¿Cuánto dura el silencio?
¿Cuánto dura el silencio en una conversación antes de que empiece a incomodarnos?
La psicóloga neerlandesa Namkje Koudenburg dice que bastan cuatro segundos para que ya aparezca la incomodidad. Ha llegado el tiempo del silencio, o al menos un tiempo en el que tenemos más ocasiones de estar en silencio, de estar a solas con nosotros mismos. Esto nos lo ha impuesto en parte el coronavirus, al reducir nuestros contactos sociales y obligarnos a permanecer largo tiempo en casa. Todavía el mes pasado algo que parecía del todo imposible y por eso chocante – «la perspectiva de un silencio irreal», como dice Giuseppe Marino.
Y es realmente real: las calles están vacías, las tiendas, las fábricas, las oficinas, etc. Solo está abierto lo estrictamente necesario para el abastecimiento y la vida. «Antes vivíamos esa intensidad tan fuerte solo en la madrugada del domingo o al alba del primer día del año, …toda la ciudad sumergida en un silencio surreal…, que invita a la meditación, a la lectura y al diálogo en torno a algo que por fin vivimos como un destino común», escribe el padre Bernardo Gianni, abad del monasterio de San Miniato, en la colina sobre Florencia, que desde ese lugar se ve como en la palma de la mano.
Así lo expresa un autor desconocido en la Antigua homilía sobre el Sábado Santo,: “¿Qué es lo que sucede hoy? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad, una gran quietud, porque el Rey duerme. La tierra tembló y calló, porque Dios se durmió en la carne y despertó a los que dormían desde el principio del mundo. Dios murió en la carne y dio vida al abismo.”
Así pues, este gran silencio provoca en nosotros incomodidad y miedo, pero también se nos ofrece como una oportunidad para descubrir nuevos espacios para la reflexión, la conversación, el conocimiento de nosotros mismos y de los demás, para establecer prioridades, etc.
Un estudio de 2006, publicado en la revista médica «Heart», intentó medir los efectos de escuchar música sobre el cuerpo humano y se topó con un hallazgo inesperado. Los investigadores insertaron al azar una pausa de dos minutos de silencio entre las distintas canciones que escuchaban los participantes: ningún fragmento de música «relajante» tuvo efectos tan positivos sobre la presión arterial y el flujo de sangre al cerebro como aquel inesperado momento de silencio.
Un hermano ermitaño fue a ver a su padre espiritual a pedirle un consejo sobre qué hacer, una palabra para su vida. Su padre espiritual le respondió: «Vete, quédate en tu celda (tu habitación) y tu celda te lo enseñará todo.»
En estos días, todos sin excepción - epidemiólogos, especialistas en enfermedades infecciosas, ministros, políticos, medios de comunicación, amigos - nos piden que nos quedemos en casa y que no salgamos. Sin duda debemos hacerlo, para que el virus no se propague. Sin embargo, es difícil quedarse en casa. Es como si algo nos obligara a salir, más aún, como si nos ordenara coger las llaves de casa e irnos a cualquier parte. ¿Por qué es tan difícil?
Los padres del desierto llamaban a esta fuerza acedia. A menudo la vivimos como pereza, pero no se trata de pereza, sino - como ellos dicen - de «ansiedad del corazón». Tiene una raíz invisible en la complacencia consigo mismo (philautia). Hace que estemos vueltos hacia nosotros mismos de mil maneras. A menudo, a causa de ella, no somos capaces de terminar las actividades emprendidas. Es una insatisfacción latente, una ligera inquietud que no nos permite estar recogidos. Es un conflicto abierto con el tiempo y el espacio. Los tiempos pasados siempre fueron los mejores. Y los futuros podrían ser excelentes. Pero estos, los presentes, son terribles. En realidad, este momento presente es horrible, insoportable. Es una inquietud que no te permite vivir en el presente.
Algo similar ocurre con la dimensión del espacio. Evagrio Póntico lo describe así: «La mirada del ojo vuela sin cesar hacia la ventana, y la mente imagina a algún visitante, a un transeúnte, alguna voz que quisiera oír». La persona se encuentra en un lugar donde se siente encerrada, oprimida. Querría abandonar cuanto antes ese lugar, la habitación en la que se encuentra, el trabajo que realiza. El silencio de la celda se vuelve para él insoportable.
A ese estado los padres del desierto lo llamaban «la enfermedad del mediodía», el tiempo entre las 10 y las 14 horas, cuando ya han rezado y trabajado un poco y esperan el momento de la comida, del descanso. Es un estado que afecta a todo lo que haces, a todo lo que posees: tu cónyuge, tus hijos, tu casa, tu trabajo, la oración, la lectura, los pensamientos, los sentimientos - toda tu vida.
En la jerga llamada lunfardo - típica de la ciudad de Buenos Aires, muy utilizada en el tango - el verbo balconear significa «mirar por la ventana» o desde el balcón. Describe una actitud de pura curiosidad, sin implicación alguna, como la de un espectador ante el cual sucede algo que en el fondo no le concierne. Por eso siempre puede permitirse criticar lo que no le gusta o con lo que no está de acuerdo. No se involucra activamente en nada, se mantiene al margen. Solo aparecerá en el balcón, observará lo que ocurre y, eventualmente, hará algún comentario.
¿Cómo enfrentar este estado?
Lo primero es quedarse en el propio hogar. Ejercitarse en la paciencia, desarrollar la capacidad de soportar situaciones incómodas y angustiantes. Es también una oportunidad para abrirnos al otro, es decir, para compartir nuestros pensamientos y experiencias con la persona que está a nuestro lado. Quedarse en casa, si hablamos de la vida conyugal y familiar, no tiene por qué significar necesariamente algo malo. Es una gran oportunidad para todos nosotros.
Lo segundo es encontrar algunas actividades individuales y compartidas dignas de elogio: rezar, leer, escribir, hacer trabajos manuales, ocupar la mente con cosas constructivas y no abandonarse al móvil, a la televisión, a las malas noticias y a los pronósticos.
Evagrio diría: «La tristeza es pesada, la acedia es insoportable, pero las lágrimas dirigidas a Dios son más fuertes que las dos juntas.» Las lágrimas son el reconocimiento de que luchamos con nuestros propios errores, defectos y hábitos, de que necesitamos perdón y reconciliación, comunión. Si le reconocemos nuestra debilidad, Dios sin duda nos ayudará.
Quien se hace cargo de sus propias necesidades, deseos reales y relaciones, no permite que este estado lo domine.
- Mladen Klanac
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