No tengo miedo, solo tengo que morir una vez
¿Quién es ese Miroslav Bulešić?
En realidad, muchas veces me lo pregunté sin ningún interés.
Fuera lo que fuese que pedía o buscaba en la vida, casi siempre se lo pedía directamente al Señor.
No solía pedir la intercesión de ningún beato o santo.
Hasta que llegó un momento...
Nuestro querido amigo sacerdote, conociendo nuestra situación, nos contó su propia experiencia de cómo este beato le había ayudado, y nos recomendó calurosamente que también nosotros buscáramos su intercesión.
En efecto, se trataba de que necesitábamos medios materiales y económicos para poder arreglar nuestro nuevo hogar, y le hicimos caso. Muy pronto empezaron a llegar de manera prodigiosa toda clase de formas increíbles de la providencia para arreglar nuestra casa; Dios envió a distintas personas a nuestra vida que nos ayudaron con tanto gusto.
En una ocasión especial, nuestro amigo sacerdote nos llevó, a mi marido y a mí, a su parroquia, en Lanišće, en Istria. Precisamente allí donde fue brutalmente asesinado nuestro beato Miroslav Bulešić. En las colinas de la Ćićarija, en medio del frío invierno y del bosque espeso, y además al anochecer, nos muestra el lugar de los hechos, la sangre en la pared. Caminando por la casa parroquial, nos describe con detalle el desarrollo de los hechos de su muerte martirial.
Profundamente conmovida por el valor y la vida de este sacerdote intrépido, me invade una emoción indescriptible y, con lágrimas en los ojos, me compadezco de Miroslav como si hubieran matado en algún lugar, en otro tiempo (y en realidad, aquí y ahora) a un hermano mío, un hermano que dice estar deseoso del martirio, si eso es lo que el Señor quiere. ¡Desear el martirio, y precisamente por Cristo, qué maravilla! Siguiendo con atención cada rincón de aquella casa parroquial, y percibiendo la mirada penetrante de Miro, yo —débil, asustada, pequeña— recibo la inspiración de desear también yo esto: ¡el martirio! Porque sufrir con Cristo y por Cristo, esa es la única verdad.
¿Y qué martirio deseo yo? En ese mismo instante sé cuál es el mayor martirio para mí: ir a dar a luz una y otra vez desde el principio, tocar el timbre de la puerta de la sala de partos y entrar en el dolor del alumbramiento. ¿Qué fue la clave de esta inspiración? Una frase de Miro, que aparece en su diario espiritual (mientras lo leo esa misma noche, de pie junto a su sangre derramada en la pared).
Los feligreses le preguntan entonces si teme las amenazas de muerte que le llegan, porque se sabía que planeaban matarlo. Él responde: "¡No tengo miedo, solo tengo que morir una vez!" SOLO TENGO QUE MORIR UNA VEZ – pienso entonces, de nuevo con lágrimas en los ojos: ¿Y por qué yo, durante los nueve meses, tengo miedo del parto y, en vez de con alegría, espero con temor el nacimiento de una nueva criatura, cuando solo tengo que dar a luz UN DÍA de esos nueve meses? Un día de dolor, de agonía, cuando sin cesar corren las lágrimas y el sudor, y aunque tal vez en silencio, las contracciones se suceden unas tras otras. Hasta el momento en que llega la gran alegría de recibir al niño en brazos.
Desde aquella noche, y por esta impresión tan fuerte, Miroslav Bulešić se convierte en Miro, mi hermano mayor e intercesor. Al leer su diario, me río de corazón porque me asombra su sencillez, su sinceridad como la de un niño pequeño; dice abiertamente que no tiene fuerzas ni paciencia, y entonces clama a Dios…
Así pues, muy poco después de haber conocido más de cerca la vida de este beato, sufrí un aborto espontáneo. Fue una experiencia traumática para mí, aunque no era mi primera experiencia de aborto espontáneo. Pero una mujer, supongo, nunca puede prepararse para la pérdida de un hijo, es decir, para un desenlace así del embarazo.
Sostenida entonces por la entrega total de Miro al Señor, y en el duelo por el hijo perdido, pero al mismo tiempo consciente de todas las angustias y dificultades, y en definitiva del martirio de dar a luz, le pedí al Padre celestial que, por intercesión de Miro, concediera una nueva vida a nuestra familia, si esa era su voluntad. Fue en la santa misa de Nochebuena, en la parroquia donde se encuentran las reliquias de Miroslav. Durante la santa misa sentí como si el mismo Miro hubiera venido corriendo a decirme: «Sí, así será, está resuelto!» Y en efecto, ¡concebí ese mismo mes! Pasé todo el embarazo en paz y sin miedo al parto, como si tuviera un papel con una garantía y un sello de que todo transcurriría en calma hasta el último instante del parto. Como si Dios cerrara el paso al mal diciendo: «¡A ella no la toques! ¡Ni te le acerques!»
Es indescriptible el valor que tuve, ¡y no venía de mí misma! De los ocho hijos que había ido a dar a luz hasta entonces, siempre iba asustada y bloqueada por el miedo, pero en este embarazo, cuando llegó ese día, sentí que Miro era mi poderoso intercesor. Como si fuera mi hermano mayor, yendo delante de mí para interceder ante el personal médico por mí. Tocamos, mi marido y yo, ese "solemne" timbre de la sala de partos, ante el cual, en definitiva, hay que presentarse y no huir. Yo, con una sonrisa en el rostro, consolada, animada, feliz, segura, todo el Cielo se abre, sucede la Resurrección en lo que de otro modo sería mi mayor agonía y angustia mortal. Porque hasta entonces, siempre ese momento, ese momento doloroso lleno de sufrimiento, de miedo y de indecisión, cuando hay que recorrer sola ese pasillo angustioso, donde a mitad de camino las enfermeras dicen: "Señora, no hay vuelta atrás, que el marido espere fuera, suelte su mano."
Y este parto: voy, tengo prisa por dar a luz, ese mismo pasillo ya no es un ambiente angustioso, lo recorro como quien no se quema en el horno, ¡como si otra persona fuera a soportar el dolor del parto en mi lugar! Incluso mi marido se sorprendió al verme, y eso que él es quien mejor me conoce en esos momentos: todo mi miedo y mi angustia, el sudor, la impotencia y el deseo de posponerlo. Y este parto transcurrió realmente dichoso hasta el último instante. A pesar del dolor y de las contracciones, ¡esta alegría fue mayor y más fuerte! Nos reímos, mi marido y yo, de pura alegría, porque el beato Miro nos había acompañado con su fiel intercesión desde el principio hasta el final del embarazo. Nos reímos al menos media hora después del parto, contemplando esta victoria de Dios sobre todos mis miedos, agradecidos por este don de valentía y de fe por la intercesión de un beato. Y para terminar, queriendo ante todo dar gloria a Dios Padre todopoderoso y a Cristo, y después también en honor y agradecimiento a nuestro beato, nació nuestra niña Mira, a quien, precisamente por toda esta experiencia, como signo del amor de Dios, bautizamos en Lanišće, junto a nuestro beato Miro.
- Mladen Klanac
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