otra vez, de los enfermos que salen de un estado de dolor difícil sabemos cuánto significaron para ellos las palabras más sencillas. En el momento en que se pronunciaron parecían poco importantes, débiles, pálidas, incluso superfluas. Sin embargo, después nos enteramos de que llegaban a la conciencia atravesando el muro del dolor y tocaban el lado emotivo, infundían fuerza, despertaban confianza, reforzaban la esperanza de salir del dolor. Las palabras que vienen de alguien en quien el enfermo confía tienen una fuerza extraordinaria. Pueden ser las palabras de un médico que sabe describir bien al enfermo su estado, prever lo que le sucederá a continuación y anunciar los cambios que este anhela. El conocimiento de la enfermedad trae alivio. El simple hecho de que alguien conozca la enfermedad y comprenda lo que el dolor produce le quita al dolor su poder absoluto.
El dolor nos obliga a preguntarnos por qué. ¿Por qué el dolor? ¿Por qué a mí? ¿Hay alguna culpa en mí? ¿Quién es responsable de mi dolor? Aunque no se nos impongan preguntas vitales tan grandes, el dolor nos exige que lo comprendamos de algún modo. Exige que lo interpretemos. Sentimos que el dolor es universal y que puede alcanzarnos de un modo semejante al de los demás. Soportamos el dolor e interpretamos el dolor. El dolor nos obliga a preguntarnos por qué. Sin interpretación, el dolor permanece solo, sin sentido, absurdo. El dolor por sí mismo no da respuesta a nuestras preguntas sobre su sentido. Si hay algún sentido en el dolor, este no se encuentra en él. El sentido del dolor solo puede venir de fuera. Es posible encontrar un marco dentro del cual el dolor adquiera sentido.
El dolor conocido y previsible ya no es la única y última fuerza que domina al enfermo. Existe un conocimiento sobre él, y ese conocimiento le quitará su poder. Las palabras que le quitan al dolor su poder pueden ser las palabras de alguien emocionalmente cercano. La cercanía se expresa con palabras y con el contacto. Las palabras no tienen por qué ser palabras de conocimiento. Pueden ser palabras de cercanía. Palabras comunes, cotidianas, pero palabras que, en una relación de intimidad, significan más y de otro modo que su significado habitual. La relación humana de cercanía cambia el significado de las palabras. Incluso más que la palabra misma, su tono, el modo en que se pronuncian, su brillo emotivo, logran atravesar la mudez del dolor y la separación de quien sufre respecto del mundo y de las relaciones. Quien está cerca del enfermo queda implicado en su dolor. No solo en el suyo, sino que, en algún lugar de su propia profundidad, se encuentra también con su propio dolor posible. Observa al enfermo, pero no puede dejar de notar que el dolor ajeno es también, posiblemente, su propio dolor. Así, el dolor no solo separa, sino que también solidariza.
El dolor puede entenderse como una escuela. Esto, naturalmente, solo puede ocurrir si el enfermo decide dar sentido a su experiencia de soportar el dolor como una escuela de vida. En ese caso, el dolor puede enseñarle muchas cosas. La fragilidad de la vida, lo pasajero, lo quebradizo de la salud, la impotencia.
El enfermo puede descubrir el valor precioso de la salud, de las demás personas, del conocimiento, de los sentidos, de las cosas cotidianas y sencillas. Más que las demás personas, y más que la experiencia de cualquier otro, la propia experiencia del dolor nos lleva hasta nuestros límites. Abre el horizonte de un posible final, anuncia la muerte, y a la luz de la fragilidad muestra el valor precioso de las cosas y de las relaciones que hasta entonces no habían sido vistas bajo esa luz.
Quien sitúa su experiencia del dolor en el marco de una escuela de vida puede aprender mucho sobre sí mismo, sobre el mundo y sobre los demás. Es más, al transformar la experiencia del dolor en una escuela de vida, el dolor mismo pierde su carácter negativo y se convierte en maestra de vida. No es imposible encontrar personas que, precisamente al transformar el dolor en escuela, hayan adquirido la experiencia de vida más importante. Han visto disminuir su miedo al dolor, han profundizado la importancia de la experiencia cotidiana, han adquirido una nueva mirada sobre la vida, han aprendido la diferencia entre lo importante y lo no importante, y han adquirido el valor de elegir entre lo esencial y lo accesorio. No pocas veces cambia también su lenguaje. Cambian también sus hábitos de vida. La experiencia del dolor les ha enseñado que nada carece de importancia y que mucho depende de las propias decisiones y de la actitud personal ante las experiencias de vida inevitables y dolorosas.
El dolor también puede entenderse como una prueba. La prueba es una crisis. La prueba es una exposición a lo negativo, pero solo para mostrar en qué he apoyado mi vida, y para mostrar si mi actitud vital es lo bastante firme como para resistir las pruebas que se abaten sobre ella. La prueba puede ser dura, pero quien resiste la prueba descubre la fuerza del fundamento sobre el que ha apoyado su vida. Naturalmente, el dolor entendido como prueba solo puede entenderse desde dentro. Solo quien está afectado por el dolor puede situar su dolor en el marco de una prueba. Probablemente tendrá también razones adicionales por las que su dolor cobra sentido precisamente como prueba. Y sin duda extraerá de este dar sentido al dolor la fuerza tanto para soportarlo como para superarlo. Porque la prueba hay que superarla. Es necesario reunir fuerzas y exponerse a ella para vencerla. Una vez superada, la prueba trae consigo, además del alivio por el cese del dolor, una alegría profunda por haberla superado. La vida después de una prueba superada es más honda, más amplia, más cercana, más gozosa.
El dolor también puede entenderse como tragedia. El dolor es inevitable, y por eso nos remite a la inevitabilidad última de la vida: la muerte. La muerte es una necesidad. Nos recuerda que la naturaleza, por sí misma, engendra y destruye. En el fundamento de nuestra vida yace también nuestra muerte. No morimos porque enfermamos, dice Galimberti, sino que enfermamos porque somos seres mortales. La tragedia consiste en que la vida misma es, a la vez, éxtasis y crueldad, placer y dolor. Nuestra existencia es trágica porque la embriaguez de vivir es inseparable de la dureza y del dolor. La naturaleza es una contraposición incesante de placer y dolor, de vida y muerte. El dolor y la muerte son parte inevitable de la vida. Por eso la vida es
trágica. Precisamente al entender la vida como tragedia, es posible encontrar, dentro de ese marco, también el sentido del dolor y del sufrimiento. Como en toda tragedia, también en la vida es posible aceptar el dolor como un destino inevitable, darle sentido, o decidirse a salir de la vida.
El dolor puede adquirir también un sentido de fe. Es posible unir el propio dolor a los dolores de Cristo, destinarlo a la salvación del mundo o a la conversión de los pecadores. Mientras que nosotros, en el dolor, solo nos vemos a nosotros mismos, Jesús, en el corazón mismo de su pasión, se interesa por los demás. Después de la sentencia, busca con la mirada y encuentra a Pedro. Pedro encuentra en esa mirada la salida de sus traiciones. En la cruz ruega al Padre que perdone a quienes lo crucifican. Tiene ojos para el dolor de su madre y del discípulo amado. La cruz no nació en el cielo. La cruz no descendió de la mano del Padre. La cruz la hicieron manos humanas, un sistema humano, nuestras instituciones de justicia y protección. Pero, cuando Jesús acepta llevar la cruz y no renuncia al amor, la cruz se transforma en instrumento de salvación. La transformación de la vergüenza y de la muerte en salvación y vida. En esta transformación se intuye la posible transformación de nuestras cruces, de nuestros dolores.
También es posible dar sentido al propio sufrimiento como expiación por los pecados propios y ajenos. Dar sentido al dolor desde la fe rompe la intención del dolor de separar a su víctima del mundo y de los demás. Al unir su dolor a los padecimientos de Cristo, la persona ya no está sola ni aislada. Entra en la compañía del Salvador, que con su padecimiento en la cruz abrió al mundo las puertas de la salvación. Entra también en la compañía de los santos, que de manera semejante, soportando los padecimientos del mundo, entraron en la gloria celestial. El dolor que soporto de este modo se convierte, para mí, en la puerta de entrada a la comunión de los salvados. Y este modo de entender el dolor solo puede darse desde dentro, a partir de la voluntad interior y de la decisión del enfermo de situar su padecimiento en el marco amplio del padecimiento redentor de Cristo. Para entrar en comunión con los padecimientos de Cristo no hace falta ni una oración larga ni un estudio especial. A veces basta una palabra, un pensamiento, una apertura interior. A veces basta incluso un grito. El marco de sentido para el dolor no viene ni del dolor mismo ni de fuera. Viene del interior del afectado. Y, sin embargo, no carece de importancia lo que viene de fuera. De las personas cercanas, de los médicos, de las enfermeras, de los representantes de la comunidad de creyentes, de los hermanos y hermanas en la fe.
A veces, incluso una palabra o un contacto puede orientar a una persona atormentada por el dolor hacia uno u otro marco de sentido. Y aun a través de la más honda soledad del dolor se abre paso la palabra humana, el contacto y la cercanía. Y, por supuesto, se abre paso también la palabra de Dios y su luz. En la vida de Simone Weil, esa mujer singular y profunda, hay una experiencia relacionada con la atención y el dolor. Una vez, durante la Semana Santa, estuvo en Solesmes y asistió a todos los oficios. Sufría fuertes dolores de cabeza. Eran tan intensos que cada sonido le causaba un dolor como un golpe. Encontraba la salida a ese estado en una atención extraordinariamente intensa. Como si, mediante la atención puesta en la pureza y la belleza del canto y de las palabras, saliera de su cuerpo, que permanecía contraído por el dolor. En uno de esos momentos tuvo una experiencia mística de encuentro con Cristo. Cuando la asaltaba un fuerte dolor de cabeza, recitaba el poema Amor, que había descubierto por aquel entonces y aprendido de memoria. El dolor tiende a ocupar toda la atención, y, por otro lado, precisamente la atención puesta en otra cosa aparta el dolor.
- Mladen Klanac
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